MALDEOJOS

Queridos reyes malos

 
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Ahora lo entiendo todo. No aprendo. Un año detrás de otro. Me he quedado sin regalos. O casi. Tan sólo he tenido algunas alegrías, potentes, pero escasas. La televisión exige docilidad, ser audiencia útil, un consumidor ciego, velado por el burka de la imbecilidad e incapaz de decidir, como si el mando fuera sólo un chisme sofisticado que entra en el lote del plasma pero sólo eso, ahí se queda, arrumbado. La televisión, como las armas, según dicen los energúmenos que vimos en el reportaje de Jon Sistiaga en Cuatro, no son malas, son malas, decían esos cuatreros ignorantes, las personas que las usan. La audiencia no es mala, la audiencia, la que engorda las cifras, es cómplice. No sé qué es peor. He sido, y confío seguir siéndolo, un espectador enfadado, perplejo, un espectador que ama la televisión pero mantiene con ella, como algunos matrimonios para toda la vida, diatribas encarnizadas. No al estilo cloaca de las escenas de José Luis Moreno, que arrasan. Esos datos son tan alarmantes como la penúltima irrupción en el juego político de los señores de la sotana, con o sin boina roja. Somos un país malo que se atreve a decidir qué Gobierno quiere. Y el de José Luis Rodríguez Zapatero no es el adecuado. Es tan temible que esos demócratas con sayones negros y crucifijos de oro colgados del pescuezo temen lo que todo demócrata teme, que la democracia se acabe. Como acaba el amor, de tanto usarlo. Manda cojones que un tipo como Antonio María Rouco Varela se alce como defensor de los Derechos Humanos y que el trabajador a sueldo del Estado Agustín García-Gasco tiemble como una corderilla, algo así como los tirabuzones de Anne Igartiburu cuando besó después de las campanadas el pómulo rellenito de Antonio Garrido, porque piensa que este Gobierno nos lleva, oh pecador, a la desintegración de la democracia. Eso quisieran ellos.
Los señores de la cruz y el martillo han dado un paso adelante, y cuando los vi subidos a la tribuna aferrados a la cantinela de la familia amenazada y otras mentiras endiabladas, con sus cascarones rojos sobre el cráneo, pensé que de un momento a otro iban a sacar de los sayones la gaviota salvadora del PP. Que se presenten a las elecciones, están en su derecho, dice José Blanco, el del PSOE. Que se presenten a las pruebas de selección de cualquiera de los muchos programas que cazan talentos, digo yo. Que se dejen de rollos y en grupo o en parejas, incluso de la mano de adolescentes, tan provocadores como follables -¿o no, obispo de Tenerife?-, suban al escenario para ser juzgados. Pueden hacerlo en Tele 5, en «Tú sí que vales», que presenta Christian Gálvez, o en «Fama, ¡a bailar!», que desde mañana presenta en Cuatro Paula Vázquez, y si corren, tampoco quedarían mal en las lejanías de la isla de «Supervivientes», que ya pronto estará dando por culo en las pantallas. Como sus templos se van despoblando, con menos clientes que Paris Hilton ya que al margen de los grupos integristas que los apoyan los fieles de verdad están perplejos, les brindo otra idea. Despelótense como los colaboradores de Ana Rosa Quintana y salgan a la calle a vender los calendarios calientes, solidarios con su causa. Si Belén Esteban recorre su barrio, peluquería, pescadería, panadería, bar de la esquina, y verdulería, enseñando su cuerpo en bolas, sin fotoshop, Manolo, sin fotoshop, decía mostrando sus tetas, por qué Rouco Valera no puede hacerlo con la misma soltura de comerciante charlatán. El a veces melifluo Zapatero tiene que dar un zapatazo para poner a este organismo donde le corresponde. La Iglesia en un sitio. El Estado en otro. No hay que gritarle a Ramón García «Sé menos que un niño de primaria» para saber que no hay otra opción, con la cabeza en la mano, que ser anticlerical. No digo el Gobierno, el Gobierno no tiene que ser anti nada, con ser laico va que chuta. Hablo de mí.
Claro que al parecer eso es pedir tanto como que los programas de fin de año tiren el alcanfor a la basura, abran las ventanas, y renueven el aire un poco, sólo un poco. Qué horror. Lo único inteligente fue «Ciudadano Kien», en La 1, y justo antes de que las uvas salpicaran los suelos. El trabajo en solitario de José Mota, una raya sin cruz, fue memorable, con una sucesión de escenas que combinaban la comicidad con la reflexión cívica del ciudadano preocupado, y la crítica social con el retrato acertado del político que consigue que la gente cante, enmendando a Manolo Escobar, dónde estará mi voto, dónde estará mi voto. Acertadísima, y desalentadora, la parodia de la promoción de la lectura del ministerio de Cultura, si tú lees, se decía en el gag de Mota, y vemos a un padre leyendo el periódico, ellos no, y vemos a un nene enfangado con el mando a distancia en sus juegos digitales. Como diría Pepa Bueno, interpretándose a sí misma, un buen ayuno a tiempo es una apuesta por el futuro. Leo la frase anterior y me gusta, pero no entiendo qué tiene que ver con el rollo que llevo, y sobre todo con la participación de la periodista en «Ciudadano Kien», pero la dejo. Algo de eso debieron de pensar el jueves los de «Está pasando». Hay que tener cojones para acercarse a Agost, el pueblo alicantino donde desapareció María Dolores Yeste, hallada luego muerta en la montaña, y convencer a la madre para entrar en directo, con el cuerpo de la hija aún caliente, haciendo un recorrido macabro por su propia casa. La reportera llevaba del brazo a la señora, del sofá a la habitación de la hija, del comedor a la salita, y en cada parada, suave, muy suave, como conmovida, iba hurgando hasta que la mujer, ingenua y desamparada en su desdicha publicitada, se venía abajo y lloraba. Pero ahí estaba la reportera, para ayudarla a recuperarse dándole ánimos, al menos hasta que la conexión terminara. Los de «Está pasando» debieron de pensar que eso tenía que ver con el periodismo, y por eso, aunque en realidad tiene que ver con la desfachatez y la desvergüenza ellos lo consideran un triunfo. Queridos reyes malos, sin tetas ni burka no hay paraíso. Lo sé. Pero ahora no puedo salir a por silicona. A la mierda los regalos.

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