06 de octubre de 2017
06.10.2017

La ley

06.10.2017 | 04:48

Hace un millón de años un cavernícola salió a cazar y, tras sufrir las heridas y el esfuerzo de la caza, vio impotente cómo otro se llevaba su presa para alimentar a los suyos. Durante milenios ocurrieron escenas similares.

Pasaron más milenios; y un observador reflexivo dedujo que aquello de la ley de la fuerza y su impunidad no era un buen modo de vivir, y menos de convivir. Así que se reunió con otros representantes de la tribu y concluyeron que debían extraer de la experiencia algunas conclusiones para que todos gozaran igualmente de un concepto que hoy pronunciamos como Justicia. Alrededor de esta establecieron normas que llamaron leyes, vigentes hasta que eran actualizadas por el mismo grupo que las había promulgado. El fin de toda ley era –es– la exclusión de cualquier fanatismo en las conductas, y por lo tanto la aceptación del principio de igualitarización universal. La ley de la fuerza se sustituyó por la ley de la razón. Comprendieron que cada ser humano es un universo cuya gravitación lo atrae todo hacia sí y quiere apropiárselo, pero que es preciso regularizar esas gravitaciones para que no se descontrole la muchedumbre de universos y choquen entre sí hasta destruirse.

Y de repente, el cazador dejó de temer que le robaran su caza, o el agricultor que le invadieran sus cultivos: porque la ley de la Justicia protegía sus derechos castigando a cualquier depredador de cualquier tribu.

Hasta hoy ha prevalecido ese sistema, de manera que quien desea integrarse en la sociedad debe cumplir sus principios, y si no, cumplir las penas por su incumplimiento. Pareció tan bueno ese modo de convivir evitando la impunidad que griegos y romanos lo asumieron, y muchos siglos después le dieron cartas de garantía Inglaterra, América, Francia...

Es verdad que siempre hay quien, como en el Orwell de Rebelión en la granja, opina egoísta y dictatorialmente que «todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros» (por ejemplo, el rey Luis XIV, El General Don Francisco, El Cabo Hitler, o el primus inter pares Puigdemont). Ha habido tantos en cuyo ADN pervive el fanatismo de la rapacería que aquel descubrimiento que nuestros ancestros denominaron Justicia más parece hoy una utopía fantasma.

Así las cosas, grite bien alto quién prefiere volver a las cavernas: porque eso es lo que predican para sí y los demás todos cuantos –amparados ciegamente en sus derechos– se olvidan de que nadie tendría ningún derecho si no cumpliésemos todos con nuestros deberes. Y que mientras una ley rige, solo rigen la ley y los elementos competentes para renovarlas.

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