18 de julio de 2017
18.07.2017
El cristal con que se mira

¡Zas! un derechazo

18.07.2017 | 03:07

La visión elitista de los derechos se ha cambiado por un enfoque populista, con el que no estaría disconforme, si no fuera porque se llega a la trivialización.

Cuando un cliente viene a mi despacho a plantearme una cuestión, generalmente lo hace después de haberlo comentado con el vecino del quinto, al que le ha pasado lo mismo, un amigo que también conoce de estas cosas y ya no digamos cuando lo ha consultado en internet y te llegan con capturas de pantalla de noticias de prensa al respecto de su problema. Ya viene con la sentencia y con lo que hay que hacer, por lo que para mí sería muy cómodo por lo de la faena hecha, si no fuera porque con frecuencia no comparto la opinión de los anteriores «asesores» y me es difícil llevar al convencimiento del cliente lo equívoco de su planteamiento, sobre todo si el tema no lo veo tan «a su favor».

La pasión jurídica se ha desatado, hay muchos imitadores y exceso de información, porque, por muy bienintencionada que sea, suele ser parcial y tiende realzar lo que es noticia, no lo que es jurídico.

Además, el mundo ha evolucionado hacia un garantismo extremo, por lo que se tiende a regular y legislar hasta en lo más mínimo, lo que da lugar a una masificación de los derechos, a lo que se suman una serie de «nuevos derechos», aderezado con cierta superficialidad y confusión en los planteamientos. Da la impresión de que se legisla para el momento, no para el futuro.

Con todo este batiburrillo, pocos se resisten a echar un pulso jurídico, sin tener en cuenta a veces que, a la par de cada derecho, existe la obligación correspondiente que debemos asumir.

Desde todos los sectores se nos anima a exigir nuestros derechos y hacerlos respetar, pero no existe el mismo empeño en difundir la necesidad de cumplir con los deberes que en contraprestación también tenemos.

Leo unas reflexiones que resumo en forma de invocaciones breves a modo de letanía, esta vez no dirigidas a Dios, sino a una misma y que serían del siguiente tenor:

-Porque poseemos el derecho a tener y expresar sentimientos y opiniones propios, y la obligación de valorar los ajenos.

-Porque gozamos del derecho a ser escuchados y tomados en serio, pero con la obligación de escuchar y tomar en serio a los demás.

-Por el derecho a decir «no» sin sentir culpa, pero con la obligación de asumir el compromiso cuando se dice «sí».

-Porque tenemos el derecho a obtener aquello por lo que pagamos y la obligación de pagar lo justo por los bienes y los servicios que adquirimos.

-Porque los de mayor edad deben cuidar los derechos de jóvenes y niños, pero también estos deben aprender a asumir sus obligaciones respectivas.

-Porque tenemos el derecho de cometer errores, pero la obligación de intentar hacer las cosas bien.

-Por el derecho a pedir lo necesario para logra el bienestar propio, junto con la obligación de dar lo que se puede y merecen los demás.

-Por el derecho a decidir cambiar de opinión, pero también la obligación de pensar y estar bien enterados.

-Por el derecho a la libertad, pero con el límite de una conducta ética y responsable.

-Por el derecho al uso de la libertad de expresión o de opinión, que no equivale a verdad absoluta ni impuesta a golpe de gritos.

Ya sé que las letanías son aburridas y desde ya les excuso si solo se han quedado con las primeras partes, pues la naturaleza humana tiende al «mi, me, conmigo», pero convergerán en que sería bonito lograr el equilibrio entre la exigencia de los derechos y el cumplimiento de los deberes.

A la defensa de los derechos individuales que procuran satisfacer necesidades individuales, se le une la del derecho denominados transindividuales, las acciones de grupo que personifican un interés susceptible de provocar reflejos a todos lo que se encuentran en un sector.

Con ese afán de pormenorizar, se distinguen los llamados derechos colectivos, de los que son titulares un grupo de personas determinadas y ligadas por un vinculo jurídico previo que mantienen entre sí, o con relación a la contra parte, por ejemplo, afectados de una entidad bancaria, y los llamados derecho difusos, de los que son titulares personas indeterminadas, sin vínculo jurídico alguno, pero ligados por circunstancias de hecho contingentes como ser posibles consumidores de un producto, o acto, por ejemplo, un problema medioambiental.

«La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo», decía Platón y, en el nombre de estos derechos, a veces se cometen desmanes, en forma de huelgas, manifestaciones, «pulsos» políticos o institucionales, llevados hasta extremos que pueden suponer un quebranto económico o social a un país, sin tener en cuenta que como derecho no deja de tener su reverso de deber.

Gráficamente lo precisa el médico y poeta estadounidense Oliver Wendell Holmes cuando dice «el derecho a la oscilación de mi puño termina donde comienza la nariz del otro».

Una última plegaria:

-Por el derecho a ser participativo y tener conciencia crítica frente al acontecimiento público, pero con el compromiso de velar por el bien común, y el ejercicio responsable.

Al fin y al cabo, supongo que así es la vida

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