24 de noviembre de 2016

Adiós al juguete roto del PP

25.11.2016 | 07:43

Mayo del mágico año 2007, el de la Copa del América en Valencia, el de una ciudad que va a ser sede de una carrera de la Fórmula 1 que hasta entonces sólo se veía por la televisión: 235.158 ciudadanos con derecho a voto, más del 56,5 % de los votantes, apoya a Rita Barberá y al PP para la alcaldía de la capital. Noviembre de 2016: la que fue durante 24 años alcaldesa de su ciudad natal se siente indispuesta en su habitación de hotel en Madrid. Ha declarado el día anterior ante el Tribunal Supremo que ella se dedicaba a cosechar votos y que no sabía nada de recaudación de fondos para su campaña. Anula la cena que tiene concertada con sus amigos García Margallo (Margui, para la senadora), Pedro Agramunt y Agustín Almodóvar. No hay muchos más que quieran verse con ella. La que fue para el Partido Popular «alcaldesa de España» es hoy prácticamente una apestada y sentirse así la ha sumido en una profunda tristeza, rayana con la depresión.

No verá amanecer otro día. Aunque su hermana Totón (Asunción), la que ha sido jefa de su gabinete y confidente durante seis mandatos municipales, ha viajado a Madrid la tarde anterior para estar con ella, cuidarla y tratar de animarla, el final está cerca. A las seis de la madrugada Rita respira con dificultad. Poco después, atendida por el SAMU, su corazón se para. Su hermana, su familia y algunos amigos han estado con ella hasta el final, pero eso no impide que Barberá, la que movilizó a más de 235.000 valencianos a votar por ella y a conseguir para el PP 21 de los 33 concejales de su ayuntamiento, haya muerto sola y arrinconada por su partido, por sus convecinos, por las otras formaciones políticas, por las Corts Valencianes que la designaron senadora territorial y ayer mismo publicaban en el boletín oficial la nueva y apresurada ley que iba a permitir revocar su nombramiento, y hasta por algunos que fueron de su máxima confianza.

Poncio Pilatos se justifica ante Ben-Hur (Charlton Heston) en el salón del gobernador de Judea: «Cuanto más grande es Roma, más grandes son sus errores». Rita Barberá lo fue todo en exceso. Llevó a su partido a lo más alto con un liderazgo ganado en la calle, en la cercanía, y cayó de lo más alto cuando el sol derritió sus alas más allá de las nubes, cuando salió de los mercados y fió todo a su carisma y su experiencia, en un tiempo en el que las redes sociales aupaban al Congreso a jóvenes con rastas y mochilas al hombro. Ella no sabía manejar un ordenador y a duras penas se entendía con su móvil para otra cosa que no fuera hablar. Su tiempo había pasado, pero ella no se dio cuenta y lo intentó una vez más, en la primavera de 2015, desoyendo a quienes con buena fe le aconsejaban que diera un paso atrás, que se retirara con honores.

Rita Barberá se lleva algunos secretos para siempre. Uno de ellos es el contenido de la conversación privada que mantuvo en el Palacio de la Moncloa con su amigo el presidente Mariano Rajoy el 12 de septiembre de 2014. En aquellas tres horas de confidencias se especula que el líder nacional del PP convenció a la entonces alcaldesa de que debía optar a un séptimo mandato, ya que las encuestas no auguraban un buen resultado para el candidato autonómico, Alberto Fabra, y los populares necesitaban el tirón de la líder local para atraer votos.

Nunca confirmó Barberá estas especulaciones. «Si te lo digo sabrás lo mismo que yo», contestaba entre risas. Pero bajo aquellos árboles y entre aquellos parterres de la ribera del Manzanares comenzó a mascarse la tragedia que hoy concluye.

Las investigaciones del caso Gürtel habían ido descarnando al PP valenciano con incesantes zarpazos. Un goteo constante de informes sobre comisiones, pelotazos, obsequios, cohechos y otros capítulos del Código Penal perforaron el crédito social de los conservadores, que aunque en un principio consiguieron que no hicieran mella en el apartado electoral, revalidando sus mayorías absolutas en 2007 y 2011, tras esta última vieron cómo salía de la política uno de los muchos discípulos que Barberá ha generado, Francisco Camps, acorralado precisamente por los efectos de la trama de corrupción de Francisco Correa.

Pero tras la entrevista de Moncloa, y hasta el día de las votaciones de mayo de 2015, la figura política de Barberá sufrirá un gran deterioro. Compromís, con el hoy alcalde Joan Ribó como líder, minará la imagen campechana de la alcaldesa difundiendo paquetes de facturas de los últimos años que revelan una vida de alto standing con cargo al presupuesto, con regalos, comidas, viajes y coches oficiales. Ese ritmo contrasta con el de los afectados por la larga crisis económica en una Comunitat Valenciana que la sufre con mayor incidencia que el resto de España y que suma más de 600.000 parados. Y se suma además a las revelaciones de la trama Gürtel, grabaciones y facturas que reflejan un trasiego de joyas y bolsos de marca que la alcaldesa justifica incluso con palabras desafiantes para políticos de otros partidos y periodistas.

Los resultados electorales de mayo de 2015 dejan a Barberá noqueada y enfurecida. Del «¡qué hostia! ¡qué hostia!» de la noche del escrutinio pasa a la dimisión como concejala la víspera de la constitución del nuevo consistorio de Valencia para no tener que entregar la vara de mando a su sucesor y verdugo político.

Pero todo puede empeorar. En vísperas de las elecciones, la alcaldesa romperá con quien ha sido su escudero durante más de una década, el vicealcalde Alfonso Grau. La esposa de este, María José Alcón, aparece en unas grabaciones que un año después formarán parte del llamado «caso Taula», la red corrupta del llamado «yonki del dinero», Marcos Benavent. Alcón figura en la candidatura electoral y Barberá decide prescindir de ella casi cuando las papeletas ya están impresas. Es ahí cuando el vicealcalde se aparta y la relación se vicia definitivamente. Grau había sido incluso generoso al asumir la carga de sentarse en el banquillo del caso Nóos librando a Barberá con su testimonio, y no acepta que ella le responda expulsando a su esposa de la lista municipal.

Luego vendrá la pedrea de la recolocación en el Senado. La política conservadora que se peleó con Zaplana, que encumbró a Camps y que pudo ser presidenta de la Generalitat en lugar de Alberto Fabra se bajaba del coche oficial tras 24 años de Alcaldía y estrenaba un destino en Madrid al que nunca había querido marcharse y en el que por designios del destino ha fallecido.

El estallido del «caso Taula», en febrero de 2016, fue la puntilla. El «yonki» Benavent empezó a «cantar» y de una trama de corrupción y contratos fraudulentos centrada en la Diputación de Valencia presidida por Alfonso Rus saltó una chispa al Ayuntamiento de Valencia. Al parecer, del dinero obtenido por la red corrupta asentada en la institución provincial se devolvieron cantidades aportadas por concejales y asesores del equipo de Barberá en el ayuntamiento, quienes habían aportado cada uno 1.000 euros para financiar la campaña de su propia candidatura. Es lo que se conoce como «pitufeo«, blanqueo de capitales, financiación ilegal de un partido político.

Este nuevo escándalo saltó directamente sobre la cara de la que había sido 24 años alcaldesa. En los medios de comunicación de ámbito nacional nadie conocía a los concejales del PP, ni a sus asesores, pero todos eran sabedores del perfil de quien años atrás había sido la «alcaldesa de España», que puso el rostro a esta nueva entrega de corrupción protagonizada por el PP valenciano.

En medios políticos de la Comunitat se comenta que en el tablero de ajedrez nacional, donde se jugaba la formación de un Gobierno que no había salido adelante en diciembre de 2015 y que parecía que tampoco iba a prosperar tras las elecciones junio pasado, el partido de Rajoy tuvo que entregar una pieza y esa fue Rita Barberá. La alcaldesa que había protagonizado la transformación de la ciudad de Valencia de patito feo a capital europea y destino turístico sobre los cimientos y proyectos de sus antecesores del PSOE Ricard Pérez Casado y Clementina Ródenas, añadiendo de su cosecha los grandes eventos que se gestaron al calor de la «burbuja inmobiliaria» valenciana, se veía ahora abriendo los Telediarios y con fotógrafos y cámaras de televisión a la puerta de su piso alquilado del centro de Valencia con miedo a asomarse a la ventana para no ser cazada.

En un año, Barberá envejeció todo el tiempo que no había pasado por su cuerpo en los 24 de alcaldesa, y su genio se aplastó hasta tornarse en amargura e incomprensión. Un buen día Dolores de Cospedal la llamó para que abandonara voluntariamente el PP que ella había contribuido a engrandecer, e Isabel Bonig, a quien Barberá había apoyado para presidir el PP valenciano, también le dio la espalda. Solo su familia y un grupo reducido de amigos le quedaba en este mundo, del que se ha ido con el corazón roto, como un juguete roto. Ni en la vida ni en la muerte habrá dejado a nadie indiferente. Excesiva en todo, suscitó grandes adhesiones y cosechó feroces detractores. Descanse en paz. Ojalá haya un buen guisqui allá donde vaya.

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