01 de julio de 2017
01.07.2017

Estabilidad, sí, pero... precaria

02.07.2017 | 03:56

Es cierto que en los tres últimos años se ha creado en España mucho empleo, un motor del crecimiento. Pero también lo es que mucho empleo es precario y que Mario Draghi, que no es de Podemos, acaba de decir que la precariedad impide una más fuerte recuperación.

La tentación de traspasar a la política lo que pasa en el empleo es alta. Tras la aprobación de los presupuestos del 2017, España tiene estabilidad garantizada hasta el 2019 porque en el 2018 Rajoy puede prorrogar los presupuestos. Pero es una estabilidad precaria que –como el empleo temporal– resta valor a la virtud. Y esta permanente sombra de inestabilidad no se debe sólo a que el PP no tenga mayoría absoluta sino a tres razones suplementarias. Una, que la mayoría presupuestaria armada por Rajoy –PP, C's, Coalición Canaria (una brillante diputada), Nueva Canarias (un inteligente diputado) y PNV (cinco zorros negociando)– tiene mérito pero es troppo heterogénea. No servirá para muchas otras cosas. Dos, que la amplia sospecha de corrupción lastra moralmente al partido del Gobierno y exacerba su tendencia a despreciar al que disiente. Tres, que la relación entre PP y PSOE están en su peor momento.

Hasta cierto punto es normal porque el único que, a corto plazo, amenaza al Gobierno Rajoy es el PSOE. Y la relación siempre fue mala. Es una de las críticas sensatas que se pueden hacer a lo que algunos bautizan como régimen del 77. Ahora el PP, los medios de la derecha y el socialismo «susanista» se ensañan –con intensidad variable– con Pedro Sánchez por el poco razonable cambio sobre el tratado con Canadá. Pero es un pecado venial comparado con la negativa de Rajoy a abstenerse cuando las inevitables medidas de rigor de Zapatero en el 2010. Entonces tuvieron que ser Artur Mas y Duran i Lleida los que salvaron a España de la intervención.

Pero no siempre la culpa fue del PP. Los jóvenes Felipe González y Javier Solana, que hicieron una gran campaña contra la entrada en la OTAN para cargarse a Leopoldo Calvo Sotelo, pecaron más que Sánchez.

Lo preocupante es lo que apunta lo sucedido esta semana. Reunión Pedro Sánchez- Pablo Iglesias para –teóricamente– tumbar a Rajoy. Es de entrada imposible numéricamente pues Iglesias veta a Rivera de una mayoría alternativa. Y Rivera no puede suicidarse haciendo caer a Rajoy (otra cosa es clavarle alfileres) en alianza con la extrema izquierda. Pedro y Pablo, que no se quieren, pueden –con el apoyo de Rivera– hacer pasar malos ratos a Rajoy. Y lo lograrán en asuntos como reprobar a Montoro. Pero nada más.

La otra reunión –Rajoy no es un gran estratega pero sabe contraprogramar– fue el almuerzo en la Moncloa, el mismo día, entre el presidente y Rivera. Sirvió para constatar que C's no se sumará a Pedro y Pablo para derribar a Rajoy. Y poco más ya que luego C's dio portazo al PP en la negociación para el techo de gasto del 2018. C's quiere apuntarse una bajada del IRPF en el 2018, no que «la zanahoria» la capitalice el cuco Montoro para ganar las elecciones del 2019. C's no abandonará a Rajoy porque no le conviene pero no le hará fácil la gobernación.

La tercera reunión fue la de Rivera y Sánchez. Buena voluntad, acuerdo para estudiar una reforma de la Constitución a la que pudieran sumarse el PP y C's (objetivo imposible) y palabras cautas de Ábalos sobre la reforma de la ley electoral. Esta pareja no es de esta legislatura porque está muy lejos de tener mayoría. Otra cosa es que puedan ser pareja estable la próxima. Si suman (o casi), Rivera arriesga y Sánchez paga en moneda contante y sonante con una reforma de la ley electoral.

Estas tres reuniones son lógicas. Lo preocupante es que no haya habido reunión Rajoy-Sánchez. Y que no esté prevista. No ya para una gran coalición (imposible hoy en España), pero sí para que los dos grandes partidos hablen con fluidez de los graves problemas de España que –empezando por Cataluña– ««haberlos haylos». Rajoy detesta a Sánchez porque sabe que quiere echarle y que no vacilará en atacar su flanco más débil: Bárcenas. Y Sánchez quiere pocos tratos con Rajoy porque cree que el público de izquierdas lo vería como amnistiarlo de los casos de corrupción. Y que Pablo Iglesias aprovecharía para repetir que el PP y el PSOE son dos caras de la misma moneda.

Todo esto es lamentable, pero comprensible. Lo que lo es menos es que los dos políticos se tengan un desprecio mutuo superior a lo razonable.

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