28 de octubre de 2017
28.10.2017
Tribuna

Un momento hobbesiano

28.10.2017 | 01:56

Los principales responsables son los independentistas y Rajoy es un político corrupto e incapaz, que ha contribuido también de manera no desdeñable a crear una situación de caos

Mi vecina, una señora culta, de trato exquisito y preocupada lógicamente por los últimos acontecimientos en Cataluña, me pregunta, al cruzármela por la calle, que qué pienso yo de la situación actual y, en particular, si creo que Rajoy ha dejado que las cosas hayan ido demasiado lejos. Le contesto, de manera apresurada, que los principales responsables de la situación de caos creada son, naturalmente, los independentistas catalanes (no sólo los dirigentes políticos del movimiento) y que Rajoy es un político corrupto e incapaz, que ha contribuido también de manera no desdeñable a crear una situación de caos que quizás pudiera dar lugar al cabo de un cierto tiempo a un «momento hobbesiano». Trataré de explicar lo anterior de manera breve.


La responsabilidad del independentismo constituye lo que un procesalista llamaría un hecho notorio, o sea, una afirmación para cuya aceptación no se necesitaría prueba alguna, puesto que constituye simplemente una evidencia. Pero el problema es que mucha gente (sobre todo, gente de izquierda) no lo ve así, precisamente porque ha sido abducida por la ideología del nacionalismo. La tragedia de la izquierda en España, y desde hace ya tiempo, tiene mucho que ver con su deriva nacionalista. O sea, en lugar de defender los valores propios de la izquierda (la igualdad, los derechos sociales) los partidos «progresistas» se han centrado en los ?llamémosles así? «valores identitarios», perdiendo de vista que los nacionalismos (todos los nacionalismos) son ideologías perversas y basadas en último término en la exclusión. Y claro, la situación es todavía más calamitosa cuando al anterior extravío nacionalista se le une (como es el caso de Podemos) la perversión del populismo.


Por lo que hace a Rajoy, yo creo que hay (que ha habido) algo todavía peor que la corrupción en la que indudablemente está envuelto y peor también que su tendencia al inmovilismo. Me refiero a su contribución (y en este caso no por medio de omisiones, sino de comportamientos bien activos) a destruir las instituciones. Ejemplos palpables de ello son: su toma de posición militante (y agresiva) contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña; su empeño en nombrar como magistrados del Tribunal Constitucional a personas que sólo podían contribuir a arruinar el prestigio de ese órgano (recuérdese el caso Enrique López); y su política (implementada por el ministro Catalá) destinada a erosionar en la medida de lo posible la independencia del poder judicial (en sentido amplio). Sobre esto último, las actuaciones de Rajoy me hacen recordar una famosa anécdota que se cuenta del presidente Eisenhower. Cuando terminó su mandato, un periodista le preguntó que cuál había sido el principal error que había cometido como presidente, y él respondió que habían sido dos, y citó el nombre de dos magistrados de la Corte Suprema de los Estados Unidos a los que él había propuesto por su trayectoria conservadora, pero que, una vez en el cargo, se habían alineado con los magistrados de orientación progresista. Bueno, los dos «errores» de Rajoy en la materia han consistido en nombrar, como fiscales generales, a dos profesionales ( Torres Dulce y Madrigal) que tenían las condiciones de imparcialidad, prestigio en la institución, etcétera, para serlo. Y de ahí que se viera obligado luego a corregir esos errores con los dos últimos nombramientos que, sin duda, el lector recordará.


Y paso ya a lo del «momento hobbesiano», que obviamente hace referencia a una idea que puede extraerse de la obra de quien fue el primer teórico del Estado moderno: Thomas Hobbes. Se trata de que el pacto social tiene como su causa más determinante el miedo, el temor por todas las partes implicadas a sufrir una gran pérdida. Yo creo que esa fue en realidad la clave que explica la transición y la Constitución de 1978: el temor de unos y otros a la guerra civil y, en consecuencia, la decisión firme de hacer todo lo posible por evitarla. Y ahora, quizás estemos de nuevo en una situación en la que (pasado algún tiempo que pudiera ser breve), todas las fuerzas políticas (y los ciudadanos que se sienten representados por ellas) terminen por comprender que efectivamente tienen algo muy importante que perder, y que para evitarlo no queda otro remedio que hacerse concesiones mutuas: que reformar la Constitución. O sea, el caos que se avecina (que ya está aquí) es posible que sea un desencadenante para que se cree la conciencia de que vivimos un momento hobbesiano. ¡Hay que desear que sea así!

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