12 de mayo de 2018
12.05.2018
El ático

El panfleto

12.05.2018 | 05:28

Es tal la degradación del debate político en España que el libelo se ha convertido en el arma principal de combate. En la antigüedad el libelo a veces venía adornado con un envoltorio literario, hoy sin embargo se descarga en forma de tuit o de vídeo, la forma que ha tomado la máxima degradación de la dialéctica. El libelo es zafio, carece de gracia porque al cabo no es sino el viejo argumento ad hominem, es decir, el argumento de quien, al carecer de argumentos, insulta a quien ha aventurado una opinión recordándole a su madre o el olor de sus pies. Nada que ver con la dignidad del panfleto, género literario que permite tensar el arco de la imaginación y el buen decir. De ahí su respetabilidad. El panfleto es la honda que se dispara para atizar a un objetivo identificado y al que queremos ridiculizar o directamente dejar hecho unos zorros. Viene de la noche de los tiempos, de Grecia, de Roma y sus filigranas clásicas, a mí me gusta recordar panfletos como uno que circulaba a fines del siglo XVII donde se demostraba «la irracionalidad de la doctrina de la Trinidad». Era la época en la que habíamos salido de las certezas teológicas y nos habían dado un chute de realidad unos tales Copérnico, Galileo, Newton, Descartes y, envolviéndolo todo en la fina prosa del escepticismo, un tal Montaigne. Buenos tipos, demoledores ellos, pero corteses, les queremos mucho quienes somos amantes de andar por el mundo sin legañas y haciendo un corte de mangas a quienes pretenden darnos bronce a precio de oro. A partir de ahí, todo se tambalea y por eso el panfleto se difunde, se manosea y se lee. Si pensamos que luego vienen Voltaire y el propio Rousseau, que fue un panfletario emboscado, tenemos ya el humus que nos llevó a la Revolución. Todos ellos fueron agitadores políticos aunque algunos no se enteraran. Una casta por cierto de la que surge el soso intelectual moderno. Por eso no se entiende cómo quienes hoy circulan por el escenario político disfrazados de izquierdosos temibles que pretenden poner patas arriba la historia de España, que no respetan ni a los Reyes Católicos ni siquiera a don Antonio Cánovas, no se comprende, digo, que esos sujetos no tiren de panfleto para airear sus convicciones y esparcir así su producto. Y lo que es peor: han sustituido el panfleto por la pancarta, que es el colmo de la simplicidad, la muestra suprema de la rutina mental. El panfleto supone habilidad de solista, la pancarta es propia del coro. El panfleto es música, la pancarta es ruido. El panfleto es el estímulo mental, la pancarta es la docilidad y el gregarismo. Pero ¿qué se puede esperar de quienes «tienen vacíos los aposentos de la cabeza» como decía un escéptico sagaz, un tal Cervantes? Por eso, y admitido que el panfleto carece hoy de dueño, se impone su reivindicación por quienes queremos sacar a España de su tribulación con razonamientos que huyan de los embelecos, que estén bien aparejados y, al tiempo, sean regocijantes y disfruten de una constante transfusión de sangre satírica.

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