Con la «tutela» de Franco

La asamblea socialista de Alicante evidencia la dependencia de Echávarri del exsenador y la débil oposición interna

28.07.2016 | 01:18

A Ángel Franco, exsenador y el hombre que controla desde hace más de dos décadas los hilos que mueven el socialismo en la ciudad de Alicante, le rondaba desde hace unas semanas la idea de volver a solicitar el alta como afiliado del PSPV-PSOE. Apartado de la militancia del puño y la rosa desde hace casi dos años tras aparecer como «pieza clave» en un informe policial por sus conversaciones con el empresario Enrique Ortiz en los movimientos para intentar aprobar el macroplán urbanístico de Rabasa, Franco ya había «avisado» recientemente con dos apariciones que a muy pocos pasaron inadvertidos: una foto repartiendo folletos una mañana de domingo en la Playa de San Juan durante la última campaña electoral; y otra, más institucional, hace unos días durante un minuto de silencio por las víctimas del atentado de Niza en la puerta de la Diputación, institución en la que tiene colocado a Carlos Giménez, uno de sus fieles y el jefe del «aparato» de Pintor Gisbert. Podrían parecer dos imágenes inocentes pero Ángel Franco, un clásico de la «vieja guardia» socialista, no suele dar puntada sin hilo.

Así que su asistencia el pasado sábado a la asamblea socialista no fue una sorpresa para los suyos. Todo lo contrario. Era una maniobra perfectamente diseñada y orquestada: hacer coincidir su vuelta con el anuncio del alcalde y secretario general del PSOE, Gabriel Echávarri, de que se volverá a presentar para liderar la agrupación de Alicante con el visto bueno, además, del presidente de la Generalitat, Ximo Puig, como adelantó este periódico. Franco se dejó ver cuando todo estaba «atado y bien atado»: cerrado el pacto con Puig y con Echávarri convencido –dudó durante varios meses en una etapa de cierta distancia con Franco– de tirarse al ruedo. Eligió hasta la escenografía. Evitó la primera fila junto al alcalde y el resto de los cargos públicos –cada vez menos– de la agrupación pero se sentó justo detrás, en la segunda, para dejarse notar a sabiendas de que su presencia eclipsaría, como así ocurrió, cualquier anuncio del primer edil. Todos iban a saber que la decisión de Echávarri tenía «padrino» y estaba completamente controlada. Evidencia de que Franco nunca se marchó. Misión cumplida.

Alegan los partidarios del exsenador que está en su derecho de solicitar de nuevo el reingreso como militante en tanto que, a lo largo de estos dos años, no ha sido ni siquiera imputado en ese sumario por corrupción. Puede que así sea desde el punto de vista judicial. Pero los juzgados tienen unos tiempos –respetables y, cierto, demasiado largos– y la política tiene otros que, además, están vinculados a otras dos cuestiones: la ética y también la estética. Y la relación de Ángel Franco con Enrique Ortiz que revelaban aquellas conversaciones incluidas en el informe polícial del plan Rabasa suspendía claramente en ese segundo apartado. Y de lejos. Ni eran éticas ni tampoco estéticas. Ni lo eran entonces ni tampoco ahora.

Desde hace más de dos décadas, Ángel Franco –dando la cara o con persona interpuesta– ha conducido con disciplina casi militar la agrupación socialista de Alicante aplicando la única estrategia que tenía en su mano: en el país de los ciegos –un partido arrasado, dividido y que caía un poco más en cada elección–; el tuerto, aquel que era capaz –en este caso el propio exsenador– de «apuntar» a más gente a la agrupación, tenía el control. Y Franco, con una imagen en la calle que generaba rechazo, era sin embargo el que más militantes reunía a toque de pito en el menguante reino socialista: ganar decenas de asambleas para perder elección tras elección.

Ahora, sin embargo, el decorado era distinto. Una conjunción astral le concedió la Alcaldía de Alicante a los socialistas con el peor resultado de toda su historia pero gracias al avance del resto de las fuerzas de izquierda. A Ángel Franco, impuesto el pacto con Compromís por el reparto en toda la Comunidad, nunca le gustó la negociación con Guanyar –liderado por Miguel Ángel Pavón, uno de los azotes de Ortiz–; y prefería a Ciudadanos, con el exsocialista José Luis Cifuentes de número uno, como socio preferente. Pero con Echávarri ostentando la vara de mando, Franco tenía que desplegar otra estrategia: dejar claro que sin sus votos, el alcalde estaba en minoría en su propio partido.

La conclusión que dibuja la asamblea del pasado sábado es dramática para los socialistas. Tienen un alcalde en minoría en el Ayuntamiento de Alicante y que, con Franco presente otra vez, ya sabe que también «vive de prestado» en una agrupación en la que el exsenador, se evidenció en la asamblea, sigue mandando. Delante, una oposición interna incapaz que torpemente optó por el suicidio colectivo: se contó en una votación que certificó su clara minoría y que, en estos momentos, no deja de ser poco más que bullicio y un estado de cabreo. Y, en el centro de todo, como siempre, la figura de Franco. Nada se puede hacer, en estos momentos, en la agrupación socialista de Alicante sin el exsenador al que no le importa ni un ápice construir el futuro de su partido, sólo tener cuota de influencia en una estructura que ahora cuenta con poder institucional. Ni más ni menos.

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