30 de julio de 2017
30.07.2017

Asuntos extraños

Lo que ha ocurrido no requiere densas reflexiones: el poder ha pasado a sus manos y miles de catalanes han sido modelados según la idea incontestable de que Cataluña es una nación que debe convertirse en Estado

31.07.2017 | 04:30
Asuntos extraños

Lunes

BELLE ÉPOQUE

Las bodas de plata de los Juegos Olímpicos de Barcelona evocan extrañamente el reencuentro melancólico con una fortaleza inexpugnable convertida en ruinas. Todos los protagonistas de entonces son hoy retazos de historia: el rey Juan Carlos, Felipe González, Jordi Pujol. Todos excepto uno. Los testigos de aquellos esplendorosos días recordamos a unos jóvenes que amenizaron los actos inaugurales exhibiendo pancartas con el lema «Freedom for Catalonia». Uno de ellos es hoy «conseller» de la Generalitat y fue a todas luces un patriota precoz. Lo que ha ocurrido no requiere densas reflexiones: el poder ha pasado a sus manos y miles de catalanes han sido modelados según la idea incontestable de que Cataluña es una nación que debe convertirse en Estado. Añádanse la ambición megalómana del político local, o sus pecados punibles, una situación social crispada debido a la crisis económica y la indolencia elevada a táctica política pero siempre disfrazada de voluntad dialogante de los gobiernos centrales. El resultado es que aquel muchacho que exigía vía satélite «Freedom for Catalonia» hoy tuitea desde su responsabilidad institucional «los españoles me dais pena». A quién no.

martes

LOGOMAQUIAS

Hace tiempo que resulta desaconsejable tomarse en serio las declaraciones de los portavoces del PSOE sobre política territorial. Prescindan de ellas y lean el artículo de José Borrell publicado en Nueva Tribuna el diecisiete de mayo. Aunque sus conclusiones sean discutibles, no así las premisas, al menos se aprecia el esfuerzo intelectual del político brillante por resolver un problema tan irritantemente ficticio como superfluo. Nada que ver desde luego con sus compañeros. Voy a pasar por alto la frase de Sánchez que derrumba todas las garantías legales del ciudadano («si la política sólo fuera el respeto escrupuloso a la ley, gobernarían los jueces») para resaltar que la «E» del acrónimo PSOE corresponde a «español». En un universo racional, un partido «español» debería tener una noción de «España», pero las ponencias de los congresos regionales del PSOE han desmentido la racionalidad de algunos universos: los socialistas extremeños son «autonomistas», los andaluces «federalistas simétricos» y los valencianos «federalistas asimétricos». Honor y gloria para los compañeros baleares: proponen una «federación de islas». Si aspiran a entender qué pretende el PSOE cuando habla de «plurinacionalidad», pierdan por el momento toda esperanza.

miércoles

CAUSA FINITA

Un testigo locuaz aunque caótico siempre es preferible a otro inteligente pero hermético y el perfil de Rajoy se ajusta tan puntillosamente a este patrón que los abogados acusadores han debido de sentir lo que aquel ayuda de cámara que preguntó a su señor si vestiría chaqué o traje para la cena y recibió por toda respuesta un «sí». La comparecencia era jurídicamente irrelevante y además es dudoso que pueda ser rentabilizada tras la exhibición de un testigo socarrón que sorteaba sin dificultades la evidencia: el presidente de un partido no es su contable, pero forzosamente algo tiene que saber sobre su financiación. Después ha comparecido Sánchez con una declaración solemnemente grave, que estaba prevista dijera lo que dijera Rajoy y por lo tanto ha retumbado a tremendismo ridículo, y Ferreras ha aceptado tácitamente que el pájaro había volado al despedirse con su subconsciente militante al rojo vivo: «Es posible que Rajoy comparezca la próxima vez como imputado». O como vigía del Titanic: a él que le cuentan.

jueves

PRECIO JUSTO

No he logrado acostumbrarme a juzgar el precio de las cosas si se expresa en euros y mi desorientación crece cuanta mayor es la cantidad. Pagar ciento sesenta y seis pesetas por un café sigue pareciéndome un desfalco, pero en cambio no sé si doscientos millones de euros por un jugador de fútbol son una ganga. Los devotos de las comparaciones absurdas argumentan que esta cantidad equivale a un hospital de tamaño medio, una veintena de colegios o diez helicópteros contra incendios. Pero Neymar no trabaja para el Estado, sino para un particular, y tampoco es censurable que éste pida prestado ese dinero a la misma entidad que niega créditos familiares entre bostezos. Depende de las garantías para el recobro y un club de fútbol que juega la Champions ofrece más seguridad que un camarero con contrato temporal. Sin embargo, existe una paradoja: el club amortiza su inversión con los ingresos procedentes de abonos, televisión de pago o camisetas serigrafiadas y todo esto corre por cuenta del camarero sin crédito familiar ni contrato fijo, pero con una idolatrada fotografía del goleador en su teléfono. Un asunto extraño.

viernes

PATRIA

Por lo pronto, sería conveniente que Marzá aclarara a los padres si deben volver a matricular al crío. En cuanto al cachetazo propinado por los tribunales al «conseller», es un percance cruento pero no excepcional, al menos hasta que se imponga la tesis de Pedro Sánchez sobre el exagerado respeto por la ley y los jueces renuncien a fiscalizar al ejecutivo. Cabe preguntarse si el «conseller» era consciente de que su reforma forzaba la legalidad y, en este caso, por qué perseveró. La única respuesta aceptable es que Marzá se guía por la ética de sus convicciones, las de un nacionalista ortodoxo, y no por la ética de la responsabilidad, la del político que las sacrifica en favor de los intereses de sus representados. Es notorio que no existía ninguna urgencia social que hiciera indispensable la reforma, sino más probablemente un rechazo nada discreto a alterar el modelo vigente. Pero Marzá persigue un ideal y ha sucumbido a la tentación de tantos políticos que ignoran los obstáculos, legales o de opinión pública, y son inequívocamente desautorizados. Por otra parte, la amnistía fiscal de Montoro es un precedente tranquilizador: Marzá no debe sentirse obligado a dimitir.

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