28 de julio de 2017
28.07.2017
Tribuna

Toros a la balear

28.07.2017 | 05:07

Ea decisión del Parlamento balear de modificar, por motivos exclusivamente políticos, la normativa sobre las corridas de toros, anticipa el final acelerado de una tradición muy enraizada en la cultura española.

La fiesta española ha ido languideciendo con el paso de los años. Toros, toreros, aficionados? la industria alrededor de este gran negocio, se ha ido desinflando, sin pausa, con algunas excepciones como Pamplona, Sevilla, Madrid, Ronda, las ferias del Norte y de algunas capitales de provincia.

Mientras en el sur de Francia florecen los festejos taurinos, y en América no desfallece la afición, en España los turistas ya no acuden a los cosos como antaño y los tendidos a medio llenar dan una imagen pobre y menguante del que fue un espectáculo luminoso.

Recuerdo los toros de la niñez, en las ferias de San Mateo de Valladolid, cuando mi padre me llevaba a la plaza del Paseo Zorrilla, con carteles de postín, a base de Antonio Ordóñez, Paco Camino, El Viti, Luis Segura?La plaza llena, al sol y a la sombra, y la liturgia taurina y musical al uso. El conjunto componía un atrezzo inolvidable y señas de identidad imperecederas para quienes teníamos ese privilegio.

Con el tiempo, la afición se fue desvaneciendo y dejé de acudir a los toros. Pudo más el tedio de las dos horas largas de lidias desiguales que la curiosidad sociológica de la primera media hora de la corrida, con el desfile de guapos y guapas por las orillas del callejón.

No creo ser el único que haya desertado de la fiesta nacional. El auge del fútbol también habrá tenido que ver en el fugaz declive de los toros. También los activos grupos animalistas han contribuido a sensibilizar a diletantes y aficionados a la fuga, logrando sus propósitos.

Pero la clave no reside ahí. La lenta desaparición de la fiesta de los toros en la España que no acaba de encontrarse, es una treta más del plan que se empeña en ir suprimiendo las señas de identidad del país, hasta hacerlo irreconocible. Entre todos la mataron y ella sola se murió.

La intención es clara. Consiste en ir liquidando elementos culturales que están en el corazón de una forma de sentir, de vivir, de relacionarse, desde hace tanto tiempo. Y este proyecto, ladino, exige que se le pongan líneas rojas.

El inaudito «auto odio español» está consiguiendo unos resultados extraordinarios, aunque en algunos casos (como las procesiones de Semana Santa) se les resista. Pero que no se confíe nadie porque hay fuerzas políticas decididas a tirar la puerta y acabar con las resistencias.

En el caso de Baleares, la confluencia ocasional de socialistas, nacionalistas y populistas en el gobierno autonómico, ha parido un ratón, con una regulación que ha llevado a una fundación taurina a decir que «es como jugar al fútbol sin balón».

Siempre nos quedará la reversión de las mayorías políticas y los cuadros de Miquel Barceló, inspirados en la plaza de toros que descubrió de niño en su pueblo natal, Felanitx, uno de los municipios con más tradición taurina de Mallorca, cuando La Macarena celebraba cuarenta funciones por temporada.

La afición a los toros no se entiende dentro de lo políticamente correcto. Y quienes la persiguen lo han conseguido en el primer destino turístico español. Pero no debe quedar duda de las intenciones: ir liquidando elementos culturales de una historia compartida.

No volveré a los toros, pero esta nueva coacción a la libertad me parece asombrosa y lamentable. Detestan la libertad y se equivocan. El declive parsimonioso de la fiesta tiene sus tiempos sin que sea preciso que una astuta ideología tenga que precipitar el desenlace.

La fiesta se muere sola. La matan los que viven de ella, en un intento de acumular rendimientos a corto plazo a costa de mixtificarla, de eliminar o reducir algunos de sus riesgos, de hacer de ella algo no auténtico.

Y se muere por pérdida de autenticidad, están consiguiendo que la gente no vaya a los toros. De hecho, hoy a los toros «sólo» se va porque son las fiestas de la localidad o porque José Tomás desciende del Olimpo dispuesto a regalar al pobre mortal la autenticidad perdida.

Por eso llama la atención el empeño de quienes lo que quieren, con sus torpes ataques, es liquidar una seña de identidad de la España que fue.

Lorca, Alberti, Goya, Ortega o Picasso, ¿eran fachas? Para los animalistas, sin fiesta el toro bravo sería especie en extinción. ¿Eso quieren? Para los que atacan la muerte del toro, es menos ignominioso liquidarlo en un corral de la plaza, ¿o en un oscuro matadero?

En nombre de la libertad, lo mejor que se puede hacer con la fiesta es dejarla que se muera sola. Y si no se muere, es porque los ritos sagrados son inmortales.

La fiesta, atacada y prohibida, siempre sobrevivió de la mano de genios que siguen apareciendo y le incorporan la dignidad y la magia que tuvo en origen.

Pero la libertad no es negociable y está por encima de ocurrencias, momentáneas y oportunistas, porque no entiende de modas.

Cuando en nuestro país se recupere el pulso perdido y se haga un balance de daños, se apreciará mejor todo lo que se ha llevado por delante la ausencia prolongada de una defensa de valores y principios. Aunque haya que revisar unas cuantas cosas, también las corridas de toros. Pero así, no.

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