29 de julio de 2017
29.07.2017
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Lo que el tiempo se llevó

30.07.2017 | 06:00

Estamos a punto de entrar en las fiestas de agosto, porque julio anda en las últimas. En otros tiempos, los ilicitanos que habían recalado en Santa Pola con sus barracas ya andaban canturreando aquello de «venim de la mar» con nostalgia, pero hoy la gente ya no se asoma por el pueblo hasta que no se abren los colegios. Los tiempos no es que estén cambiando, es que han cambiado ya, y nosotros, los que quedamos con el antaño a cuestas, nos llenamos de recuerdos que vamos sacando de vez en cuando para que les pase el aire. Pero ya no se sostienen, están muy pasados de moda y nadie los quiere escuchar. No obstante, nos agarramos fuertemente a algunas raíces que no podemos perder porque esas somos nosotros mismos. En nosotros quedó la sustancia de los libros que leímos, el cine que tanto nos emocionó y sobre todo la entrañable amistad de los compañeros con quienes, a los ocho o nueve años, empezamos a vivir.


Los LIBROS?, entonces no había mucho más. Para las cosas a las que teníamos acceso no se necesitaban enchufes, ya ven, así que los libros eran nuestro campo de batalla, pero, ¿quién tenía dinero para comprarlos en aquellos tiempos? La Biblioteca Municipal, situada en los bajos de un caserón en la plaza de «Santa Llusia», nos surtía de literatura clásica que era lo que nos demandaban los profesores, y los que podríamos llamar «lúdicos» aparecían con los regalos de cumpleaños o santos, libros que tenían que estar permitidos por el sacrosanto embudo llamado «Índice», que eran bien pocos, aunque muchos de nosotros, exponiéndonos al pecado mortal con todas sus consecuencias, nos saltábamos las normas y leíamos, leíamos? todo lo que podía caer en nuestras manos. Así que los pasábamos de unos a otros siguiendo un turno, y, cuando te llegaba un ejemplar, parecía que te entraba un torrente de aire puro directo a los pulmones e inundaba tu cerebro.


También disfrutamos del CINE, al que solo teníamos acceso los domingos, y por eso los prolegómenos del acontecimiento eran algo vital: a qué cine vamos?, en el Ideal hay sesión triple, una del oeste, otra americana y otra de Jorge Negrete, o de Cantinflas ? O vamos al Central, pero es sesión doble solo?, o vamos a ver la del Kursaal (después ya Gran Teatro), que es de estreno y americana. El Gran Teatro era más caro y ya no nos daba el dinero para pipas (las palomitas vinieron mucho después vía EE UU)? Y aún quedaba el Coliseum, pronto simplemente Coliseo, que estaba en plena Corredera. Un cine pequeño, familiar, donde daban películas «de amor» generalmente italianas. Recuerdo aquella «A las nueve lección de química», con Alida Vally creo recordar, que nos embelesó por el tema y porque el protagonista era guapíiiisimo. Salíamos de allí, bajando desde el «gallinero», como en una nube? La película, según la interpreto ya hoy, era un clásico bodrio infumable de novelita rosa, pero entonces teníamos unos trece o catorce años tan romanticones?


Sobre el cine, no me quiero dejar los momentos emocionantes de la entrada con aquel ambiente escaso de luz en el patio de butacas, el olor punzante a zotal, aquello con lo que desinfectaban el salón; la escaramuza al buscar buen sitio unido a los gritos del aposentador; los clac, clac ruidosos de la bajada de los asientos de madera, imposible ser más incómodos, y al fin las primeras imágenes del NO- DO con su musiquita inconfundible, el Caudillo inaugurando pantanos y, al fin, el silencio seguido de la película con el frenético clic, clic de las pipas. Pero con todo ello entraba la magia, la emoción, el olvido de las estrecheces de posguerra e incluso de uno mismo para ser el otro o la otra: Gregory Peck, Tyrone Power, Veronica Lake, Greek Garson, Paul Newman (cómo no)? «Qué bello era vivir?».


¿Qué fue de los quince o dieciséis cines que hubo en algún momento? Dónde quedaron el Avenida, El Paz, El Gayarre, El Alcázar, El Capitolio y sus conciertos? Pero también, poco después, voló el Casino con su sala de baile y sus ricos sillones, y también echamos de menos un Parque rebosante de luces, de música en el Hort de Baix o en la Rosaleda. El teatro al aire libre en donde actuaban las mejores compañías de España?, me habrán oído esta canción tantas veces?


Así que, como dije, con la desaparición de los cines se fueron esas aventuras que también nos nutrían y por ello pensamos que el cine no se mereció esa ausencia posterior tan drástica, como no se la merecieron los libros, la educación, el arte, el teatro, la música? y todo aquello que le es necesario al hombre para serlo. Supongo que cada época lleva aparejadas sus posteriores añoranzas, pero hay raíces que arraigadas como están en no sé qué profundos inicios no debieran ser aniquiladas.


Y de la AMISTAD: qué puedo decir de ese sentimiento sobre el que siempre se extiende esa trabazón de fuertes hilos que nunca se desatan y nunca desaparecen?


Todo esto, porque vienen las fiestas y con ellas las añoranzas. Pero es que, caramba, a nosotros los de esta edad no se nos va el sabor de la coñeta en cuanto dobla el diez de agosto y baja el ángel?


PD: ¿Fin de las añoranzas? Pero es que, harta ya de tal y como están las cosas en esta España nuestra, me temo que acabe hablándoles de la evolución del Australopiteco que, no vayan ustedes a pensar, es un tema apasionante comparado con lo que nos levantamos cada día.

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