Una vez fenecidos los fastos de "la gran gala del Cine español", va a permitir el paciente lector que caigan, deshilvanados, en estas líneas, algunos apuntes sobre tan significativo evento.
En primer lugar, felicitaciones a los que han obtenido la ansiada estatuilla. Como dice Don Alfredo Di Stéfano, con su particular sorna, "no lo merezco, pero lo trinco". No hay más que ver los esfuerzos que hacen los no premiados por disimular su decepción para darse cuenta de que estamos ante unos consumados actores.
Dicho esto, cabría congraciarse con el veredicto. Ya era hora de que se considerara una película como "La Soledad". Es la mejor, sin duda, de este año. Bien que se trata de un film de cámara reposada, minimalista, altamente visual, sin concesiones a la galería. Los que se presenten en la sala con el propósito de pasar la tarde y con una bolsa de palomitas, sufrirán atraganto. La historia -muy bien contada-, las interpretaciones, el juego en polivisión de la cámara, los diálogos llenos de frescura y cercanía, el tratamiento de los conflictos existenciales... Una muestra clara de que no hay que ser danés o sueco para hacer buen cine de autor. Enhorabuena a Rosales y a su equipo.
Otra buena noticia es el éxito de "El Orfanato", que ha cosechado un éxito de taquilla encomiable, superando a muchas películas extranjeras de renombre. Del film no voy a decir nada, entre otras cosas, porque ha sido, en efecto, muy visto. Se resume como un relato de terror e intriga muy bien acabado, y una prueba de que el cine español puede competir sin necesidad de prebendas ni arrimanientos al poder.
Y es, precisamente, en este punto, donde creo que los artistas autóctonos quizá pudieran profundizar en su capacidad de autocrítica.
Me refiero a lo de la ceja y el dedito. En mi opinión, no hace ningún bien a los creadores el hecho de mezclarse en banderías políticas. Y, menos, con el fuego cruzado que padecemos. Y menos todavía, en precampaña. Decía Daniel Pennac que la misión del arte es declarar una tregua entre los hombres. La crítica del artista a la sociedad y a la política, debe beber, en mi opinión, de otras fuentes más profundas y, a la larga, más eficaces. Debe expresarse con su propio lenguaje. A alguno, las mieles del triunfo les calienta la boca, como aquél que, desde su ilustre solio y con la estatuilla ya en su mano, propuso disolver nada más y nada menos que la Conferencia Episcopal.
Han apoyado descaradamente al poder. Un poder comprensivo y dadivoso para con nuestro cine. El sufrido contribuyente se lleva la sensación de que los del glamour, en el fondo, son unos "niños mimados", una especie de grupo cerrado en lustrados balcones demasiado cercanos a la cima. De ahí al rechazo, no hay más que un paso. Sería bueno que lo tengan en cuenta algunos artistas tan bien posicionados.
Permítanme un último apunte. Las gentes del cine español aprovechan cualquier oportunidad para pedir apoyo y subvenciones, pero no se muestran muy solidarios a la hora de defender otra faceta importante de nuestra cultura: la moda. En la pasada gala de Los Goya, las actrices perdieron una buena oportunidad de impulsar a los diseñadores españoles; la mayoría eligió diseños extranjeros para desfilar por la alfombra verde. Natalia Verbeke lo hizo con un Dolce&Gabanna y Maribel Verdú, con un Alberta Farretti. Hubo también mucho Dior, algo de Cavalli, Chanel, Elie Saab y Carolina Herrera. Por estas latitudes tenemos muy buenos diseñadores, que han sido bellamente obviados en la alfombra de Madrid. Ahí están, por ejemplo, Joseph Font o Miguel Palacio. Bien podrían nuestras guapas predicar con el ejemplo.
Con todo, pienso que el acto de "Los Goya" cerró un año ciertamente positivo para el cine de aquí, y es de desear no se deje entrampar por la actual crispación de la vida política, y que hagan su trabajo y su papel, al menos, tan bien como lo están haciendo hasta hoy. q