12 de septiembre de 2017
12.09.2017
Tribuna

El trono de los Altamira

12.09.2017 | 04:23

Cuando hace unos meses saltó la noticia que aseguraba que «Juego de Tronos» (una serie con tantas virtudes, propias del cine, como defectos, procedentes de la fidelidad literaria) tenía confirmada la filmación de algunas escenas en el Palacio de los Altamira de Elche dentro de las negociaciones que la productora llevaba a cabo para rodar exteriores de su última temporada en algunos escenarios de Andalucía, los seguidores ilicitanos de la serie no podían creerse la magnitud de tal elección que los convertiría en parte de las huestes de uno u otro bando, dependiendo a qué casa de Poniente se vinculara la fortaleza ilicitana. La esperanza de la participación de Elche en una serie tan vista, y de la consiguiente repercusión económica en la ciudad, se truncó cuando se detectó que una agencia de noticias para contenidos de ocio y cultura había confundido nuestro palacio con uno de igual nombre en Sevilla, conforme a la preeminencia del primero en Google.


Tras la decepción inmediata por no ser favorecidos con la visita de alguno de los personajes que tardarán en verse de nuevo en la televisión, llegó ligada cierta alegría por conocer el posicionamiento web del Palacio de los Altamira. El dominio virtual de edificio tan real no se ha traducido en un aprovechamiento para una ficción, malogrando dos expectativas que nos habían puesto en alerta. Por un lado, que se hubiera dado la inclusión de Elche en el desembarco en España de HBO, como hiciera Bronston hace más de medio siglo, pudiendo extraer una lectura de la evolución del producto audiovisual «mainstream»: el traslado de la oferta urbana de pantallas a la pantalla domesticada a nuestro antojo. Por otro, la utilización de un elemento que ha llamado poderosamente la atención de los cineastas, quizá por su irradiación de un poder histórico: l'Alcàsser de la Senyoria.


Llamado así tradicionalmente de acuerdo a su condición defensiva medieval como parte del recinto de la Vila Murada, sobre todo en lo que se refiere a la gran torre de procedencia árabe, su condición palaciega está relacionada popularmente con el uso que hicieron sus últimos propietarios feudales. A partir de 1481, Gutierre de Cárdenas, convertido en señor de Elche por gracia de Isabel de Castilla y desgracia de sus habitantes, lo destinó a residencia señorial, y su hijo, tras la constitución de la Torre del Homenaje, comenzó las reformas que culminó Bernardino de Cárdenas, primer marqués de Elche, para dotar a la fortaleza de todos los elementos arquitectónicos propios de las construcciones militares del siglo XVI. Al pasar su fundamental papel en la revuelta de la Germanía, su carácter defensivo quedó en un segundo plano, desapareciendo completamente cuando, a mitad del siglo XVIII, el XIV marqués de Elche y X duque de Arcos levantó el cuerpo bárroco sobre el muro de mediodía para destinarlo a vivienda. La fachada la presidía el escudo de armas del entonces XVI marqués de Elche, a su vez XII conde de Altamira, desentendido de su posesión a raíz de las transformaciones políticas del siglo XIX.


Esta potente imagen, con la contundencia de la Torre del Homenaje (o del Duque) perduró en la ciudad como símbolo del poder feudal y su importancia se ha perpetuado en el paisaje urbano, sobre todo, como afirma el arquitecto Gaspar Jaén, después de que la basílica fuera parcialmente ocultada por otras construcciones más elevadas. Esta incidencia visual es la que ha seducido a los objetivos de las diferentes cámaras que han filmado la ciudad: desde un matrimonio francés que en los años 30 del pasado siglo atrapó, después de visitar urbes como Tarragona y València y antes de ir hacia el sur, la visión andalusí de la rambla, hasta José María Berzosa, que en su documental sobre el Misteri para la televisión francesa en 1972 vio en las obras de reposición del matacán superior de la gran torre una imagen que, enlazando el plano desde el pont Nou con los nuevos barrios que se abrían desde Reina Victoria, resumía la lucha entre la conservación del pasado en una ciudad que miraba con ansia el futuro (no en vano, sus propietarios, ante de la adquisición municipal, pensaron en derribar el alcázar para hacer pisos).


O Molina Foix, que rodó en 2001 una secuencia, no incluida finalmente en «Sagitario», en que esa lucha era ganada por el coche, convertido el puente de Altamira en pieza clave de una arteria que no sólo había provocado la devastación del barrio alrededor del palacio, sino que era portadora de gases contaminantes. Incluso las palmeras próximas del Hort del Baix sirvieron este mismo año para el deseo inicial en «Amar», prescindiendo de la fortaleza, tal es su impacto icónico, aparición que hubiera traído a visitantes desde alguna de las pantallas en que se hubiera visto la película de Esteban Crespo. Pero lo cierto es que Elche ni siquiera aparece en los títulos de crédito. Su paso por las pantallas multitudinarias a través de «Juego de Tronos» lo habría situado en la diana del turismo, modificando quizá la consideración hacia el Palacio de los Altamira, asediado en la realidad de cada agosto por el bombardeo indiscriminado de cada mascletà, aunque probablemente el fervor ilicitano no aceptaría que tuviera un destino en la ficción similar al que ha tenido la catedral de Girona, tan impactante para los que la conocemos.


Fuzgamente pensamos en la oportunidad que se perdía para crear un incentivo que atrajera rodajes, perdido desde la clausura de los estudios de la Ciudad de la Luz, que permitió reconocer algunos escenarios en «Presentimientos» ( Santiago Tabernero, 2013) y en «15 años y un día» ( Gracia Querejeta, 2013). No estaría de más un pequeño esfuerzo institucional para recuperar el valor de un edificio, por cierto declarado BIC, no sólo en una posible ficción audiovisual, si se facilitaran las ventajas oportunas para filmar en Elche. Basta recordar lo que decía hace poco un personaje de la popular serie: «La falta de imaginación es un monstruo, ¿lo sabéis, verdad?».

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