13 de septiembre de 2017
13.09.2017
Tribuna

Las medidas ante la amenaza nuclear de Kim Jong-Un

13.09.2017 | 04:34

Korea del Norte ha probado con éxito lo que afirma ser una bomba de hidrógeno con una potencia muy superior a la atómica lanzada por los norteamericanos sobre Hiroshima, que forzó la rendición de Japón. Una bomba de hidrógeno es un salto cualitativo sobre las atómicas y solo las tienen rusos, chinos y norteamericanos, entre los miembros del llamado club atómico que también incluye a India, Pakistán y probablemente Israel. Que haya bombas con esta capacidad destructora en el mundo es una aberración pero que las tenga una dictadura nacionalista, comunista, aislada, hereditaria y tan impredecible como la que lidera Kim Jong-Un pone los pelos de punta. No es seguro que los norcoreanos dispongan de la tecnología necesaria para miniaturizar estos ingenios explosivos e incorporarlos a misiles intercontinentales, pero es cuestión de tiempo que la consigan a la vista de la aceleración que el dictador norcoreano ha dado a la investigación nuclear. Su primera prueba atómica fue en 2006 y que desde que llegó al poder ha hecho 84 pruebas con misiles (por 16 de su padre), un misil sobrevoló Japón y otro cayó cerca de Guam. Y hay que recordar que China solo tardó tres años (1964-1967) en pasar de potencia atómica a nuclear. Kim festeja el aniversario de la llegada al poder de su dinastía, que se cumplió ayer, y parece que ahora prepara otro misil para celebrarlo. Corea del Norte ha entrado en el club nuclear, nos guste o no, y eso supone una amenaza que ya no es regional sino global y existencial. Frente a ella, la impotencia es el común denominador pues poco se puede hacer. La Unión Europea lo ha condenado e igual ha hecho el Consejo de Seguridad de la ONU y ambos imponen sanciones a Pyongyang, que se añaden a las ya en vigor desde hace años y que no han servido para nada. A Kim Jong- Un le trae al fresco que sus súbditos, que no ciudadanos, pasen más hambre de la que ya pasan, cuando el 41% de los norcoreanos está infraalimentado. Los norteamericanos, con Donald Trump a la cabeza, dicen que «no ocurrirá» lo que ya ha sucedido y amenazan con «fuego y furia» y con «una respuesta militar masiva» para esconder su impotencia porque saben que no pueden garantizar que un ataque preventivo sobre Corea del Norte asegure la destrucción de todas sus bombas atómicas o nucleares. Y si queda una, solo una, la mortandad que puede causar en Seúl o en Tokio es inasumible. Trump, siempre imaginativo y poco reflexivo, habla ahora de aislar a Corea del Norte y de cortar todo el comercio con quiénes negocien con ella y eso pone en primer lugar a China. Pero es otro brindis al sol porque los EE UU no pueden prescindir del comercio con China sin paralizar su propia industria. Los chinos, por su parte, están también enfadados con Kim Jong-Un por el peligro que supone y porque esta última bomba ha estallado mientras Beijing celebraba una cumbre de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y les ha aguado la fiesta. China le vende petróleo y podría cerrar la frontera si quisiera y dejar que los norcoreanos se mueran todos de frío y hambre el próximo invierno. Pero no quiere hacerlo por dos razones, al margen de las humanitarias, porque teme un éxodo en masa hacia territorio chino y porque tampoco quiere que colapse el régimen de los Kim, pues eso llevaría a tener frontera con una península de Corea reunificada bajo la égida de Seúl y dependiente de los EE UU, cuya influencia China no quiere ver aumentar en Asia. A Rusia tampoco le gusta que Pyongyang tenga bombas atómicas, y menos aún nucleares, pero no se siente amenazada directamente y está encantada de ver a los norteamericanos metidos en un cenagal que no les ofrece ninguna salida buena, que les consume energías, les hace perder prestigio y les lleva a problemas con sus aliados regionales. Por eso se ha opuesto con China a la escalada que propugna Washington. Corea del Sur prefiere una política de apaciguamiento («sunshine policy») que ofrezca al norte comercio, dinero y tecnología si abandona su carrera armamentística, algo que siempre ha fallado y por eso estamos como estamos. Además el presidente Moon Jae-in afirma que Washington le ha prometido que no atacará al Norte sin previa luz verde suya, algo que los EE UU niegan. Por eso se consuelan ambos enseñando los dientes con maniobras militares. Y Japón, que ya ha visto sobrevolar por su cielo los misiles de Corea del Norte y que tiene una constitución pacifista tras el desastre al que le condujeron los militares en 1945, cualquier cosa que recuerde a Hiroshima pone los pelos de punta. Pero tampoco tiene una varita mágica que resuelva el problema y por eso se rearma. A Pyongyang y a Beijing les gusta ver crecer los desacuerdos entre Washington, Seúl y Tokio. Aquí, el que no corre, vuela. No hay buenas soluciones con el nacionalismo enloquecido y militarista de Pyongyang. La única salida puede ser diplomática y Kim Jong-Un no la quiere porque ve en la opción nuclear la supervivencia de su régimen, porque cree que le van a atacar y porque lo que a él le piden, la desnuclearización, es irreversible mientras que lo que le ofrecen a cambio es fácilmente reversible: inversiones, comercio y fin de las sanciones. Y no se fía. Podrá estar loco pero no es tonto. Mientras, la tensión sube.

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