28 de julio de 2017
28.07.2017
Esperando a Godot

La vuelta al mundo en ochenta días

28.07.2017 | 05:07

Julio Verne fue un escritor francés, que vivió entre 1828 y 1905, famoso por sus novelas de aventuras y de ciencia ficción. En estas últimas describe, con inusitado rigor científico, inventos y avances tecnológicos que se convirtieron en realidad años después de su muerte.


Una de sus obras más conocidas es La vuelta al mundo en ochenta días. La historia narrada en el libro comienza en Londres, el 2 de octubre de 1872, y nos presenta a Phileas Fogg, un caballero rico, reservado y de hábitos regulares. Fogg, fiel a sus costumbres, acude todos los días al Reform Club, un exclusivo punto de encuentro de los caballeros bien pensantes de la Inglaterra victoriana.


Cierto día, en uno de los lujosos salones del club, Fogg se ve envuelto en una discusión con otros caballeros sobre la posibilidad de dar la vuelta al mundo en ochenta días, gracias a la apertura de una nueva línea ferroviaria en la India. La discusión, como la mayoría de las disputas entre ingleses, sean de la gentry o del pueblo llano, acaba con una apuesta: Fogg se juega la mitad de su fortuna a que será capaz de salir de Londres ese mismo día, a las 20.45, y estar de vuelta el sábado, 21 de diciembre, a la misma hora.


Como decíamos, Julio Verne fue un visionario adelantado a su tiempo. Si en otras novelas describió artilugios que ahora existen, como submarinos y naves espaciales, en ésta avanzó un fenómeno que ha marcado nuestra sociedad de forma indeleble en los últimos cincuenta años: la mejora de los medios de transporte, con el consiguiente auge del turismo de masas.


En países como el nuestro, el turismo ha supuesto un verdadero maná. El número de turistas extranjeros ha pasado de 57,4 millones en 2012 a 75,3 millones en 2016, con incrementos anuales que van del 5,1% al récord absoluto del pasado ejercicio, en el que el incremento se situó próximo al doble dígito, con un 9,9%. En el conjunto de las comunidades autónomas de España, la Comunidad Valenciana se situó quinta en el ranking de turistas recibidos, con una cifra de 7,46 millones de visitantes y un incremento interanual del 16,8%.


Los datos referentes a la provincia de Alicante muestran que ésta se situó, el año 2016, en el puesto número ocho por el número de viajeros, con guarismos cercanos a los 3,5 millones, de los cuales más de dos millones eran españoles y casi 1,5 millones extranjeros, en su mayoría británicos. Si tenemos en cuenta que la aportación al PIB provincial del sector servicios supera el 72% del total, es fácil deducir que el turismo aporta un activo sin el que la economía y el empleo caerían de forma indefectible en el colapso total.


Sin embargo, Elche tiene un modelo productivo muy diferente al del resto de la provincia. En un estudio realizado por mi compañero en la Plataforma Elche Piensa, el profesor de la UMH José Navarro Pedreño, se puede constatar que el potencial de Elche radica en las cifras que arroja su sector industrial: el número de ocupaciones en nuestra ciudad en ese sector coincide con la suma de las de Alicante, Elda e Ibi juntas, más de 13.000, de las que casi 10.000 proceden del sector calzado.


En cualquier caso, estos datos, que vienen a confirmar que Elche es la ciudad industrial de referencia en la Comunidad Valenciana, no implican que debamos renunciar a promocionar el resto de sectores. Al contrario, una economía diversificada es la mejor vacuna frente a los vaivenes económicos y el paro, y esa diversificación debe pasar, necesariamente, por el fomento de los servicios, la agricultura y el turismo.


Tomando de nuevo como referencia las excelentes propuestas del profesor Navarro, Elche tiene una oportunidad de convertirse en una ciudad de servicios si mira hacia el sur y el Vinalopó Medio. Esta estrategia precisa varias condiciones: una buena red de comunicaciones, la potenciación de un centro urbano comercial y cultural, y la presencia de marcas que tengan la ciudad como referente.


En cuanto al desarrollo agrario, éste debe contemplarse siempre desde un punto de vista sostenible, fomentando los productos locales y de proximidad, promoviendo la exportación de productos elaborados y la creación de industrias agrarias de transformación, así como empresas biotecnológicas que aporten mayor valor añadido.


Finalmente, el turismo, gran motor económico de la provincia, la región y el país entero, sigue siendo un sector paupérrimo en nuestra ciudad. Que debemos hacer algo por fomentarlo está fuera de toda duda. Que ese fomento se produzca a cualquier precio también.


Elche tiene elementos que pueden ser atractivos para los visitantes pero, desde luego, no son, ni queremos que sean, el sol y la playa. Debemos buscar un turismo desestacionalizado, que se asiente sobre tres pilares fundamentales: la cultura, el medio ambiente y los servicios de calidad.


La cultura, gracias a nuestra red de museos, a los que les faltan tres cosas para ser más atractivos: más investigación, mejor musealización y mayor accesibilidad a todo tipo de personas y grupos. El Museo Paleontólogico (MUPE) podría ser tenido como ejemplo en esos tres apartados; sin olvidar los dos patrimonios de la Unesco en este ámbito: el Misteri y el Museo de Pusol.


El medio ambiente, con el Palmeral como buque insignia, pero sin pasar por alto que en nuestro término municipal existen parajes únicos en nuestra provincia, como El Hondo o el Clot de Galvany; sin olvidar que el litoral ilicitano, a pesar de algunas agresiones pasadas, ha conseguido llegar a nuestros días en un estado de conservación excelente.


Los servicios de calidad, con los restaurantes del campo y del centro de Elche al frente, ofreciendo una buena gastronomía basada en los productos agrícolas autóctonos, todo ello combinado con un centro histórico restaurado, con mayores zonas peatonales y con unos accesos adecuados y sostenibles.

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