10 de agosto de 2017
10.08.2017
La pluma y el diván

Apólogo de la cosificación

10.08.2017 | 03:55

Cuando mi buen amigo Gorgias me llamó por teléfono para invitarme a dar un paseo por la playa, debo reconocer que me quedé muy sorprendido. Normalmente huye de las multitudes y prefiere los paseos sosegados y tranquilos. Supongo que necesita un buen baño de sol y de realidad. Quedamos temprano y tras un buen café nos internamos en las aún tibias arenas de la playa. El mar estaba en calma total y nos acompañaba una leve brisa reparadora frente al calor que empezaba a levantarse.

Parece ser, amigo mío, me dijo con su parsimonia habitual, que esta sociedad moderna carece de límites para deshumanizarse. No tiene suficiente con la destrucción paulatina y constante de la naturaleza, el ir acabando con esta belleza que podemos todavía contemplar. No pone ni una sola barrera a su afán de demolición. Las escasas voces que se levantan para intentar amortiguar el desastre, son acalladas de inmediato como si fueran apestados. Los valores están en recesión en el mejor de los casos y en su faceta menos optimista en franca destrucción.

Los roles sociales no están cambiando a pesar de que se habla de ellos continuamente de forma obsesiva, posiblemente desde perspectivas manipuladas de antemano. La inercia histórica y cultural de la supremacía masculina sobre la femenina sigue siendo imparable, por más que se intente igualar los posicionamientos. Si observas a tu alrededor puedes comprobar, sin sobresaltos, que esas mujeres de tu izquierda tapadas con velos de pies a cabeza en esta playa siguen los preceptos de su cultura sin ningún reproche, mientras que sus maridos disfrutan de la libertad para campar a sus anchas, mirando con descaro a las mujeres occidentales de su lado que disfrutan del sol tapadas únicamente con un diminuto tanga.

Aunque parezca que occidente es avanzado en estos temas, nada más lejos de la realidad. Todavía existen países que promocionan concursos de belleza infantil donde las niñas son expuestas como pimpollos para ser calificadas por sus encantos como si fueran cosas. Las emperifollan como lolitas enanas para el disfrute y deleite del personal. Cuando pasen unos años, esas mismas niñas se presentarán a los concursos de belleza adultos, donde el ritual de cosificación femenina será culminado. La verdad, amigo, es que no hemos avanzado nada, nos seguimos paseando como verdaderos mediocres sociales alrededor de una bañera de mierda, con la intención de que no nos salpique y permitiendo su existencia sin más.

La cosificación es patrimonio de todas las culturas sin excepción y cada una de ellas la sigue interpretando a su antojo.

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