16 de febrero de 2018
16.02.2018
Correo urgente

El hilo invisible

16.02.2018 | 04:29

Paul Thomas Anderson es un director de cine estadounidense, de estilo sofisticado, complejo y profundo, autor de originales películas como Magnolia, que es un filme de historias cruzadas con tramas paralelas ambientadas en la ciudad de Los Ángeles y que guardan entre sí una extraña relación o The Master, que es un drama que narra cómo un brillante intelectual impulsa una organización religiosa de la que se convierte en líder y fundador, sumando de un modo constante nuevos adeptos y, entre ellos, a un hombre destruido por el alcohol con el que inicialmente mantendrá una adictiva relación de confianza que desaparecerá ante la creciente sospecha del engaño.


Y tras el drama histórico ambientado en los años veinte, de título Pozos de ambición, que nos habla del egoísmo y de la codicia, dirige de nuevo Anderson al gran Daniel Day-Lewis en la película El hilo invisible, ambientada en los años cincuenta y en el Londres de la postguerra, interpretando el actor irlandés a un famoso diseñador, que junto con su hermana visten a las damas de la aristocracia londinense de la época, con una firma de alta costura que representa la clase y la elegancia, ocurriendo que un día conoce a una joven que viene a convertirse en su amante y en su inspiración, pero su vida que hasta entonces resultaba ordenada y metódica, acabará alterada por esta relación dependiente y tortuosa.


Y Daniel Day-Lewis interpreta con solvencia y talento al protagonista de El hilo invisible, que aparece como un hombre obsesionado con el control y el perfeccionismo, que es un rasgo de carácter que implica comprometerse con la extrema calidad en todo lo que se hace o en intentar mejorar constantemente un trabajo sin decidirse a considerarlo terminado, pensando que siempre podría estar mejor.


Y aunque inicialmente estas características se relacionan con eficiencia, productividad y excelencia, en muchas ocasiones suelen generar insatisfacción, ansiedad y hasta depresiones.


Frente a lo cual hay que cultivar la aceptación y la serenidad, y así a la hora de terminar cualquier actividad, admitir cada situación como es, procurando realizarla de la mejor manera posible, asumiendo que los errores son necesarios para evolucionar y crecer y que todo está en proceso hacia la mejora, y ello porque siempre estamos aprendiendo.


Y es que aceptar no significa ser indiferente ni resignado, sino estar dispuesto a luchar para cambiar las cosas en un proceso de crecimiento, buscando la paz interior y sin obsesionarse por el resultado perfecto, porque éste no existe.


Considerando que hecho o realizado es suficiente, y si he puesto en él lo mejor que tenía en ese momento, es seguro que será excelente, que es mejor que perfecto, y me permitirá disfrutar de los matices de la vida, fomentando la tolerancia y el sentido del humor frente a las imperfecciones.


Cómo me gusta imaginar qué hace ese excelente actor que es Daniel Day-Lewis, que ha interpretado a personajes tan diversos y recordados como un magnate del petróleo pretencioso y mezquino, o a un escritor tetrapléjico que solo movía su pie izquierdo, o al hijo adoptivo del último mohicano, o al presidente Lincoln en la película histórica y biográfica de Spielberg.


Ese gran interprete, del que pienso se guía en su trabajo por una búsqueda de la mejora y de la excelencia, sin obsesionarse por el perfeccionismo, aunque algunos veamos que algunas de sus interpretaciones rayan la perfección.

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