20 de agosto de 2017
20.08.2017

La explosión que aplaca el fuego

20.08.2017 | 02:34

Hay explosiones que ayudan a controlar fuegos. Cuando arde un pozo de petróleo la forma más eficaz de acabar con la llama continua consiste en cortar con una voladura en la superficie el oxígeno que la alimenta. El horror imprevisto tiene el mismo efecto. El incendio catalán se extinguió de forma súbita ante una nueva muestra de que hay enemigos más feroces que las diferencias persistentes y en apariencia irreconciliables.

Antes de que se desatara la furia yihadista no había previsión alguna de que Rajoy y Puigdemont se encontraran cara a cara. El viernes se presentaron juntos en dos ocasiones: la primera de ellas, con el rey de por medio, en la masiva concentración de la plaza de Catalunya; la segunda, tras la reunión del gabinete de crisis, para poner de manifiesto que la distancia abierta por el proceso soberanista no afecta a la colaboración entre administraciones cuando las circunstancias lo requieren.

Es aventurado anticipar lo que puede derivarse de esa convivencia en el centro del dolor de responsables institucionales cuya relación quedó reducida en las últimas semanas a altisonantes declaraciones públicas, cada vez más aguerridas a medida que se acerca la fecha crítica marcada por el independentismo.

En un tiempo en el que todavía se confiaba en las defensas, Epicuro dejó constancia de que ante la muerte todos habitamos en una ciudad sin murallas, desprotegidos ante el golpe definitivo que nos encara con el valor vida, lo único que de verdad importa. Que por efecto de esa desnudez repentina las llamas catalanas hayan dejado de ser visibles no impide que puedan avivarse otra vez a medida que se disipe el efecto del impacto. Pero tampoco debe subestimarse el reflejo emocional que el ataque contra Barcelona pueda tener en el contexto de la confrontación política en torno a Cataluña. El prolongado pulso entre el Gobierno y la Generalitat se deslizaba ya hacia ese terreno de las emociones con la decisión del soberanismo de aplazar el parto de la ley del referéndum para acercarlo a la diada del 11 de septiembre, buscando confrontar los cortocircuitos legales de Madrid con las masas en la calle. Ahora falta saber si esa unidad sobrevenida ante una amenaza común es algo circunstancial o tendrá algún efecto secundario.

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