16 de julio de 2017
16.07.2017

La mala ciencia

En ocasiones, el error nace de un diseño inadecuado del estudio o de una interpretación de los resultados poco ajustada a la realidad

17.07.2017 | 04:58
La mala ciencia

La credibilidad del colectivo científico –en especial, el biomédico- lleva tiempo en entredicho. Es la opinión de quienes, basándose en ciertas evidencias, advierten sobre la dudosa fiabilidad de muchas investigaciones publicadas en revistas especializadas de mayor o menor prestigio. En ocasiones, el error nace de un diseño inadecuado del estudio o de una interpretación de los resultados poco ajustada a la realidad. En otras, sin embargo, radica en el engaño. Lo lamentable es que se trata de una práctica relativamente habitual en los últimos años. En fin, que no es oro todo lo que reluce.

Las alarmas se dispararon en el año 2005, cuando la revista PLoS Medicine publicó un artículo de John Ioannidis cuyo título difícilmente podría pasar desapercibido: «Why most published research findings are false?» («¿Por qué la mayoría de los resultados de investigación publicados son erróneos?»). Puesto que el autor es una figura internacional en el análisis de la producción científica, la cuestión planteada tuvo especial repercusión. Ioannidis es uno de los directores del Meta-Research Innovation Center de la Universidad de Standford cuya función está dirigida, precisamente, a mejorar la calidad de los estudios biomédicos. Según sus estimaciones, hasta un 85% del gasto en investigación acaba siendo desperdiciado por un mal diseño metodológico o porque se aportan resultados sin interés relevante, o que apenas vienen a refrendar lo que ya se conocía previamente. Cuestión de ir con cuidado a la hora de interpretar lo que se lee.

Dinero y esfuerzos perdidos por distintos motivos. Los conflictos de intereses o la presión por publicar para subir en el escalafón académico e investigador, están convirtiendo a las revistas científicas en un tótum revolútum en el que todo vale, independientemente de su calidad. Ya no es tan complicado publicar en una revista de difusión internacional, si se está dispuesto a pagar por ello y el tema dispone de cierto impacto mediático. Porque, con excesiva frecuencia, una investigación tendrá más éxito por su trascendencia en los medios de comunicación social, que por su rigor metodológico y posterior aplicabilidad. Luego llegan las dudas respecto a la fiabilidad de los estudios, como las dificultades para ser reproducidos por otros investigadores –solo es posible en menos del 25% de los casos, según Ioannidis- o la tendencia a no comunicar los resultados cuando éstos son negativos. Algunos fraudes han sido especialmente relevantes, como el protagonizado por el coreano Hwang Woo-suk, reconocido experto mundial en la clonación humana, que publicó resultados falsos en una revista de tanto prestigio internacional como Science. Otros, la mayoría, consiguen pasar inadvertidos.

Dudo que la ausencia de rigor metodológico sea una característica habitual de los profesionales de la investigación, pero sí de quienes recurren a ella como medio de medrar socialmente o hipertrofiar su ego. Como ocurre en otros tantos campos de la actividad humana, la ciencia puede acabar convirtiéndose en el Cambalache que describía Discépolo: «cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón». El problema es que los pseudocientíficos advenedizos son legión, y siguen apareciendo como setas. Ahora bien, no lo hacen por generación espontánea sino como resultado final de las malas prácticas que se han permitido –y favorecido- en sus años de formación, incluso en las etapas más tempranas.

Los antecedentes más próximos del fraude científico se encuentran en tesis doctorales, trabajos de fin de grado y de máster. Son las primeras experiencias de cierta relevancia para el futuro investigador y, en no pocas ocasiones, también constituyen su primer engaño que, generalmente, requerirá de colaboradores necesarios. Los plagios de tesis alcanzan cierta trascendencia social solo cuando afectan a personajes públicos como algunos políticos, aunque la práctica también ha estado presente entre los académicos, incluyendo a algún que otro rector universitario. Supongo –y espero- que esta práctica debe estar en franca decadencia. Ahora bien, dudo que sea resultado de una mayor honorabilidad sino por la coexistencia de opciones más seguras como encargar la tesis a una empresa, o que te la entregue «empaquetada» cualquier colega, procedente de los resultados inservibles que tenía guardados en algún disco duro. Todo vale para alcanzar un grado que, más allá de suponer un mérito profesional, siempre se caracterizó por el reto personal que representaba. Tanto se ha desvirtuado, que recobrar su reconocimiento se ha convertido en el objetivo principal de la Real Academia de Doctores de España (RADE).

En esto de ser doctor, la inmoralidad se dispara. Lo de las empresas redactoras de tesis no es un invento, por increíble que parezca. Basta con ver en internet una publicidad tan explícita como «escribimos tu tesis», conscientes de que el fraude lo cometerá el doctorando al presentar un documento que no es original. Y los regalos de tesis «empaquetadas», se hacen evidentes cuando un doctorando es capaz de compaginar su actividad laboral con la investigadora y, en apenas unos meses, producir una tesis de cierta envergadura. Práctica casi tan antigua como el grado mismo de doctor, que más de un ex becario puede dar fe de ello. Si criticaron a Francisco Camps o a Pedro Sánchez por este motivo, echen un vistazo a algunas de las «tesis exprés» de las decenas de miles que se están presentando en los últimos meses en este país. De todo hay, que he asistido a tribunales de tesis excepcionales, congruentes en tiempo y contenido; otras, vista su celeridad en elaborarlas, deben ser más propias de genios que de humildes doctorandos.

Las raíces de tanto dislate son aún más profundas. Y es que, desde tiempo del Lazarillo, en el arte de escurrir el bulto nos formamos desde bien chiquitos. ¿Saben cuántos estudiantes de ESO y Bachillerato reconocen ser adictos al «corta y pega» en sus trabajos? Pues un nada despreciable 80% que, sin embargo, no parece escandalizarnos. Recientemente leía cómo una profesora universitaria explicaba, muy acertadamente, las razones de tanto plagio: es una generación que ni lee ni escribe correctamente y, en compensación de estas deficiencias, recurre a la copia. Tanto se ha banalizado esta práctica que, en la universidad, la tendencia sigue siendo la misma. De poco sirve que la RADE solicite mayor atención a estas cuestiones éticas y que se prevenga el fraude, el plagio y demás manipulaciones y conductas reprobables. Cierto es que se ha facilitado la implantación de sistemas de comprobación de plagio; cosa bien distinta es si realmente se utilizan. Aunque no se trate de detectar a los tramposos, sí debemos educar en principios éticos que, como la honestidad, empiezan a ser poco prevalentes en la sociedad actual. Es una labor pedagógica que estamos obligados a desarrollar, dirigida a evitar esa mala praxis que luego repudiaremos.

Seguro que llegarán tiempos mejores y la ciencia recobrará una credibilidad que nunca debió perder. Pero, mientras tanto, y volviendo con Discépolo, aún sigue siendo lo mismo «ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador». Todos tenemos alguna responsabilidad en tanta complacencia. Cuestión de redimirse.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine