14 de enero de 2018
14.01.2018
Opinión

Vino, poesía, vitud y fútbol

14.01.2018 | 01:41

La extravagante cantidad de millones que el Barça acaba de pagar por un jugador que la mayoría de los futboleros sólo ha visto jugar en algún que otro resumen de partidos de la Premier League es triste, muy triste, para el fútbol y alegre, muy alegre, para el negocio-espectáculo del fútbol. Pero como el fútbol ya lleva mucho tiempo muerto, supongo que la llegada de Coutinho al Barça de Messi (y de Busquets) es una noticia alegre para el espectáculo-negocio del fútbol y para los que iremos al estadio, o pondremos la tele, para ver jugar a un tipo cuyo nombre conocemos gracias a que el Barça pertenece a ese puñado de equipos capaces de convertir a Billy Batson en el Capitán Marvel sólo con decir «¡Shazam!». El Barça dice «¡Shazam!» y Coutinho se transforma en el Capitan Marvel que heredará el imperio del toque de Iniesta. El Barça dijo «¡Shazam!» este verano y un tal Dembélé, del que muchos futboleros no sabíamos casi nada, se convierte en un «crack» (así se dice ahora) que devorará a los defensas como el cíclope Polifemo devoraba a los compañeros de Ulises. El Barça dice «¡Shazam!» y el precio de cualquier futbolista, juegue en el equipo que juegue, se dispara hasta el infinito y más allá. Y quien dice el Barça, dice también el Real Madrid, el Manchester United, el Manchester City, el París Saint-Germain y unos pocos equipos más que están convirtiendo el fútbol en una pelea entre capitanes Marvel para ser califa en lugar del califa.
En el cine te pagan por esperar, decía el gran actor David Niven. En el fútbol, a veces, y como le ha pasado a Coutinho, también te pagan (y mucho) por esperar el «¡Shazam!» de los grandes equipos. Es todo un poco cutre, lo sé, porque sólo equipos como el Barça pueden fichar a Coutinho y sólo equipos como el París Saint-Germain pueden llevarse a un futbolista como Neymar de un equipo como el Barça, pero así es el espectáculo-negocio del fútbol y, además, creo que los futboleros terminaremos emborrachándonos de fútbol con partidos maravillosos como el PSG-Real Madrid de Liga de Campeones o, quién sabe, el choque entre el Manchester City de Guardiola y el Barça postGuardiola de Valverde. Y es que, como decía el poeta Baudelaire, de algo hay que estar ebrio porque para no sentir el horrible fardo del tiempo que rompe nuestros hombros y nos inclina hacia la tierra hay que emborracharse sin tregua. ¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como gustéis. Pero embriagaos. De vino, de poesía, de virtud€ de fútbol.
Hay que embriagarse de Coutinho, más allá de la indignidad de los millones de euros derrochados en su fichaje y más allá de la magia del «¡Shazam!» que transforma a un joven brasileño que jugó en el Espanyol en un «crack» sobre el que se edificará el Barça del futuro cercano. Nos embriagaremos de fútbol, sí. Nos embriagaremos con el vino de la Liga de Campeones, con la poesía de las diagonales de Messi y hasta con la virtud que se aprende viendo partidos de fútbol.
Fútbol embriagador. Fútbol como una droga. Si las dogas, como dice el psicólogo Adrian Furnham, se usan para embotar los sentimientos, aliviar los estados emocionales dolorosos, disminuir los conflictos internos o aliviar la sensación de soledad, entonces el fútbol (y el vino, y la poesía y hasta la virtud) es a veces una droga.
Una droga muy cara cuando se trata de Coutinho, pero también muy barata cuando vemos a unos niños jugar en el patio del colegio o nos apoyamos en las barras un poquito oxidadas que delimitan como pueden un campo embarrado de Tercera. Nos emborracharemos con Coutinho, sí. Pero luego beberemos vino, leeremos poesía y seremos unos tipos virtuosos que no haremos nada por lo que el Dios de la biomecánica no nos deje entrar en su cielo.

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