03 de agosto de 2017
03.08.2017
Tribuna

La ignominia

03.08.2017 | 04:28

Han tardado apenas 24 horas en reaccionar tras el boicot del pueblo venezolano a la Constituyente. La incomparecencia a las urnas fue la respuesta a la celada que trataba de barrer a la oposición democrática de las instituciones

(Ignominia: Deshonor, descrédito de quien ha perdido el respeto de los demás a causa de una acción indigna o vergonzosa)

El chavismo, a pesar de su origen –un golpe militar–, tuvo un halo para democrático muy vinculado a la personalidad voluptuosa de su líder. Chávez logró ganarse la simpatía de un buen número de países vecinos y amigos de la región. Hacía elecciones con frenesí y nadie le pudo afear no practicar la liturgia de votar.

Su sucesor, muy recomendado por los asesores internacionales, no tiene ni el carisma ni la gracia de su padre político. Para colmo, tras quebrar al país más rico de América Latina, se ha quedado sin recursos y tiene a su pueblo malnutrido y con alarmante escasez de medicinas. Lejos quedan los tiempos en que la Venezuela chavista, que contaba con el apoyo de los grandes de América Latina, maniobraba a su antojo con el maná del petróleo.

Ha querido compensar sus déficits estructurales con «democracia en la acera», peraltada por la televisión y una cercanía impostada, a base de prebendas a los suyos y golpazos a los que no le bailan el agua. Y se mantiene en un alambre milagroso, que dios sabe cuánto puede durar, sin que se venga todavía abajo el estaribel (instalación provisional que se destina a un fin perecedero).

El último zarpazo ha sido la detención de Leopoldo López, coordinador nacional de Voluntad Popular, y de Antonio Ledezma, alcalde metropolitano, a cargo del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), la policía política venezolana. La de Ledezma tenía lugar pocas horas después de que éste enviara un mensaje –lúcido y autocrítico– a los líderes opositores de la Mesa de la Unidad Democrática, a los que criticó por actuar con secretismo ante los ciudadanos: «Para alcanzar la victoria debe haber franqueza y sinceridad entre nosotros. No se pueden ganar batallas cuando nos derrotamos a nosotros mismos. Permitimos que el Gobierno nos echara del hemiciclo, endeudara a Venezuela como le dio la gana y dejamos que gobernara por decreto. No sigamos buscando salvadores ni al hombre a caballo».

Una vez más, los viejos demonios, los personalismos en la oposición venezolana, corroída por intereses dispares y ambiciones «chiquitas», que tanto han beneficiado a sus oponentes.

A Leopoldo López, revocando ilegalmente la medida de «casa por cárcel», se lo llevaron unos funcionarios del Sebin, cuando ya las calles estaban vacías, con engaño y sin orden judicial. Tocaron la puerta de su casa «con la excusa de que necesitaban tomarle una foto». Y cuando salió para atender la llamada, la policía política se lo llevó.

Para el chavismo, que había asistido con una mezcla de aprensión y escepticismo, a la excarcelación del «oficioso» líder de la oposición, López habría faltado a su palabra de «llamar a la paz», algo a lo que «supuestamente» se habría comprometido ante quienes gestionaron su salida de Ramo Verde. Habrá que permanecer atentos a lo que digan los mediadores.

Estos secuestros, en flagrante violación de los derechos humanos, han sido el primer rasgón de Nicolás Maduro tras los magros resultados de la Asamblea Constituyente, réplica dura a la actual Carta Magna chavista, que destituirá a los actuales parlamentarios (elegidos conforme a la anterior normativa, que había dado como resultado una mayoría cualificada a las fuerzas opositoras al régimen) por domeñados del sistema.

La cuestión es, ¿por qué, apenas semanas más tarde de su liberación, se ha vuelto a detener a López? Su salida de la cárcel, los resultados de la votación auspiciada por la oposición (cerca de ocho millones de votos) y el fiasco de la Constituyente habrían alarmado a la nomenclatura y a sus asesores, que no dudaron en rectificar: más represión y prisión a los cabecillas intelectuales de una revuelta que, tres meses después, mantiene en la calle a quienes han decidido no rendirse.

El Tribunal Supremo ha tratado de justificar la revocación del arresto domiciliario y consiguiente detención nocturna porque planeaban fugarse. Aunque este argumento no cuela, ya han conseguido quitarles de la circulación.

Han tardado apenas 24 horas en reaccionar tras el boicot del pueblo venezolano a la Constituyente. La incomparecencia a las urnas fue la respuesta a la celada que trataba de barrer a la oposición democrática de las instituciones.

Pero no cabe sorprenderse porque «el hijo de Chávez» ya había avisado, amenazando con tomar medidas contra el Parlamento, la Fiscalía, los líderes de la oposición, los medios de comunicación privados y la «burguesía parasitaria». Esas cosas que dice, que hacen las delicias de sus simpatizantes.

Las instituciones europeas mostraron reflejos anticipando que no iban a reconocer el resultado a la Asamblea Constituyente. La Comisión Europea ha considerado que el arresto del opositor Leopoldo López va «en la dirección equivocada», con remate de la portavoz: «Esperamos más información de las autoridades de Venezuela sobre esa situación, que sigue sin estar clara». Este infeliz estrambote indica que no le han pasado los vídeos con las detenciones. Si los hubiese visto se habría dado cuenta del atropello, inadmisible en cualquier sociedad, que no era precisamente la visita del lechero.

La Unión Europea no puede, otra vez, jugar al «pasimisí pasimisá» al que nos tiene acostumbrados, porque estas tomas de posición, por llamarlas de alguna manera, «blandengues», generan decepción en las opiniones públicas propias y risas incontenibles en los destinatarios a los que van dirigidas.

Al menos, el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, ha hablado para que se le entienda bien: «la Comunidad Internacional no puede seguir callada frente a tantos muertos en Venezuela».

En nuestro país, junto a la música celestial del canciller –«el respeto a los derechos humanos y a la libertad ha de ser absoluto»–, Felipe González no se ha andado con rodeos: «El único apoyo de Maduro, que cada vez se parece más a Ceaucescu, son las armas».

Cuando detuvieron a López por primera vez, Pablo Iglesias tuvo una salida cínica no exenta de astucia: «Ojalá el señor Leopoldo López pueda ser noticia porque compita en un proceso electoral». Con lo que no contaba es que en más de un año ese señor ha dormido tan solo una semana en casa.

La Casa Blanca tiene montado un buen lío con las entradas y salidas de su staff, por lo que aún no ha manifestado su visión ante el endurecimiento de Caracas. Es de esperar que el nuevo jefe, John Kelly, militar curtido, dará una réplica seria al comportamiento de esta dictadura «matona». El mundo tiene puesta la esperanza en un pronto final y el vecino del Norte no puede zafar su responsabilidad. De momento, las primeras sanciones económicas del Tesoro alcanzan al jefe del Estado venezolano, que no podrá viajar sin arriesgarse a que le detengan.

El ignominioso régimen de Maduro ha perdido el respeto de tantos venezolanos, por acciones indignas y vergonzosas. La lista es interminable y el destrozo incalculable. Los daños pasarán factura. La farsa de la Constituyente ha dejado en evidencia el aislamiento del régimen ante la opinión pública venezolana y la comunidad internacional. En esta ocasión, las condenas diplomáticas, siempre templadas, han denunciado un atropello democrático contra el que ya no bastan las palabras y las llamadas al diálogo. Hay coincidencia en apelar a la urgencia de la respuesta internacional, antes de que siga creciendo la nómina de muertos y Maduro proclame su dictadura. Poco le queda.

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