15 de agosto de 2017
15.08.2017

El turismo empieza a ver las orejas al lobo

15.08.2017 | 03:20

Cuando todos aventuraban que 2017 iba a ser un año exultante en materia turística, vienen las cifras de ocupación hotelera y estropean todos los augurios. Quizá no los estropean del todo porque es cierto que los pasajeros en los aeropuertos son los que son, y están creciendo lo que están creciendo, y no es menos cierto que las cifras de turistas extranjeros están batiendo todas las marcas y registros históricos.

Pero en esas cifras hay un lobo que hasta ahora estaba oculto, agazapado y sin dar muchas señales de preocupación, que empieza a enseñar las orejas y a crear serios peligros con los que no se contaba hace apenas tres o cuatro años.

Y este lobo no es más que la economía sumergida disfrazada de colaborativa que aloja a millones de turistas en viviendas privadas y que está condicionando gravemente el crecimiento turístico en España. Gracias a este lobo, las cifras no engañan. Cada vez hay más turistas en España y cada vez se alojan menos en los hoteles y otros alojamientos reglados.

Algunos podrían pensar que los hoteles no lo están haciendo del todo bien, pero nos cuesta admitir eso en una industria que sólo en Benidorm da empleo a 6.000 personas, que ha invertido 1.200 millones de euros en los últimos 10 años en reformarse y adaptarse a las nuevas exigencias del mercado y que constituye en esta ciudad el 50% del PIB.

El alojamiento ilegal y sumergido en viviendas mina y ataca frontalmente el modelo turístico de calidad y de valor añadido que sólo el alojamiento reglado puede proporcionar.

Las capacidades de alojamiento no pueden ser ilimitadas o salvajemente alteradas sin planificación, porque es así como se crean importantes deficiencias en la convivencia ciudadana que pueden derivar en esa «turismofobia» que se extiende como un virus imparable.

Las autoridades no pueden mirar para otro lado. Salvo contadas excepciones como algunas medidas puestas por el gobierno valenciano o determinados ayuntamientos, todas las administraciones deben implicarse mucho más y mucho mejor en este fenómeno

Con el modelo actual, el turismo crece en la dirección equivocada. Aunque el gasto total de los turistas aumenta, el gasto por turista no deja de bajar año a año, lo que significa que estamos en el camino de la masificación improductiva y no rentable. Con ello no hacemos otra cosa que ahuyentar el que todos denominan «turismo de calidad», ese mantra con el que han llenado páginas y páginas de planes estratégicos y libros blancos, que no es otro que el turismo que se deja más dinero en su estancia.

Y en ninguno de estos planes estratégicos se ha reconocido a la economía sumergida del alojamiento como uno de los grandes peligros del sector turístico. En ninguno de ellos se han establecido estrategias o líneas de actuaciones claras para todos los responsables de este fenómeno. Muchos ayuntamientos no saben ni lo que hacer en sus municipios y, lo peor de todo es que muchos ayuntamientos ni siquiera quieren hacer nada al respecto. Un nuevo hurra por la clarividencia administrativa.

Y mientras tanto tenemos que asistir atónitos a reuniones de expertos economistas y sabios de Montoro en las que la conclusión más importante que sacan es que hay que establecer una tasa o impuesto a la actividad turística, o lo que es lo mismo, una tasa o impuesto a la actividad hotelera o reglada. Porque claro, bien es sabido por todos que la economía sumergida no paga impuestos. Ahí es nada. Tanta sabiduría junta para esta conclusión tan injusta como inmerecida.

La borrachera de cifras y de éxito está nublando la visión de aquellos que tienen que vigilar por el futuro de la principal industria española. El Gobierno, con su pasividad está siendo colaborador necesario en esta economía sumergida de forma inexplicable. Y con ello está abriendo la puerta del abismo de muchos alojamientos reglados de este país.

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