11 de agosto de 2017
11.08.2017
Tribuna

El monstruo bajo la alfombra

11.08.2017 | 04:29

Según el barómetro del CIS de julio de 2017 el paro sigue siendo con mucho la principal preocupación de la ciudadanía en España. En el primer cuatrimestre de este año los contratos a jóvenes menores de 25 años han disminuido un 36% y los firmados a personas comprendidas entre los 25 y 44 años no han variado apenas en comparación con el mismo cuatrimestre de 2007, año en el que los efectos más adversos de la crisis económica empezaron a asomar. Pero en el Día Internacional de la Juventud que se celebra el 12 de agosto, no quiero reflexionar sobre cifras, sino sobre sensaciones.


Según Naciones Unidas, la juventud, ese grupo que actualmente conforma la generación más numerosa de la historia, es al mismo tiempo la gran víctima de los grandes cambios de la sociedad. Ese mismo organismo reconoce también que nuestro mundo se está volviendo más imprevisible y caótico, que el empleo para las mujeres jóvenes sigue estando peor remunerado que el de los varones jóvenes y que el desempleo de las mismas alcanza todavía cotas más altas que el de ellos.


Hablar de los niveles de desempleo en España ya se ha convertido en una rutina. No es menos común que el Gobierno en determinadas épocas del año haga lecturas de los datos de los servicios públicos de empleo que parecen anunciar mejoras en la contratación.


Sin embargo, las sensaciones que percibimos las jóvenes en la actualidad cuando pretendemos hacer frente a nuestra vida profesional están llenas de incertidumbres e inseguridades. Haber invertido años de nuestra vida en formación profesional o universitaria, con altas tasas académicas, no es ya ninguna garantía de realización profesional. Las dificultades que atravesamos a la hora de acceder al primer empleo son inmensas. La más paradójica es la ya habitual del requisito de dos años de experiencia laboral previa, que conduce forzosamente a la necesidad de desempeñar trabajos voluntarios y gratuitos ?llámense prácticas laborales y/o formación complementaria? con tal de adquirirla. Rizando el rizo, empieza a ser frecuentes ?por ejemplo en los bufetes? que las jóvenes tengan que pagar su formación a la empresa para la que trabajan.


Las dificultades a las que hacer frente a la hora de desempeñar un empleo no tienen que ver sólo con el acceso. Una vez hemos atravesado esa barrera, a veces tan alta que llega a parecer infranqueable, desempeñamos puestos de trabajo que se caracterizan por la precariedad. La tónica desde hace años es empleo con jornadas extensas, con salarios reducidos y con un elevado índice de temporalidad. No hace mucho la aspiración común en el mundo laboral era obtener un puesto fijo. Ahora, la aspiración máxima es encontrar un empleo, sin más, con suerte a tener algún día de descanso semanal y siempre con unos ingresos que no permiten hacer frente a los gastos más necesarios para emprender una vida independiente.


La movilidad extrema se ha asumido ya como un axioma. Las jóvenes estamos siendo forzadas a abandonar en masa los lugares en los que tenemos nuestra familia, nuestras amistades, nuestras parejas y nuestros sentimientos para buscar un empleo desarraigado en otros sitios con empleos de una duración estimada de unos pocos meses, como si nuestras vidas también tuviesen una duración estimada corta y el resto del tiempo fuésemos seres sin ningún tipo de necesidad vital, condenados a subsistir de un soporte familiar cada vez más incierto.


La consecuencia más devastadora de la reforma laboral y la modificación del Estatuto de los Trabajadores ha sido establecer el mecanismo regulador mágico que permite aumentar la competitividad empresarial a base de reducir sueldos, dificultar la conciliación entre vida familiar y profesional liberalizando los horarios laborales y la discriminación salarial de las mujeres. Eventualidad y flexibilidad son la cualidades de moda.


El futuro como ente que se puede ir construyendo ha dejado de existir para nosotras para convertirse en un cuento tenebroso de ciencia-ficción. Nuestra imaginación, nuestros ideales, nuestra energía se ven atenazadas por el terror al paro y al despido. No podemos ni soñar con la maternidad.


Y yo me pregunto, sin los ideales juveniles, sin la energía juvenil, sin la imaginación de las mujeres jóvenes, ¿será posible un desarrollo continuado y sostenible de las sociedades de que formamos parte? La respuesta a esa pregunta ya la dio Shakespeare: «Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir».

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