20 de abril de 2017
20.04.2017

Cómicos

20.04.2017 | 04:37

La riqueza del idioma castellano nos lleva, en muchas ocasiones, según los variados significados de las palabras a intentar utilizarlas correctamente. Por ejemplo, el sustantivo cómico en su primera acepción nos viene dado para identificar a aquel que divierte y hace reír. Pero, a veces, amparándose en ello, algunos tienen tan poca gracia que, más bien nos hacen llorar, o al menos ponernos de mal humor. Hoy en día podríamos poner muchos ejemplos, de ello, ya que en política todo vale, incluso queriendo divertir nos aburren y queriendo hacer reír, nos dejan caer alguna lágrima, comprobando que más que gracia, destilan desgracia como odio. Pero, no nos pongamos trascendentes, y tomemos algunos otros significados menos actuales, no por ello, en desuso. Así, podríamos considerar a lo cómico como perteneciente a la comedia, o bien al que la escribe, e incluso al que las representa.


Dentro de la filmografía española existen algunos ejemplos muy dignos dentro del séptimo arte. De hecho, en 1954, con ese título, «Cómicos», Antonio Bardem dirigiendo a Fernando Rey, Emma Penella, Carlos Casaravilla y Guadalupe Muñoz Sampedro, logró nominarla a la Palma de Oro, como mejor película en el Festival de Cannes. Años después, en 1975, Pedro Olea dirigía «Pim, pam, pum... ¡fuego!» con Concha Velasco y Fernando Fernán Gómez, en la que se nos mostraba los sinsabores de los personajes de la farándula. Y, mucho más significado, en «El viaje a ninguna parte», la dirección, guión e interpretación de este último, logró introducirnos en la dolorosa vida del cómico de la legua, con sus eternos viajes en autobuses destartalado, trenes de tercera, en cuartuchos y pensiones de mala muerte, incluso con camerinos impresentables.


Pero, ellos, los cómicos, venían a estar acostumbrados a todo ello, desde generaciones anteriores, viviendo largas estancias en los pueblos. Concretamente, en 1790, se inauguraba una nueva casa de comedias en Orihuela, y para ello, el empresario Francisco Baus, formó una compañía cómica, autorizada por el corregidor de la Villa de Madrid, que era la máxima autoridad en todo lo referente a comedias, autores y representantes o actores, siendo además juez, protector y privativo de los teatros de comedias. Al cual le correspondía también el ajuste y formación de las compañías, la aprobación de los textos a representar, así como el modo de vivir de los actores, cuyo gremio por real cédula de Felipe V de 17 de octubre, a súplica de aquellos y de su cofradía bajo la advocación de Nuestra Señora de la Novena, se les autorizaba a formar compañías para salir a representar fuera de la Corte, manteniéndose con lo recaudado, el culto y las capillas de su Cofradía, extendidas por toda España. De hecho, en la iglesia de San Sebastián de la calle Atocha de Madrid, aún se da culto a esta advocación mariana.


Pero, retomando al empresario Baus, éste formó su compañía para actuar en Murcia y pasar el verano en Orihuela. La citada compañía estaba dirigida por éste en lo concerniente al «arte, maquinaria, exornos y prespectivas del teatro», y por Joaquín Doblado en el gobierno económico y con facultades de autor. La compañía constaba de nueve damas, siendo la primera Buenaventura Laborda; nueve galanes, de los que Antonio Suárez era el primero y como sobresaliente, J oaquín Alcaraz de Lérida; tres «barbas», uno de ellos ejercía como segundo tramoyista; dos «graciosos»; músico de la compañía, Nicolás Olivencia; tres apuntadores; cuatro cobradores; un guardarropa; una orquesta compuesta por diez músicos, de ellos cinco violines, dos trompas, dos oboes y un bajo. En total, la troupe de Francisco Baus estaba compuesta por cuarenta y cuatro personas, con lo cual entre ellos se vivían emociones y tensiones, pero gozaban haciendo disfrutar a los espectadores con sus actuaciones en la Orihuela de finales del siglo XVIII.

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