JORGE VILLAR. MADRID
Todavía la emoción me hace temblar los dedos. Dichoso el día en que Luis Francisco Esplá decidió ser torero, dichosos los genes que lo fecundaron, dichoso el momento en que entendió su profesión como una liturgia sagrada, dichosa la luz que le hizo recapacitar y no irse de Madrid de puntillas en 2008, dichosos aquellos que asistieron en vivo a una tarde gloriosa como la de ayer para grandeza de la Fiesta, de Madrid, de Alicante y de Esplá.
Toda una lección de torería, de lidia, de confabulación de dioses cristianos y paganos para hacer coincidir al único toro bravo, con gran calidad, de Victoriano del Río, en el momento que dejó de importunar el viento desde sus bufidos intempestuosos con la yema de la madurez de un Luis Francisco Esplá que cuajó su mejor faena en Madrid y, quizá, casi de su vida. Milagro tauromágico en tres tandas diestras con la mano arrastrada y el torero metido, rebosado y rebosante. Y luego dos con la zocata de las del cambio de moneda, muletazos largos de historia y de justicia con 33 años de una tauromaquia tan personal como universal. Y una estocada recibiendo, algo tendida, con dos descabellos que no apagaron el clamor de un público al que le faltaban manos para aplaudir, garganta para gritar y hasta llorar, pañuelos blancos de paz en la tierra y gloria en el Olimpo taurino, donde queda su nombre con letras de sangre y oro, de grana y oro, como el terno que vestía, idéntico a aquel de la gloriosa tarde del 1 de junio de 1982, cuando se encumbró.
Lección para su hijo Alejandro, que le sacó a hombros de la leyenda. Esta fiesta, tan injusta tantas veces, se dignificó ayer ofreciéndole al torero de Alicante un adiós tan glorioso como emocionante. Vuelta al ruedo a un colorado de alta nota, dos orejas y dos vueltas al ruedo de la gloria madrileña para Esplá. ¡Esplándido! Y en los micrófonos de televisión, su señorío. "¡Qué gran toro!", fueron sus primeras palabras. Y pidió el premio póstumo para su gran colaborador, casi amigo. Y una brisa de 33 años le nubló la mirada.
La primera parte de la corrida se la llevó un viento racheado muy mal encarado, que venteó capotes y muletas y agudizó los defectos de los tres toros. Morante nada pudo ante el complicado quinto y Castella pinchó una notable faena de quietud y valor a un toro con genio y peligro. Y al final, la paliza de un público que quería reliquias de su ídolo y lo sacó a hombros de la gloria firmando la despedida más bella jamás contada.