29 de noviembre de 2016
Impresiones

Cuando llegué de Cuba

29.11.2016 | 05:46
Cuando llegué de Cuba

Hace unas cuantas décadas estuve quince días haciendo en solitario un recorrido por la isla de Cuba. Aquel periplo me dejó unos recuerdos imborrables sobre un país que, a pesar del tiempo transcurrido, ha cambiado muy poco. Los mismos coches, el mismo gobierno, las mismas cartillas de racionamiento –allí llamadas libretas-, similar represión y salarios medios ínfimos, ahora en torno a 25 dólares mensuales. La muerte de Fidel Castro despierta todo tipo de incógnitas en un país donde en teoría todo está atado y bien atado.

Años atrás conocí al cantante argentino Luis Aguilé cuyas melodías pachangueras del verano se vieron superadas por aquel Cuando salí de Cuba que me contó escribiera tras abandonar la isla donde era un ídolo de masas y la revolución no le permitió sacar apenas una pequeña parte del dinero que había ganado, teniendo que dejar además al amor del que habla la canción. Nunca más pudo volver y además todas sus composiciones estaban prohibidas por el régimen, lo mismo que las de Julio Iglesias, por vivir en Miami y ser amigo de disidentes; tampoco se permitían cosas tan peregrinas como que los cubanos mascaran chicle por la calle, símbolo del imperialismo yanqui que enviaba aviones que a gran altura lanzaban plagas sobre los campos de azúcar y tabaco para arruinar las cosechas, según me contaban personas adictas al régimen.

He de reconocer que fue uno de los viajes más interesantes que he realizado en mi vida porque anduve todo lo solo que me dejaban, adscrito en los desplazamientos por la isla a un grupo de tres personas más, hablando con muchos cubanos, al principio reticentes al creerme norteamericano por mi aspecto rubicundo, pero cuando comprobaban mi procedencia española, se les alegraba el rostro por venir de la Madre Patria, a la que nombraban con cariño y sin los complejos que el término genera aquí.

Si añadía que era de Alicante, todos, absolutamente todos, me nombraban el turrón; porque allá había sido muy consumido y además hasta la llegada de Fidel al poder hubo fábricas del mismo. Recuerdo cómo el empresario jijonenco Arturo Sirvent me comentaba años atrás la que su padre tuvo en Guanabacoa. El azúcar caribeño y la almendra californiana propiciaban una reducción notable de costos para luego exportar al tan próximo continente americano. Pero Castro acabó con todo y la familia Sirvent tuvo que huir con lo puesto.

De esta manera entablé amistad con varios jóvenes cubanos que me llevaron a conocer La Habana profunda y auténtica a cambio de venderles mis «pitusas» (vaqueros) y mis «trusas» (bañadores), palabra ésta de genuino origen castellano, amén de varias camisas modernas a cambio de pesos que gastaba en discos de la Nueva Trova Cubana, un ballet de Alicia Alonso en el fantástico Teatro Federico García Lorca, antigua Casa de Galicia, varios libros pero también pases en la sala de fiestas Tropicana y mojitos en La Bodeguita del Medio, emulando a Hemingway.

A la dictadura castrista hay que reconocerle dos logros que destacan aún más respecto a otros países centroamericanos del entorno, unas buenas educación y sanidad que posibilitan el acceso gratuito básico de todos los cubanos a las mismas. El Centro Internacional de Restauración Neurológica, aunque vedado al pueblo llano, es un referente mundial de primer orden en el área médica de la Rehabilitación. Allá marchó otro cantante hispanoargentino, mi buen amigo Alberto Cortez, tras sufrir un grave problema vascular.

Como sucede en tantas naciones que he visitado, el pueblo está muy por encima de sus gobernantes. Y el cubano es encantador al margen del afecto generalizado por España y lo español. Las dos grandes avenidas del centro tradicional, aunque luego rotuladas con los nombres de Salvador Allende y Simón Bolívar, siguen conservando la denominación antigua de Carlos III y Reina. El palacio de los Capitanes Generales, antigua sede del poder colonial español, exhibe los cuadros de María Cristina y Alfonso XIII niño y todo el mobiliario hispano, además de la última bandera de España, puesta en un mástil, que ondeara en Cuba hasta 1898.

El padre de Fidel Castro fue un rico hacendado gallego que emigró desde el pueblo lucense de Láncara para hacer fortuna. No sé si ello influiría en que el general Franco se saltara a la torera el arbitrario bloqueo económico que impuso Estados Unidos al tener en las puertas de su casa una dictadura comunista. Pero en la Cuba que yo visité desde los autobuses urbanos, marca Pegaso, carrozados en la isla con el nombre de Girón, hasta muchos discos, películas, series de televisión y perfumería, eran originarios de España.

Al respecto no puedo abstraerme de contar una anécdota que difícilmente hubiera pasado en otro lugar del mundo. Estaba yo visitando el Museo de la Revolución y a mi lado se encontraba la entonces teniente de alcalde socialista y concejala de Sanidad del Ayuntamiento de Albacete. Observando los paneles explicativos de cómo se acabó en 1959 con el régimen totalitario de Fulgencio Batista, comentó que ellos habían padecido una dictadura como nosotros la de Franco, a lo que el guía le espetó que no dijera aquello porque en Cuba estaba prohibido hablar mal de Franco ya que éste los había abastecido siempre de bienes de consumo muy necesarios. El respeto también iba dirigido a otros dirigentes tan distintos a él como el chileno Allende y el mexicano Luis Echeverría.

No he vuelto a Cuba; me gustaría hacerlo y si es en democracia, mejor. Mis recuerdos se tornaron dolorosos cuando a comienzos de este siglo una sobrina mía, Inmaculada Valero, economista que trabajaba para una empresa española que había organizado una comida de despedida de un compañero que retornaba a nuestro país, sufrió un lamentable accidente de tráfico volviendo de la playa de Varadero a La Habana, muriendo en el acto tras estrellarse el automóvil que conducía su jefe contra un camión.

Este pueblo encantador que lleva padeciendo casi 77 años de dictaduras de distinto cuño, merece olvidar la represión que imponen los Comités de Defensa de la Revolución sobre los demócratas anticastristas y hacer posible que decir Cuba Libre sea una realidad y no pedir un ron con cola.

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