04 de octubre de 2017
04.10.2017

Camisa blanca de mi esperanza

04.10.2017 | 02:09

Los jugábamos el pase a la fase final en un último partido a cara de perro contra la extinta Yugoslavia. España por entonces pintaba poco en el fútbol internacional así que la sola clasificación para el mundial ya suponía todo un exitazo. Con el empate nos bastaba, pero no sería fácil; en el «pequeño Maracaná» nos esperaba un infierno. Para ahorrarles detalles desagradables les diré que aquel partido pasó a la historia como la «batalla de Belgrado», de donde por cierto, poco más tarde nos llegaría a Alicante un tal Kustudic que redimió en nuestras filas todos sus pecados.


Como comprenderán aquel encuentro era de la máxima y nadie en su sano juicio quería perdérselo por más que a los de mi quinta nos pillara justamente en horario escolar. No costó mucho, la verdad, convencer a los padres salesianos de la trascendencia del match, así que el día de autos nos juntaron a todos en el salón de actos y colocaron, encima de un par de mesas en precario equilibrio, una minúscula tele de esas con cuernos que tanto proliferaban a finales de los 70.


Como habrán adivinado allí no se veía un pimiento, así que nos limitábamos a estar sentados en silencio escuchando la narración, mientras intentábamos intuir la jugada inútilmente en la pantalla. Sin embargo, les aseguro que si cierro los ojos, todavía hoy puedo ver nítidamente aquel centro del «flaco» Cardeñosa desde la izquierda que Rubén Cano remató mordido para marcar el histórico gol que nos ponía camino de Argentina y que desató la locura más maravillosa en aquel salón de actos de mi infancia.


Entonces éramos una «unidad de destino en lo universal» y ahora no sé sabe muy bien lo que somos; que pensándolo bien, viene a ser lo mismo, pero en cualquier caso mi nivel de compromiso con la selección no ha variado desde aquel primer recuerdo. Me siento español por los cuatro costados, y aunque el Hércules es el único equipo que me deja sin cenar, sufro y disfruto viendo los partidos de la selección.


He salido a la calle a celebrar cada uno de sus títulos e incluso fui con toda mi familia a recibirlos por las calles de Madrid cuando ganamos el mundial. Ese triunfo en Sudáfrica del 2010 fue tan celebrado como deseado y me temo que pasarán generaciones antes de que vuelva a producirse una explosión de júbilo tan popular y extendida por todos los rincones de Alicante en particular, y de España en general. Pensar que yo estuve allí y viví todo aquello de primera mano, me sigue pareciendo un sueño. Ese gol de Iniesta y todo lo que sucedió antes y después, serán de las cosas que cuente a mis nietos con emoción y un nudo en la garganta.


Hoy las circunstancias han cambiado, y salvo que usted acabe de aterrizar desde Marte, entenderá que lamentablemente lo del próximo viernes va a ser mucho más que un partido. Alicante estará seguro a la altura y las gradas del Rico Pérez mostrarán a toda España a través de la televisión, una «tomatina» de camisetas rojas y banderas españolas, que al igual que la aspirina, arreglar no arreglarán nada pero que sin duda aliviarán un montón. En cuanto al que ustedes ya saben, yo lo tengo claro, no pienso pitarle. No quiero darle esa satisfacción.

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