14 de septiembre de 2017
14.09.2017
Tribuna

Leer a Landero

15.09.2017 | 04:56

Escritores noveles: abandonad toda esperanza. Después de leer a Luis Landero, cualquier cosa que escribáis os va a parecer un sucedáneo literario, la alegoría platónica de la caverna, el caviar de beluga del Mercadona, la burda estampa de vuestras aspiraciones, el Ecce Homo de Borja. Entonces, ¿es mejor no leer a Landero para no alimentar frustraciones, lastimeros ayes de impotencia, papeleras rebosantes y oleadas de suicidios? Pues todo lo contrario. Nunca ha sido tan necesario como hoy para el escritor novel (y para los no tan noveles), leer a Landero. Porque sólo leyendo a Landero y a los otros grandes maestros de la literatura, seremos capaces de ponderar nuestros propios textos y recibir nuestra buena bofetada de humildad antes de decidir dar a la imprenta aquel libro del que nos sentimos tan orgullosos y que no pasa de deplorable pasquín para el autobombo y la tonta vanidad.


Existen muchas maneras de entender la literatura. Pero para mí hay un requisito que me parece insoslayable: la literatura entendida como arte. Nicanor Parra tituló a su décimo poemario Artefactos jugando con la etimología: los poemas estaban escritos, hechos, con arte. Igual que el pintor utiliza su paleta y el escultor su cincel para sus obras artísticas, el escritor, que es otro artista, se sirve de la palabra para crear belleza. Todo lo demás podrá considerarse literatura pero nunca pasará a los manuales, porque sólo resiste a la inquina del tiempo aquello que en su belleza perpetúa su atemporalidad y su universalidad. El resto es accidente, circunstancia, consumo, usar y tirar. Se puede comulgar o no con las novelas de Landero, con su carácter sugestivo, evocador, con su ritmo demorado, con su prosa envolvente, con su elegancia cervantina y galdosiana; hay quien dirá que prefiere la sucesión vertiginosa de lances argumentales y lo cifre todo en el imperio de la acción; no hallará eso en Landero. Pero nadie podrá negar el uso exquisito que el autor extremeño hace de la palabra, elevada a categoría artística; y todo ello sin exhibicionismos retóricos ni prurito de deslumbrar, sino, simplemente, con el reverencial respeto a la materia prima de su labor literaria: las palabras. Especialmente sus obras memorialísticas son una fiesta del verbo, delicado como sus personajes, que acuna y acaricia al lector y lo lleva en volandas merced a un formidable dominio de los resortes narrativos. Da la sensación de que Landero podría dilatar sus libros hasta el infinito sin que tuviera que pasar necesariamente nada trascendental en el argumento y que, no obstante, el lector lo seguiría sin rechistar, leal, mecido por la prosa, narcotizado por el simple devenir de las frases, instalado en el mágico estado de sucederse él mismo en el acto de la lectura, como una verdad ontológica. La palabra, con Landero, no se siente violentada, no se somete a escorzos extraños ni al artificio; fluye retroalimentada por su propia inercia, como un río de aguas calmas, literatura en estado puro. Resulta complicado acabar un libro de Landero y tomar otra lectura porque, casi siempre, uno debe asumir la renuncia a esa pureza. Podemos entretenernos con otras historias originalísimas, podemos sentirnos amarrados a las incógnitas de una trama o sentirnos retados por el juego intelectual que otro autor nos proponga, pero casi siempre sentiremos que nos falta algo, que hay un destierro cruel tras acabar las novelas de Landero y que casi todo lo que leamos después alberga unos visos de provisionalidad, como el hotel de una ciudad extranjera o el vestíbulo de un aeropuerto, meros trámites antes de volver a casa.


Así que, escritor novel, lee a Landero. Porque necesitamos que te frustres, que emitas ayes de impotencia, que colmes las papeleras de tu despacho y que, en último término, -¿por qué no?- nos hagas el favor de suicidarte. Literariamente (o no).

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