11 de abril de 2017
11.04.2017

Azorín en la Ruta de don Quijote

11.04.2017 | 04:54

Tras leer La Ruta de don Quijote, del escritor monovero José Martínez Ruiz « Azorín», 1905, recopilación de 15 crónicas en un viaje que hizo a los santos lugares de La Mancha para conmemorar el III Centenario de la publicación de El Quijote, me fui a hacer la ruta con mi mujer durante una semana, de cuyo viaje escribí el libro Buscando a Azorín por la Mancha, 2005. Este año en el 50º aniversario de la muerte de «Azorín» (2 de marzo de 1967), considero oportuno recordar el libro de La Ruta de don Quijote, no muy extenso pero intenso. Fue escrito por encargo de don Manuel Ortega Munilla, propietario y director del periódico madrileño El Imparcial en 1905, situada la redacción en C/. Mesonero Romanos, 32, según notas de J osé María Martínez Cachero (Cátedras, nº 214, p.17): «Será en este año de gracia de 1905 cuando el deseo se haga realidad con la invitación de Ortega Munilla para que Azorín viaje por y escriba sobre la Mancha de Don Quijote». Obra de Azorín estudiada con rigor por Martínez Cachero en la introducción del ya mencionado libro de Cátedra. Este libro también lo ha estudiado muy detenida mente José Ferrándiz Lozano, actual director del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert.


La Ruta de don Quijote, es una suma de crónicas de viaje y crítica o ruta literaria, o diario de viaje, con un estilo modernista e impresionista, recreación de los lugares míticos manchegos a través de una técnica detallista y minuciosa, concesiva y perifrástica, donde usa los tiempos verbales absolutos del presente, un tono personal y personalizado, para darle a la crónica una inmediatez de acción, una proximidad al lector que de otra forma no se nos daría, y esa técnica de repetir hasta la saciedad los nombres de los personajes, un tanto anodino y melancólico, con la que quiere hacernos recordar que son crónicas o entrevistas a las gentes abúlicas de una Mancha pobre y sin noticias, y acercarnos a la verdad íntima y humana a través de pintar paisajes con la pluma, y a todo ello se le suma un vocabulario rico en términos agrarios.


«Azorín» tenía 32 años cuando viajó a la profunda Mancha entre el 4 y el 25 de marzo de 1905. A nuestro «Azorín» no le pareció muy cómodo el encargo periodístico Imparcial, porque además, a primeros de siglo era peligroso hacer el viaje, tanto fue así que don Manuel Ortega le dio un arma de fuego por si acaso se encontraba con bandidos por los caminos que antes fueron dominio de don Quijote y Sancho. Con cierta desgana emprende el viaje acompañado de un antiguo repostero (reportero sería lo más lógico) llamado Miguel en tren hasta Alcázar de San Juan, donde alquilaron un carrito tirado por una yegua pequeña hasta Argamasilla de Alba. En realidad Azorín no llegó a Cinco Casas como escribe en La Ruta de don Quijote, no los contará años después en su libro Madrid (1941). Tomo la nota 57 de la introducción de Martínez Cachero:


«En Alcázar de San Juan alquilamos un carrito; no había entonces automóviles; si los hubiera habido, no nos hubiesen servido; los caminos no los permiten. En un carrito que guiaba un antiguo repostero (llamado Miguel) que vivió y trabajó en Madrid, hicimos todo el viaje por pueblos, campos y aldeas de la mancha...»


Su malestar por el viaje de cronista de encargo nos lo repite Azorín por dos veces en La Ruta de don Quijote. Al principio de la I Partida escribe «me siento con un gesto de cansancio, de tristeza y de resignación» (línea 4 y línea 16, Cátedra, nº 214). Es una crónica de abatimiento y melancolía, posiblemente debido a su desgana o desagrado por viajar a una tierra peligrosa, también nos dirá: «yo tengo una profunda melancolía». Empieza comentando que se encuentra en un cuarto diminuto, otras veces un modesto mechinal o habitación muy pequeña. Azorín vive en una pensión de Madrid (creo que en calle Barquillo) que regenta Doña Isabel, la casera o patrona como se solía decir, una anciana enlutada, limpia y pálida. No nos informa de si es viuda o casada.


La ruta de Don Quijote está dedicada a un tal Don Silverio residente en El Toboso, propietario de una colmena, autor de un soneto «alambricado» a Dulcinea y de una sátira terrible contra los frailes. Este don Silverio mantendrá un diálogo con el cronista en el capítulo XIV, a quien define como el tipo más clásico de hidalgo que ha encontrado en tierras manchegas. Era el maestro llevaba «treinta y tres años adoctrinando niños».

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