El ojo crítico

Recordando a Ernest Lluch

02.12.2016 | 04:46
Recordando a Ernest Lluch

Fue de esa clase de políticos de los primeros años de la democracia, hoy desaparecidos de las filas socialistas, que aunaban una gran formación intelectual con brillantes carreras profesionales, una cercanía a los problemas reales de la sociedad española con accesibilidad personal

El pasado día 21 se cumplieron 16 años del vil asesinato de Ernest Lluch a manos de un pistolero de la banda terrorista ETA que le descerrajó dos tiros al bajar del coche en el garaje de su casa.

Para las nuevas generaciones Ernest Lluch –ministro de Sanidad y Consumo entre 1982 y 1986– comienza a perderse en el olvido de la historia reciente, un tiempo en el que la democracia tuvo que construirse entre atentados y muertes producto del fanatismo de un grupo de terroristas que, apoyados por una parte minoritaria de la sociedad vasca –y ante el silencio de otra parte mayoritaria–, crearon dolor sin ningún motivo con una base ideológica producto de una mezcla de ideas disparatadas y de una supuesta opresión del País Vasco por parte de una democracia de reciente creación. Pero a pesar del olvido en el que poco a poco comienza a adentrarse es justo reconocer y volver a recordar su figura, sus ideas y su valentía, aunque sólo sea el día en que se cumple otro año más de su asesinato porque, al mismo tiempo que le recordamos, lo hacemos también del resto de políticos, militares, guardia civiles y ciudadanos anónimos que murieron también asesinados.

Licenciado en Ciencias Políticas y en Económicas, comenzó su carrera como docente en la Universidad de Barcelona de la que fue expulsado en 1966 por apoyar a los estudiantes en huelga. Siguió dando clases en su casa que se llenaba de alumnos a la hora que comenzaban. En 1974 se incorporó como catedrático en la Facultad de Económicas de Universidad de Valencia dejando en esta ciudad una sólida huella de erudición entre el alumnado que todavía se recuerda. Diputado por el PSC, Felipe González le eligió como ministro de Sanidad en el primer Gobierno socialista, encargándose de la hercúlea tarea de universalizar y de hacer gratuita la sanidad pública española –una de las bases del Estado del Bienestar español– enfrentándose por ello a los médicos de derecha muy poco partidarios de que la sanidad pública no fuera un negocio del que aprovecharse. Fruto de su trabajo fue la Ley General de Sanidad (1986) que creó el Sistema Nacional de Salud, desarrollada por reales decretos de 1987 y de 1989 que supusieron, sucesivamente, la ampliación de la acción protectora y la universalización de la asistencia sanitaria, pilares básicos de la justicia social.

Después de dejar la política activa regresó a la Universidad de Barcelona como catedrático de Historia de Doctrinas Económicas ejerciendo la docencia hasta el último día de vida a excepción del tiempo que fue rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo entre los años 1989 y 1995.

Autor de varios libros de historia económica, los centenares de artículos que escribió para el periódico La Vanguardia dan muestra de su condición de intelectual crítico cultivado por miles de horas de lectura. Fue de esa clase de políticos de los primeros años de la democracia española, hoy desaparecidos de las filas socialistas, que aunaban una intensa formación cultural e intelectual con brillantes carreras profesionales, una cercanía a los problemas reales de la sociedad española y una accesibilidad personal que hicieron posible que en poco más de diez años España dejara de ser el país atrasado y gris que legó la dictadura franquista para convertirse en puente de Europa con Latinoamérica y en el país más importante del Mediterráneo. Para aquellos que colaboran como articulistas en algún periódico, en mi caso en el diario INFORMACIÓN y en el diario Levante-EMV, los artículos de Ernest Lluch son ejemplo de construcción argumental impecable, sin fisuras, con grandes dosis de claridad e incluso de humor.

Se sentía profundamente catalán pero al mismo tiempo entendía España desde la diversidad y la pluralidad, desde las muchas formas de ser español. Contrario al nacionalismo catalán y a su papanatismo independentista, fue un firme defensor de la libertad enfrentándose en numerosas ocasiones a los proetarras y a la dictadura soterrada que ETA y sus secuaces trataron de imponer en Navarra y el País Vasco, pero al mismo tiempo fue partidario del diálogo como algo básico para acabar con el terrorismo. Intelectual, dialogante educado y firme defensor de la democracia: algo insoportable para los terroristas de ETA.

Los que en algún momento hemos visto cómo nuestras vidas o la de algún familiar han sido salvadas por la sanidad pública española siempre estaremos en deuda con aquella generación de socialistas que, como Ernest Lluch, pusieron en marcha entre grandes dificultades una sanidad que es ejemplo de eficiencia y profesionalidad.

Como dije al principio a Ernest Lluch lo mataron de dos disparos. Traigo, como despedida, unos versos del poema Ich bin der welt abhanden gekommen de Friedrich Rückert, cuya versión musical hecha por Gustav Mahler sin duda debió de escuchar Lluch en numerosas ocasiones dada su condición de melómano y que el lector de este artículo debería escuchar: « Estoy muerto para el bullicioso mundo/ y reposo en un lugar tranquilo/ Vivo solo en mi cielo,/ en mi amor, en mi canción».

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