Un día con Azorín

19.04.2017 | 04:10

Como todo el mundo no sabe, hace unas semanas se cumplieron los cincuenta años de la muerte de Azorín. Soy más partidario de celebrar los nacimientos que las muertes, pero en el caso de las efemérides sí soy muy de homenajear. Así que cogí mis bártulos, llené la mochila de intenciones y salí a la calle dispuesto a comprar un libro de Azorín, José Martínez Ruiz, que diera nombre a la Generación del 98, escritor de frases cortas, diputado, periodista, conservador, olvidado, antaño de lectura obligada en los institutos. Blanco fácil también de los dardazos de escritores y columnistas que arremetieron durante una época contra él por varias razones: diferir de su estilo, considerarlo desfasado, provocar y matar al padre de un cierto estilo. El de las frases cortas.


Algunos de los que con él se metieron lo hicieron con gracia; otros, con frases subordinadas que hacían el texto incomprensible. Es decir, le daban la razón a Azorín (1873-1967). El alicantino escribió unas cien obras. La voluntad, por ejemplo. También fue autor de muchísimas colaboraciones en prensa. Pueden o no gustarte sus obras o sus ideas (ojo, que también fue anarquista de joven), pero es absurdo negarle la grandeza literaria.


Es más fácil encontrar la aguja en el pajar, o pincharte con ella, que encontrar un libro de Azorín en una librería, que a veces tienen menos fondo que un atleta de ochenta años. Una vez encontré un volumen suyo en el rastro, en Madrid, que es el sitio donde acaban muchos escritores.


Era una vieja edición de Alianza, de una muy conocida colección, la portada azul y blanca. Le eché un vistazo un rato después de comprarlo en una cervecería de La Latina. También adquirí unos prismáticos de un mariscal prusiano, un sello de Isabel II, un paquete de gusanitos, un facsimil de un librito de Bakunin y un bote de aceitunas. Claro que si este artículo fuese un verdadero homenaje a Azorín tendría que escribir:


Fui al rastro y compre dos libros. Unos prismáticos. Gusanitos. Aceitunas. Más tarde entré a un bar a beber una cerveza.


Esto no quiere decir que siempre escribiera así, que una cosa es la frase corta y otra practicar la telegrafía y ser más seco y cortante que una alfaca. Azorín era conocido en su casa como Pepe y uno de los libros más célebres que dio a imprenta, delicioso, fue Las confesiones de un pequeño filósofo. Practicó un poco la bohemia, no muriéndose de hambre por los cafés y dando sablazos, pero sí vagando por Madrid y sus redacciones, como la de El País de Luis Bonafoux (gran periodista que ahora va siendo recuperado), y haciendo pandi con Maeztu y Baroja (el grupo de los tres, los llamaban). No logré comprar ningún libro y me volví con la mochila de intenciones vacía, pero a veces no encontrar algo es encontrar asunto para una columna. Un poco azoriniana, tal vez.


Los prismáticos los uso mucho.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine