IMPRESIONES

El último playboy

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El último playboy
El último playboy 

Les voy a contar la historia de un tipo singular y único. Se llama Gaby. Sólo Gaby. Omito su apellido para protegerle de Hacienda y de algún otro que seguro le anda buscando.

Les voy a contar la historia de un tipo singular y único. Se llama Gaby. Sólo Gaby. Omito su apellido para protegerle de Hacienda y de algún otro que seguro le anda buscando. Le conocí en Benidorm a finales de los 80, cuando yo me dedicaba a escribir reportajes de verano y a destripar la vida diaria de la fauna nocturna. No era especialmente atractivo. Era guapote, que no guapito ni guapo. No vestía especialmente bien ni recuerdo que condujera un deportivo. Ni siquiera tenía coche, pero cada vez que aparecía se diría que acababa de bajarse de un Aston Martin. Tenía un don especial para foguearse de cama en cama, lo que le valió el apelativo de ligón, primero; mujeriego, después; hasta convertirse finalmente en el último playboy de la Costa Blanca. Así le bauticé yo y con aquello se quedó. Si bucean en la hemeroteca de este periódico sabrán de sus andanzas. En Benidorm todavía se recuerdan sus fines de fiesta en la Rinconada Real. Yo asistí a alguno de esos eventos y puedo asegurarles que no se olvidan nunca. Jamás he conocido a nadie ganarse a la gente como lo hacía Gaby. Era el típico jeta simpático y noblón al que bastaba con chapurrear el inglés a la manera de Madrid para hacerse con la concurrencia. Principalmente, ellas. Trabajó como relaciones públicas en Penélope, en Nabab, en el Joker's. Mi amigo Julio Jiménez llegó a darle trabajo en Sunset sólo porque le parecía gracioso y le llenaba la discoteca, hasta que dejó de hacerle gracia y le puso en la calle. Pero eso no desanimó a nuestro amigo. Un buen día decidió marcharse a Suecia y al verano siguiente regresó a Benidorm acompañado de un tropel de rubias que quitaban el hipo y cobraban una pasta gansa por dejarse ver en las discotecas. Asentado en Estocolmo, le perdí la pista, hasta que un buen día volvió a Benidorm conduciendo un Mercedes. "Es de mi abogado", me dijo. ¡Gaby tenía abogado! Se evaporó de nuevo hasta que un año más tarde me pidió consejo sobre cómo cobrar el paro en España al tiempo que se ganaba la vida en Suecia como profesor de español. Consiguió ambas cosas. Cuando creía que ya nada podría sorprenderme de él, me envió un correo electrónico para que le aclarara algunas dudas sobre unos fondos de riesgo ¡en los que había invertido! Sigue en Suecia, ha viajado por medio mundo, posee una casa magnífica y una novia estupenda. Dice que igual vuelve un día. Yo le he dicho que no lo haga. Gaby, esto ya no es lo que era.

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