Histeria laicista

 
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El día 30 de diciembre tuvo lugar en la plaza de Colón un acto religioso organizado por el Obispado de Madrid. Su propósito era la reflexión, la defensa y la oración por la familia, como institución natural de la sociedad. Durante el acto, tuvieron lugar una serie de intervenciones. En alguna de ellas se vertieron algunas críticas sobre la reciente legislación que atañe a la familia, y se pusieron sobre el tapete algunas consideraciones. Según los prelados, parece que ese tipo de leyes no ahondan precisamente en los principios democráticos.
Bien, todo normal. Estamos en una sociedad libre, donde cada uno puede opinar como desee. Pero cuando llega la campaña o la precampaña, los partidos suelen ponerse nerviosos y miran más al barómetro electoral que a las grandes cuestiones de fondo. Antes de unas elecciones no se puede no tener razón. Está prohibida la autocrítica.
Y es que las susodichas declaraciones han trascendido de tal manera que han provocado una especie de encono mediático en los ámbitos llamados laicos. Si se hubieran efectuado en un sala reducida o ante unos pocos fieles, seguro que ya se habían olvidado. Pero al acto de Colón asistieron casi un millón de personas y eso duele.
A mí me parece que el tema es interesante y requiere un poco de sosiego, lo que no se puede pedir a los políticos que ya sólo ven una fecha en su calendario: el 9 de marzo. Las relaciones entre las creencias religiosas y la actuación política han sido siempre complejas y no se pueden despachar en dos palabras. No es bueno que la religión invada el ámbito político. Pero desde la religión se pueden aportar opiniones muy valiosas sobre la moralidad de ciertas leyes y actuaciones. En este caso, los obispos, no sólo pueden, sino que deben hablar. Es absurdo decir que allá cada uno con su conciencia.
Yo reprenderé en clase a un alumno si desprecia a un compañero de otra raza. Me parece que ha obrado mal y, en conciencia, tengo que actuar. Pues bien: que estén siendo eliminados en España más de 100.000 no nacidos al año me parece mucho peor; que se estén congelando embriones humanos para la experimentación, deleznable. Y que hayan dejado sin contenido alguno una institución natural tan importante como el matrimonio, me parece minar las bases del buen funcionamiento de una sociedad. Y todo esto no sólo es cuestión de profesar una fe u otra, si no de pensar un poco, ser prudentes a la hora de legislar y no tener unos planteamientos tan radicales.
También parece fuera de lugar afirmar que la Iglesia quiere imponer a todos su moral. No tiene los medios coercitivos para ello. Sólo le queda la palabra y la persuasión. Sí que es una imposición, sin embargo, la obligación de estudiar una asignatura -Educación para la Ciudadanía- que tiene unos contenidos basados en un proyecto ético concreto, nada en consonancia con las convicciones morales de muchos padres. Las objeciones de conciencia van por 50.000 y seguirán sin duda. El Gobierno se lo ha buscado.
Tampoco me convencen esos cristianos de salón que, con su pretendida posición "de base", tratan de pedir cuentas a la Iglesia de sus hechos y dichos, estableciendo una relación dialéctica -tan extraña a la comunión eclesial-, como si fueran los representantes de los cristianos de a pie. No hay más que ver la plaza de Colón el día 30 de diciembre, o la Jornada de la familia de Valencia el año pasado para ver con quién están los cristianos de a pie.
La solución a todo esto es el diálogo. Nuestros laicistas gobernantes no deberían mirar a la Iglesia con tanto recelo, ni ver sus reflexiones y críticas como una intromisión. Igual que hablan con los sindicatos y con las federaciones empresariales y deportivas, pueden dialogar con las distintas confesiones religiosas, y realizar entre todos una reflexión que pueda ser provechosa. Se prejuicia a la religión como algo negativo para las "ideas avanzadas" y eso no es justo. La Iglesia ha tenido un papel de primer plano en el advenimiento de la democracia, y qué más desea que se consolide en España un régimen participativo, donde todos convivan en tolerancia, en paz y en progreso. Pero esa convivencia, esa paz y en ese progreso ha de basarse en valores justos y verdaderos y en leyes acordes con la dignidad del ser humano.
Un poco de tranquilidad no les vendría mal a algunos. Una cosa es la sana separación entre el Estado y la religión, fundamental en una democracia, y otra la histeria laicista. Muchos esperamos que, después del nueve de marzo, salga quien salga, lo haga con la decidida voluntad de hablar con todos y de aprender un poco también de las reflexiones no acordes con su modo de pensar, sin dejarse dominar por utopismos extremos. Sería un diálogo fructífero que haría mucho bien a la sociedad. q

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