25 de julio de 2017
25.07.2017

El lujo de nuestros días

25.07.2017 | 04:49

Este periódico publicó hace un año el titular España marca en julio otro récord de turistas extranjeros. Tal como apuntan los pronósticos, este mes de julio romperemos la plusmarca del ejercicio anterior y en diciembre el balance arrojará unos pocos millones de visitantes más con respecto a 2016. Un buen momento este para ponernos medallas y untarnos crema por el lomo si no estuvieran en nuestra misma situación los demás países que ocupan el podio entre los más competitivos como destino turístico según el Informe de 2017 del Foro Económico Mundial. Fuera de nuestras fronteras también levantan sus copas, ya sean de champagne, de Guinness o de Lambrusco, y sus brindis resuenan en la prensa francesa, británica e italiana: «Vers une affluence record des visiteurs étrangers» ( L'Opinion), «UK sees record-breaking increase in visitors» (The Guardian), «L'anno record del turismo italiano» ( La Stampa). Record se escribe igual en todos los idiomas, pero sólo en España lo acentuamos.

Se trata de un fenómeno global: todo el mundo, literalmente, parece estar haciendo turismo. Aunque no siempre fue así. Desde que el primer simio se irguió del suelo, la humanidad ha utilizado sus recursos para colonizar el territorio, irrigar sus desiertos, domar sus selvas, rotular sus fronteras, desvelar sus confines y cartografiar sus profundidades, pero siempre bajo la amenaza de la muerte. El ser humano se hizo sedentario cuando comprendió que dejar un bonito cadáver no era el único argumento de la obra. Hasta el siglo pasado, viajar por placer era un lujo, pues requería de toda una cohorte de sirvientes en una época, todavía peligrosa, en que no existían infraestructuras ni comodidades. Con la llegada de Internet han surgido las aerolíneas low cost, las plataformas de alquiler de apartamentos vacacionales y los selfies. Puede uno trasladarse a las antípodas y vivir allí durante un mes, que la suma del transporte y la estancia apenas superarán el precio de una mensualidad del alquiler en su ciudad de origen. Viajar está hoy al alcance de cualquiera y, por simpatía social, parece imperativo hacerlo. Ya no sólo hay que competir con el vecino por tener una casa más cara, un coche más rápido, un niño más guapo y un perro más grande, sino que también es necesario irse de vacaciones más lejos. Y compartirlo en Facebook.

No sólo parece estar todo el mundo moviéndose de un lado para otro, sino que lo hacemos todos al mismo tiempo. Quien todavía conserva un trabajo con nómina se ve obligado a viajar en julio o en agosto, al igual que el resto del hemisferio norte. La tierra es inmensa y nuestro dios la libertad, pero TripAdvisor rotura los mapas a su capricho y así acabamos todos hacinados en los mismos lugares. A estas alturas, hasta la literatura de viajes ha perdido su sentido, sustituida por las imágenes por satélite de Google Earth y las guías de Lonely Planet, que han profanado los rincones secretos más remotos del orbe. Propio de siglos más lentos, más opacos, más narrativos, el exotismo es ya un concepto arcaico. La última gran narración de viajes la pronunció Neil Armstrong sobre la superficie lunar, con un pie en el estribo y el otro en el corazón de las tinieblas. No fue tal, sin embargo, el gran salto para la humanidad que anunciaba: se quedó en un pequeño paseo del hombre por su Finisterre para no volver a cruzarlo jamás.

A falta de una odisea espacial que nunca llegaremos a ver, aquí abajo el planeta es finito. Hemos invadido hasta el último punto de las tres coordenadas del espacio a nuestra disposición, y quizás el lujo de nuestros días esté en la conquista de la cuarta dimensión física: el tiempo. Viajar cuando pocos lo hacen, o más bien cuando pocos pueden hacerlo: de lunes a jueves, en otoño, en invierno o a principios de primavera. Y si la vida exige hacerlo en verano: jugar con el sol a nuestro favor para visitar a solas el monumento más importante cuando el resto de la ciudad contempla arrobada el atardecer desde el mirador, como un rebaño sobre una peña. Sólo es cuestión de tiempo.

Es el tiempo, y no el espacio, lo que hoy diferencia al turista del viajero.

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