Nieve negra

13.05.2017 | 02:28

Uno de los viajes que especialmente me atrae, es el que me llevaría a esa región geográfica de Argentina y de Chile conocida como la Patagonia, y que imagino un inmenso territorio de belleza natural con espectaculares lagos y bosques, glaciares y variada fauna que permitiría observar pingüinos, navegar junto a las ballenas de la Península Valdés, y llegar hasta la provincia de la Tierra del Fuego visitando Ushuaia, la ciudad del fin del mundo.

Y en todo eso pienso, al empezar a ver la película Nieve Negra, dirigida por el argentino Martín Hodara, que es un thriller ambientado también en un lugar agreste y remoto de la Patagonia, con paisajes nevados y atmósfera gélida, en la que vive aislado el personaje a que da vida Ricardo Darín, quien tras varias décadas sin verse, recibe la visita de su hermano, interpretado por Leonardo Sbaraglia, que llega para convencerle de la venta de unas tierras heredadas.

Y la película resulta violenta y trágica, y paradójicamente, opresiva y claustrofóbica en los espacios abiertos en que se desarrolla. Y ello porque el reencuentro de los hermanos reaviva recuerdos y sentimientos entre ambos, en un filme tenso e inquietante, pero cuyo ritmo decae en varios momentos, y cuya credibilidad resulta dudosa en algunas escenas clave.

En las que se plantea, sin profundizar, la toma de decisiones con la motivación exclusiva y egoísta de las propias necesidades, o en la codicia, o en el resentimiento, o en el perdón.

Y me quedo con este último, el perdón, que es una decisión que al ejercitarse permite hacer las paces con uno mismo, sintiéndonos en plenitud, calma y libertad, pues el resentimiento desaparece para siempre, sabiendo que perdonar de forma sincera es un acto difícil que requiere fortaleza emocional y valentía.

Para lo que tenemos que pensar de manera racional, sin dejarnos llevar por los impulsos, ni por nuestra imaginación, y sin exagerar ni dramatizar los hechos. Y es que cada uno es libre de actuar conforme a su propio criterio y no guiado por el nuestro, y aceptar esa realidad hará que consigamos finalmente perdonar a quienes nos ofendieron.

Y con esa sensación de unas magníficas interpretaciones, pero que la historia podía haber sido mejor diseñada para evitar un cierto sentimiento de arbitrariedad, y de actitudes no suficientemente justificadas, termina la película con un regusto agridulce, ante unos excelentes actores y una hasta cierto punto fallida película.

Quedando, eso sí, la ilusión de viajar algún día a la Patagonia, y de seguir viendo películas de Sbaraglia y de Darín.

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