12 de julio de 2017
12.07.2017
Tribuna

Aquellas horas

12.07.2017 | 04:14

Aquello era algo diferente, algo a lo que nunca nos habíamos enfrentado... la ansiedad que produce la agonía programada

Aquella tarde del 10 de julio había estado en la playa con amigos, no tenía móvil, no había Facebook, Twitter ni cualquiera de las herramientas que hoy forman parte de nuestro día a día y que nos hacen estar súper informados. Al volver casa, sobre las ocho y media de la tarde, mi madre me dijo: « Agus, ETA ha secuestrado a un chaval joven, es de Nuevas, concejal del Partido Popular en un pueblecito vasco, Ermua».

Hacía unos días habíamos vivido, con alegría y sobrecogidos por las imágenes, la liberación por parte de la Guardia Civil de Ortega Lara tras 532 días de cautiverio. Esta noticia era otro mazazo.

Benidorm ha sido tradicionalmente el lugar escogido por muchísimos ciudadanos vascos no sólo para pasar sus vacaciones, sino para vivir. Son muchos a los que la presión etarra y la de su entorno obligó a abandonar su tierra natal, y decidieron empezar de nuevo en nuestra costa alicantina. A los de Benidorm siempre nos ha unido un vinculo especial con los vascos, por ser el destinos vacacional favorito para muchos y por ese simbolismo... por ser un lugar amable, de acogida para muchos de ellos.

El día 11, por la mañana ya todo el mundo conocía la noticia del secuestro y el ultimátum de ETA. Desde Nuevas Generaciones había partido la iniciativa de concentrarse en las sedes de toda España. Mi madre, entonces concejal en Benidorm, al regresar ese día del Ayuntamiento me dijo: «los de Nuevas van a concentrarse en la sede, ¿quieres ir?». No lo dudé ni un segundo. «Por supuesto que voy».

De alguna forma, todos sentíamos la necesidad de hacer algo para intentar salvar la vida del secuestrado. Allí ya estaban otros compañeros, y muchos más se fueron incorporando a lo largo de la tarde. Teníamos una sensación extraña, como de impotencia y esperanza al tiempo. Aquello era algo diferente, algo a lo que nunca nos habíamos enfrentado... la ansiedad que produce la agonía programada.

Los compañeros de NNGG de Miguel Ángel, ante él ultimátum etarra, habíamos decidido concentrarnos en las sedes y pasar la noche en ellas, como un gesto de repulsa, de apoyo a nuestro compañero, pero también con la esperanza de que esa concentración, a modo de protesta, sirviera para cambiar el destino de algo que prácticamente todos sabíamos que tristemente ocurriría: un asesinato a cámara lenta. Esos mal nacidos nunca han tenido corazón y lo de Ortega Lara les había hecho mucho daño.

Recuerdo que esa noche, de manera espontánea, bajamos a la Plaza Mayor e hicimos una sentada, encendimos velas. Marimar había pedido que a medianoche se encendieran velas por su hermano para «dar luz a la oscuridad».

Se nos fueron uniendo cientos de personas, que se sentaban en el suelo con nosotros. Vecinos y muchos turistas. Era fin de semana, julio, y en Benidorm había muchísima gente. Se vivía un silencio sobrecogedor, que se rompía de vez en cuando para gritar «Libertad», «Miguel Angel somos todos», «Vascos sí, ETA no», o para cantar la letra de «Libertad sin ira» de Jarcha. Y volvíamos al silencio. La banda terrorista había puesto hora al final de la vida de nuestro compañero. Fueron horas angustiosas en las que defendíamos su derecho a vivir.

Esa noche recibimos en la sede la visita de muchísimas personas anónimas y también de dirigentes políticos de otros partidos. En esto estábamos todos juntos, unidos frente al terror y la sinrazón, porque era la única forma de vencerlo.

Recuerdo que nos trajeron pizzas, también unos pollos asados, alguien trajo horchata y limón granizado. Hacía calor. Creo recordar que en la sede no teníamos aire acondicionado, y pasamos la noche en aquel local que tenía el Partido Popular de Benidorm en la segunda planta del edificio Coblanca XII de nuestra céntrica Plaza Mayor. Algunos dieron alguna cabezada como pudieron, en el suelo o juntando unas sillas, otros jugaban a las cartas, otros hablábamos de lo que estaba pasando... y al final la pregunta que nos hacíamos todos era la misma: ¿por qué?

El sábado 12 de julio de 1997 amaneció soleado en Benidorm, aunque en la calle se intuía que aquel podía ser un día gris, se percibía tristeza y preocupación. A las cuatro de la tarde vencía el plazo dado por la banda terrorista. Nadie quería que pasara el tiempo... no queríamos que llegara esa hora. Seguíamos concentrados allí, nos habíamos ido marchando a casa por tandas para darnos una ducha y cambiarnos de ropa para volver de nuevo a la sede. A las 12 se había convocado una gran manifestación en Bilbao. La seguimos por televisión. Era impresionante.

Esa mañana la tele estuvo encendida todo el tiempo, y también teníamos encendida la radio. Prácticamente toda la programación en cualquier canal o emisora hablaba de lo mismo, y os puedo asegurar que todos los que allí estábamos siempre tuvimos la esperanza de que dieran alguna buena noticia. Comimos allí, vimos el telediario y a las 16 horas de aquel sábado España entera, y nosotros desde Benidorm, contuvimos la respiración. Las televisiones se fundieron al negro, solo aparecía aquel simbólico lazo azul, las radios se quedaron mudas y ya solo cabía esperar... esperar alguna noticia.

Una hora después ya conocen lo que pasó. Nos derrumbamos, toda España sintió el tremendo impacto de aquellas dos balas en la nuca.

Me he decidido a escribir este relato de lo que viví durante aquellas horas y compartirlo porque creo que es importante, capital, recordarlo siempre. Hace ya 20 años, 20 años, desde que todos sentimos como propio el dolor de una familia. Todos juntos salimos a la calle, en las que jóvenes, mayores, trabajadores, estudiantes, amas de casa o jubilados, alzamos nuestras manos desnudas y pintadas de blanco pidiendo libertad.

Aquellas horas que conmocionaron a toda España, en las que nos quitaron a un compañero, joven, que defendía el principal derecho que tiene cualquier persona: la libertad y a su tierra, a Ermua, al País Vasco y a España.

Escribo también para que muchos jóvenes, que hoy tienen 19 años como yo tenía entonces, para que las nuevas generaciones de hoy, que desconocen lo que pasó en aquellos dos días que cambiaron la historia para siempre, tomen conciencia de lo que esas interminables 48 horas supusieron, de todo lo conseguido y avanzado desde entonces, pese al miserable intento de algunos de blanquear la historia, de todo el sufrimiento, por todas y cada una de las víctimas y cómo el Estado de Derecho, la presión policial, la determinación de muchos y la unidad de toda España, han logrado, no sin un tremendo dolor, derrotar al terror.

Hoy, 20 años después, tengo muy presentes esas horas, dejando caer una lágrima por Miguel Angel y sintiendo la necesidad de contarlo, para que aquella muerte no sea un olvido doloroso, ya que para muchos supuso algo más. A mí me dejó marcado, y manteniendo vivo el espíritu de aquellos días, desarrollo mi labor diaria en política.

Miguel Ángel, sigues dejando huella, no te olvidamos.

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