C. PASCUAL
e forma casi instintiva, miles de personas compartieron ayer un mismo gesto al poner pie en tierra. Para la mayoría, el sueño se escribía ya en pasado cuando los primeros rayos del sol se mostraban aún tímidos a través de la ventana. Entonces, echar un vistazo al cielo y ver que la deseada tonalidad azul vencía el pulso a las nubes se presentaba como la primera alegría para los corredores y, en general, para todos los santapoleros, que vivieron ayer una de las jornadas marcadas en rojo en el calendario del municipio del Baix Vinalopó.
Reconocida por sus salinas, Santa Pola presume también de una prueba atlética que sigue creciendo año tras año. Sin descanso. Ayer, pese a la amenaza de lluvia que se conoció desde principios de semana, el pueblo fue una fiesta. Amaneció pronto, más aún para ser domingo. Desde primeras horas, las cafeterías situadas en las proximidades de la avenida Pérez Ojeda, muy cerca del Puerto pesquero, denotaban que la salida de la media maratón estaba cada vez más próxima. Todavía faltaba una hora para el inicio, pero los corredores ya rondaban la pancarta de salida, colocándose el dorsal, ajustando el «chip» en los cordones de las zapatillas y comenzando a calentar. A la vez, sus familiares, los vecinos de Santa Pola y cientos de curiosos llegados desde distintos puntos de la provincia alicantina se acercaban hacia la fachada litoral de Santa Pola, donde la organización se afanaba en ultimar los detalles. Una prueba que se celebró gracias a la colaboración de más de mil voluntarios y el trabajo de los miembros de Protección Civil, Policía Local y Nacional, Guardia Civil y Cruz Roja.
A través de la megafonía, se dejaba oír Miguel Ríos con su legendario «Bienvenidos», que recibía a los más rezagados. A la vez, el reloj constataba que apenas faltaban quince minutos para el arranque, lo que desataba los nervios entre los participantes. Con exquisita puntualidad, se vivió uno de los momentos más emotivos de la prueba atlética: el minuto de silencio en honor a Guillermo Miranda, corredor que falleció en la pasada edición. El silencio se apoderó durante unos instantes del ambiente festivo, que tan sólo rompió un sentido aplauso final. Las palmas dirigidas a Guillermo también surgían desde los balcones próximos a la línea de salida, que se sumaban a la jornada lúdico-festiva con globos de múltiples colores. Desde allí, los más privilegiados disfrutaban de unas espectaculares vistas: a escasos metros, una marea humana compuesta por casi 6.900 corredores; al fondo, la dársena pesquera.
El inicio ya era una realidad para los primeros, aunque los últimos debieron esperar más de cuatro minutos para transpasar el arco de salida. Desde los laterales, miles de personas mostraban su apoyo incondicional a los valientes deportistas que emprendían un recorrido de 21.097 metros. Con aplaudidores hinchables, repartidos por los voluntarios, familiares y amigos se volcaban con los atletas, que también recibieron los primeros ánimos en forma de confeti y del tradicional sonido de la pólvora.
Durante los apenas sesenta minutos que invirtió el vencedor de la prueba, la animación en la zona de llegada corrió a cargo de un grupo de jóvenes bailarinas, que no cesaron de danzar desde la tribuna de premios. Pero el público no sólo se concentró en las proximidades del puerto pesquero, sino que se repartió a lo largo de todo el circuito. Algunos, para mitigar la espera, se decantaron por adelantar la hora del aperitivo. Otros optaron por seguir las evoluciones de los primeros clasificados a través de la pantalla gigante situada en la línea de llegada. Éstos, por tanto, no pudieron ver la progresión de los atletas que empujaron durante más de veinte kilómetros el coche que transportaba a sus hijos, del que se aventuró a correr junto a su perro o de los que se disfrazaron de huevos.
Al traspasar la línea de meta, los abrazos entre los corredores eran continuos, también los besos de las parejas que habían compartido trayecto. La emoción superó a varios participantes, que rompieron a llorar al concluir la media maratón. En común, las sonrisas que dibujaban sus caras.