13 de julio de 2017
13.07.2017
Tribuna

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13.07.2017 | 03:31

Festival. Atreverse a organizar una muestra de cine, de una más que aceptable magnitud, que permitiera el concurso de películas, hablaba por sí solo de la notable labor del Cineclub Luis Buñuel, «uno de los que llevan una mayor regularidad en sus actividades» en todo el País Valencià. Era la primera edición, y quien así se expresaba entonces era el director de la Federación de Cineclubs, José Luis Hernández Marcos, invitado a participar en el jurado por una asociación que apenas tenía 5 años cuando decidió embarcarse en esta aventura tras la integración del cineclub recién creado en la ciudad, el Septim-Art. El presidente de éste, Adolfo Martínez, tenía entre sus proyectos una sección de cine amateur realizado en el seno del club, que podría derivar en un certamen local, primero, y más tarde, nacional e internacional. No fue difícil convencer a Jaime Brotons, tesorero del cineclub más veterano y responsable de la Obra Social de la CAAM en Elche, para prolongar el éxito del verano de 1977 en que programó un ciclo de cine de humor en el Hort de Xocolater, tras otras actividades parecidas años antes, una vez desaparecieron los Festivales de España. Con Fernández Parreño (filmador pionero en Elche) al frente, el Cineclub ofreció nuevos atractivos al espectador y en febrero de 1978 (un año crucial para la supervivencia de muchos cineclubs del país) comenzó a tomar forma lo que comenzó a conocerse como festival de cine independiente, una semana internacional de cine, desmarcada de anteriores certámenes de cine amateur y premios turísticos para aficionados que realizaban películas de promoción de la ciudad.

Internacional. Tras haberse presentado en las primeras 4 ediciones una veintena de films de Elche, que tuvieron su mayor recompensa el segundo año, en el que los premios provinciales fueron copados por ilicitanos ( Rafael Pomares, Gaspar Quiles, Antonio Miravete), el festival se alejó pronto de las pretensiones de los aficionados que rodaban en la ciudad con la consideración de que la pantalla del Xocolater fuera una plataforma para dar a conocer sus trabajos. El «hort» fue tomado por los cineastas amateurs catalanes, entre los que reinaba el tándem Jan Baca y Toni Garriga, con el beneplácito de los integrantes del órgano rector, en su mayoría miembros de la directiva del Cineclub, como Vicente Pérez Sansano, Jaime Gómez Orts, Francisco Rico Canals o Francisco García del Río, entre otros a los que es injusto no recordar. A ellos convenció en 1985 Carlos Picazo para llevar a cabo uno de los objetivos que persiguió cuando accedió a la dirección del Festival, exhibir cortometrajes extranjeros, a partir de la relación con otros festivales como el Certamen Internacional de Cine Cortometraje de Murcia (hoy desaparecido). Sin embargo, hacía imposible mirar hacia el exterior el interés por la producción autóctona, a la que se dedicó una muestra retrospectiva en 1987, anunciando de alguna manera el vuelco en la producción de cortometrajes en la siguiente década, gracias al apoyo de las televisiones y la aparición de las escuelas de cine. Precisamente sería en ese momento cuando llegó plenamente la apertura internacional, cuando tomó la riendas del Festival José Jurado, dándole la forma definitiva con la que muchos lo conocimos a mediados de los 90, estela que siguió su sustituta, María Dolores Piñero.

Cine. Con tal de salvar el «escalón cultural» que nos separó de Europa durante décadas, con una pantalla y un proyector las cajas de ahorro consiguieron colocar las bases de una cultura participativa de la sociedad, cuando el cine era un hábito eucarístico, arraigo que florece en Elche durante los 7 días de Festival. Debido a esta consagración se debe entender la aparición y proliferación de cineclubs en la ciudad desde 1956, la celebración de muestras amateurs como el I Certamen Cinematográfico Internacional Ciudad de Elche, convocado por el Centro de Iniciativas Turísticas para julio de 1976 y dirigido a autores nacionales y extranjeros que podían realizar películas en super-8 y 16 mm bajo una duplicidad temática (una obligada, Elche turístico, y otra, libre) o profesionales como el Festival de Cine Publicitario organizado en 1961 por Movierecord SA con la colaboración de PubliAntón, y la reiterada convocatoria de los cursos de orientación cinematográfica a principio de la década de los 70. A propósito de la presentación de uno de ellos, Carlos Mateo y Roberto Ferrer explicaron que sus pretensiones culturales estaban lejos de organizar actividades que pudieran parecer dirigidas a un público minoritario y culto, ellos intentaban sobre todo crear una conciencia colectiva basada en la comunicación y participación. Y dados los resultados que aún disfrutamos, bien que lo consiguieron, a pesar de todas las trabas que ha ido encontrando, la última y más preocupante cuando en 2011 desapareció la CAM y lo dejó con una delicada salud que ha sabido mantener la Fundación que heredó la Obra Social.

Independiente. La apuesta por la proyección de un cine en los márgenes de la industria, un cine formalmente libre, ha sido siempre decidida por el Cineclub Luis Buñuel por lo que no ha de extrañar que, incluso, dedicara sesiones exclusivas, como la de enero de 1982 en el cine Alcázar, a la difusión no comercial de cortometrajes en un momento en que la ley acabaría por desprotegerlos. Por ello, como quiera que algunos cineastas ilicitanos habían transmitido aquella falta de estímulo del Festival de Cine a algunos directivos del Cineclub tras la edición de 1981, se apoyó anímicamente la iniciativa que, bajo el nombre de I Mostra del Cine Super-8 de Elche, se celebró a finales de noviembre de 1981 bajo el amparo de la Universidad Popular. La profesionalización no tardaría en llegar al cortometraje, lo que supeditó este medio de expresión exclusivamente a los reclamos del largometraje, con la supremacía del soporte en 35 mm. La aparición de una nueva tecnología accesible ha permitido que el cortometraje vuelva a estar dotado de un lenguaje propio. Cualquiera hoy en día puede ser director de cine, otra cosa es que se dé la voluntad de ser autor tal como poseían los realizadores españoles de cortos en los años 70. Hacerlo visible en una pantalla popular es la compleja tarea de los distintos jurados que con voluntad y pasión han seleccionado los miles de cortos que han servido para tomar el pulso durante 40 años al cortometraje como refleja el palmarés ganador de cada edición.

Elche. La cita cultural más importante de julio en la ciudad, pionera en toda la Comunidad, debe ser algo más que la reafirmación de nuestra condición menoscabada de espectadores, debe ser la prioridad de nuestros gestores culturales que deben cuidarla y protegerla para asegurar su longevidad, reafirmando un compromiso con el apoyo del Institut Valencià de Cultura y la Diputación que no debe excluir el patrocinio privado que logre su financiación. Pero, además, es una cita turística de primer orden, no sólo por la colocación de una pantalla en los Arenales del Sol sino por la atracción dentro de la propia ciudad que debe contar con los desvelos de quienes tratan de dinamizar el sector. De la misma manera no puede vivir ajena a él la Universidad que cuenta con estudios que permitirán el desarrollo de profesionales vinculados directamente con el sector audiovisual para los que el Festival Internacional de Cine Independiente de Elche, a pesar de los nuevos y estimulantes retos que le esperan, debe seguir siendo un referente infatigable.

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