12 de septiembre de 2017
12.09.2017
Impresiones

Al final de la escapada

12.09.2017 | 04:23

El título de aquella película de culto, A bout de souffle, con guión de Jean-Luc Godard y François Truffaut, viene a la memoria en tiempos como estos en que se encampana la audacia, desfallece el resuello y prescribe la ataraxia como recurso de gobierno.


Se aproxima el clímax de una representación escénica conducida por actores que han demostrado no estar a la altura de las circunstancias. Frente a los cientos de desafíos a los que se enfrenta el mundo urgente, los protagonistas de la desconexión catalana han demostrado una desustanciación que, por momentos y según el nivel intelectual de cada uno, ha rayado en la incapacidad funcional o en la vileza.


En la otra banda, la vía de Rajoy para acomodarse en la ataraxia (que no es otra cosa que la tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad en relación con el alma y los sentimientos) ha sido alejarse de las comodidades materiales y la fortuna que le hubiera reportado el rescate de su plaza en un registro de la propiedad de costa, en lugar de dedicarse a una vida guiada por los principios de la razón y la virtud, exigibles a un presidente del gobierno que, si no cumpliese con su deber, correría el riesgo de ser encarcelado.


Esa ausencia de turbación, difícil de proteger en la efervescencia de un país golpeado primero por la crisis económica y, sin solución de continuidad, por la deslealtad nacionalista, se traduce en una disminución de la intensidad de las pasiones y deseos que pudieran alterar el equilibrio mental y corporal, así como un aumento de la fortaleza frente a la adversidad.


La pregunta en el aire y, sin respuesta, es: ¿qué va a hacer el Gobierno para impedir la celebración del referéndum?


Y ese estado de ánimo del responsable final, el que no duerme, que se caracteriza por un inevitable dolor de cabeza ?matinal y ya sin optalidón- y la transmisión de una deliberada tranquilidad y ausencia de deseos o temores, pone de los nervios a muchos de los propios y, en distinta cuantía, a casi todos los demás. Y cualquiera de sus actuaciones, por insignificante que pueda parecer, desemboca en una crítica desabrida, testimonio de descontento.


La clave fácil de la que buen número de detractores se ha servido para explicar el empleo de los tiempos por el inquilino de la Moncloa, ha sido alistarle con los escépticos (corriente filosófica basada en la duda) que, al no creer en nada, evitan entrar en conflictos con nadie, con la serenidad e imperturbabilidad del ánimo y las muletas listas en el equipaje dispuesto para la subsistencia.


Curiosamente, entre la población madura y alejada de su propio caladero electoral es donde más parece haber calado la estrategia del apaciguamiento seguida hasta ahora. La novedad es que la templanza de gaitas se acabó, a tenor del anuncio hecho por él mismo, en una cuidada aparición en la que dio el banderazo de salida a la esperada intervención del Estado y en la que reiteró que el referéndum no se celebrará.


La pregunta en el aire y sin respuesta, es: ¿qué va a hacer el Gobierno para impedir la celebración del referéndum? Lógicamente, mantiene una cautela absoluta a la hora de dar pistas sobre los planes previstos, que no harían sino servir de ganancias al enemigo.


En las penosas sesiones del parlamento catalán, presididas por una longeva activista del independentismo, se aprobaron, con absoluto desprecio de las normas comunes y violentando procedimientos pautados, la normativa del referéndum y la de transitoriedad en el camino a la república catalana.. Estas maniobras, reprensibles, llevaron al presidente del Parlamento Europeo a decir, sin circunloquios, que «cualquier acción contra la Constitución (española) es una acción contra la Unión Europea»


Pascal y Montaigne hablaban del «fundamento místico de la autoridad». Y aportaban como prueba el hecho de que en los regímenes legítimos las leyes se obedecen no por ser justas sino por ser leyes. De eso, aquí ya no queda casi nada. Y quienes han puesto al Estado en el disparadero, son unos «voluptuosos sin causa ni corazón» como diría Weber.


El Consejo de Ministros aprobó remitir al Tribunal Constitucional (TC) cuatro recursos relacionados con la sesión del parlamento catalán en la que salió adelante la aprobación de la ley del referéndum, sin el soporte de los servicios jurídicos. Y el TC, en rauda decisión que prueba que la justicia puede ser ágil y eficaz, tomó en hora y media la decisión de suspender el referéndum, impulsado por una mayoría de los diputados que apoya al gobierno de Cataluña. Muy claro lo debían tener los magistrados.


Con la aprobación posterior de la asombrosa ley de transitoriedad, los engallados soberanistas se han colocado dolosamente (con intencionalidad), fuera del ámbito jurídico del Estado y se lo han puesto en bandeja a jueces y fiscales. Con las maneras que han desplegado, han enseñado las costuras mostrado del finalismo terminal, del «ahora o nunca», que no han podido disimular. Segundo error para la causa, inmediatamente después de la que supuso la utilización del dolor de los muertos en la manifestación tras los asesinatos de la Rambla.


En este cafarnaúm, un conseller de la Generalitat ha dicho, sin alterarse: «El fiscal general ha de leerse las leyes», lo que provoca vergüenza ajena cuando se sabe que el pimpollo no ha hecho otra cosa que calentar banquillo en el partido que le vio crecer.


Los catalanes no se merecen tanto ridículo en grado superlativo, porque de allí siempre nos llegó el viento culto, europeo, sensato y avanzado, tan lejos de estos aires disímiles. Con su sigilo y disimulo, los patronos, siempre identificados con un país de bandera, han convertido su liderazgo en un vergonzante silencio de las élites. Aunque ese arcano se quiebre con casos sonoros, como el de ese empresario por la independencia que, al tiempo que mantiene su momio en una institución financiera señera, ha trasladado el domicilio de su grupo empresarial a Irlanda, para no pagar sus impuestos en España.


Hay que devolver a España la serenidad y seriedad que necesita, con la adecuación de la Constitución y la implicación de las nuevas generaciones, que se marquen como objetivo regenerar la vida pública y devolverle la credibilidad dilapidada. Se precisa un poder serio y neutral porque hemos tocado fondo y a partir de ahí, no cabe dilación, cálculo ni temor. Y en este viaje, a los catalanes les toca recobrar la influencia perdida, con un gobierno serio, legítimo y con amplio apoyo.


El clientelismo político y la falta de mecanismos constitucionales apropiados (5%, límites al procedimiento de reforma de la Constitución, prohibición de partidos políticos inconstitucionales, etc. es decir, Alemania) han amenazado con hacer capotar la Constitución. Y en esto tiene que concentrarse el esfuerzo que lleve a su modificación, actualizando lo que es inexcusable, inaplazable y urgente. Por ejemplo, el reconocimiento de la diversidad, evidente, que coloque cómodamente a quien claramente no lo está.


Poner un término a la ataraxia tiene sus ventajas pues destierra la insufrible espera; la inacción calculada; la desesperanza que genera la ansiedad; la falsa interpretación a la que conduce la aciaga comunicación; la ausencia de la discusión ilustrada y tantas cuestiones más.


Tras la implosión de la ansiedad y la violencia, con la respuesta proporcional (compatible con la contundencia), tardará en llegar el final y vendrá un tiempo bien distinto a este, tan turbulento y enquistado, donde impera el miedo, desde que las acciones terroristas llevaron el pavor a la población, en la que ha anidado la división y la desconfianza.


Aunque la rueda de la fortuna sorprenda a España, cíclicamente, con las mismas desventuras, este capítulo está llegando a su fin, con un gran armazón vacío de todo, salvo de rencores. Al final de la escapada.

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