18 de julio de 2017
18.07.2017
Tribuna

La disuasión del dinero

18.07.2017 | 03:07

En las filas convergentes (la antigua minoría catalana) ¿asoman tímidos resquicios de disidencia con la estrategia seguida o quizás se trate simplemente del temor a las expiaciones (multas por desobediencia y malversación) que pueda acarrear el no descartable descarrilamiento del proceso?

Llevan acumuladas ocho bajas, todas del mismo color, en unos casos por inhabilitación, en otros por defección de un gobierno que tendrá difícil zafarse de las secuelas del conflicto.

Y esto ocurre cuando aflora el horror al acecho extractivo, merced a la acción gubernativa que empieza embargando la cuenta corriente y termina arrumbando el patrimonio. Y es que la sanción económica, que resulta menos indolora para el bolsillo del ciudadano, se acaba imponiendo a otros recursos coercitivos del Estado, más parsimoniosos y con menos vigor ejecutivo. 

No le faltaba razón a Torrente Ballester: «Cuando hay dinero de por medio, es muy difícil la libertad?».

Abrió Baiget el desfile: «Podría aguantar tener que ir a prisión, pero no soportaría si van contra el patrimonio familiar»; al desgranar públicamente sus dudas sobre el desenlace del proceso, en virtud de la magnitud de la potencia de tiro del Estado, al tiempo que no ocultaba su desazón por los resultados pecuniarios. Era ante todo la invocación, con cierto disimulo, a la falta de fe en las tácticas de los maquinistas de la independencia, agravada por los daños económicos, para él y su familia. 

A nadie debería extrañar que la debilidad de las conciencias se apague al llegar al peculio, seguramente construido en años de trabajo apurado. Ahora sale a la luz lo peor de las dos partes; de un lado el gesto autoritario que nace de la necesidad de seguir fantaseando con promesas de triunfo (incluida la permanencia en la UE) y, por otro, el victimismo espantadizo ante lo inevitable.

Siempre se había pensado que la eficacia de las sanciones económicas era incomparable con la de esos procesos judiciales, salpicados de apelaciones y recursos que dilatan los procedimientos y debilitan la moral y la salud de los protagonistas. Así es como el dinero, que ha sido y es el principal problema de nuestra existencia, siempre en el origen de guerras, conflictos, enemistades? ha irrumpido en el proceso soberanista. 

En el plano humano, que siempre termina trascendiendo al político, es comprensible la retirada de consellers y conselleras a reductos primarios y el recelo de quienes no quieren pagar las consecuencias de la proclamación de la república catalana, con un voto más de los que obtenga la posición contraria.

La vigilia de los maquinistas, Puigdemont-Junqueras, eliminando resistencias y desactivando palancas que bloqueaban decisiones, ha marcado un camino sin retorno. Y ese viaje va en dirección contraria a los anhelos de convergentes que apostaban por una presión extrema, pero descartando la unilateralidad. Algo así como el misterio Vilá.

Las dimisiones, otros prefieren hablar –sin ambages– de depuraciones, inician el principio de una crisis larga, en el cruce de trenes de una sociedad, la catalana, desconcertada.

Con un presidente, cabeza del Estado en el territorio, que no ha ganado las elecciones y que ya anuncia su dimisión, una vez convocado el referéndum; una consulta sin censo, sin urnas, ni umbral de participación, es decir, sin garantías; una Cup a por todas («damos miedo y más miedo que daremos», lo podrían haber dicho ellos) y el que parece más avispado de todos, dispuesto a jugar sus cartas con mayor destreza que sus socios. 

La conciencia de los salientes tiene su lógica y merece un silencioso respeto, pues desde la perspectiva del comportamiento individual, la situación creada recuerda la frase de Gilles Deleuze: «Si vous êtes pris dans le rêve de l'autre, vous êtez foutus» («si estás atrapado en el sueño del otro, estás jodido») lo que lleva a pensar que, en el momento final, los que ya ocupan el arcén se han encontrado ante el conflicto del sueño colectivo con coste personal y se han apeado del primero. Cuando se trataba de la vida personal, han debido pensar que la locura era del otro.

Como se desprende de la tolvanera que ha levantado la última remodelación, la estrategia del Gobierno para hacer frente a la desobediencia y a la malversación, produce turbulencias. Queda la duda de si han sido ellos los que «han decidido dar un paso al lado» y bajarse del tren o les han apeado en el anden. 

Ante el anuncio del referéndum, uno de los colectivos más sensibles es el de los empleados públicos. El Gobierno ha avisado que, en caso de incumplir la ley, colaborando en la consulta, serán responsables y tendrán que responder con su patrimonio personal. La Ley del Referéndum, anunciada por el presidente de la Generalitat, prevé la creación de un espacio jurídico «supremo», por encima de la legalidad española que, sitúa a los funcionarios en un «limbo» de difícil encaje, ya que el Gobierno asegura que están protegidos frente a cualquier directriz ilegal que emane del Palau de Sant Jaume.

Otro tanto ocurre con los ayuntamientos que llegaran a colaborar con el referéndum ya que, si ceden los datos del padrón para la elaboración del censo electoral, algo que incumple la Ley de Protección de Datos y de Régimen Local, podrían incurrir en multas de hasta 600.000 euros.

No parecen haber encontrado método más eficaz para garantizar el respeto a la ley que emplear la fuerza disuasoria del dinero. Pero no cabe desdeñar la tentación de trasladar la responsabilidad a la movilización de las masas, pues los sentimientos nacionales pueden relajarse pero no desaparecen y, llevados al extremo, se acrecientan. Y eso es harina de otro costal.

Quienes conducen la locomotora de la secesión conocen las consecuencias del proceso. Saben que, ocurra lo que ocurra, su patrimonio, como sujetos activos de la sedición, y el de los catalanes (y resto de españoles a través del FLA), como sujetos pasivos, se verá afectado. 

El de los primeros, por la responsabilidad derivada del delito; el de los segundos, por la irresponsabilidad de quienes han emprendido una huida hacia adelante y comprometen sus impuestos, sus salarios, sus pensiones, sus ahorros. 

Como decía San Buenaventura de Fidanza, en paráfrasis, quien, arbitrariamente, priva a alguien de su dinero, le está robando tiempo; pues tiempo invirtió en reunirlo, sin más propósito que conquistar el pan que le alimenta. ¿No es espantoso robar tiempo?

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