27 de noviembre de 2016

El poder de las palabras

La fuerza de determinados discursos públicos es enorme y alteran la percepción que la ciudadanía tiene sobre su calidad de vida

27.11.2016 | 21:29

Cuando oí al juez Garzón decir en una entrevista que su condena no había tomado en cuenta las evidencias, pensé que la colonización de la lengua inglesa había llegado a esas instancias donde la semántica es muy importante. En medicina aceptamos evidencia por prueba cuando hablamos de medicina basada en la evidencia, traducción literal del inglés. Evidencias se refiere a pruebas objetivas recogidas mediante un estudio sólido basado en la sistemática científica, idealmente un ensayo clínico, pero también mediante estudios observaciones bien diseñados en los que se haya descartado todo error que explique la asociación encontrada. El ensayo clínico, bien hecho, asegura que sólo la intervención que se realiza sobre uno de los dos grupos de pacientes es lo que los diferencia, por tanto se pueden atribuir, con escasas dudas, las diferencias en los resultados. Pero no siempre se puede exponer a un grupo de sujetos a un factor que puede producir, o evitar, la enfermedad. Por ejemplo, todas las posibles causas de cáncer o de enfermedad cardiovascular. A nadie se le ocurriría invitar a unos voluntarios a participar en un estudio en el que la mitad, elegidos al azar, fumaran 60 cigarrillos al día y la otra se abstuviera. Para saber cómo el tabaco afecta a la salud observamos las enfermedades en los que fuman y en los que no fuman y tratamos de controlar todos los factores que pudieran ser causantes de las enfermedades estudiadas. Así, para la enfermedad coronaria, examinamos cómo el tabaco actúa en los hipertensos, comparando los que fuman y no fuman, en los diabéticos, en los hipercolesterolémicos, en los sedentarios€ y en los que son a la vez todas esas cosas. Es lo que denominamos ajustes. Y procuramos evitar lo que denominamos sesgos, por ejemplo, el que al entrevistar al paciente se haga más énfasis en su historia tabáquica si es enfermo. Con estos esfuerzos y si la asociación se encuentra en varios estudios y poblaciones, nos atrevemos a decir que está probado que el tabaco es causa de enfermedad coronaria. Para los ingleses es una evidencia; para nosotros, una prueba. De ahí que medicina basada en la evidencia, en español, se debe decir basada en pruebas científicas. En el ámbito jurídico una evidencia es una pieza de convicción, una prueba determinante en un proceso judicial. Y eso es lo que queremos cuando sometemos al tabaco a juicio, pruebas irrebatibles, evidencias.

Pero realmente no es así en la práctica. Porque la palabra evidencia en inglés es más ligera, sirve para designar indicios, pruebas circunstanciales€, por eso decimos: se ha acumulado suficiente evidencia como para asegurar que el tabaco es causante de cáncer de pulmón, o no hay suficiente evidencia como para decir que el calcio y la vitamina D evitan la osteoporosis. Aquí deberíamos hablar de pruebas. Porque en medicina hay pocas evidencias y muchos indicios y pruebas circunstanciales que tomadas en conjunto pueden, mediante un juicio, decidir una asociación. De ahí los llamados criterios de causalidad: que causa y efecto estén asociados estadísticamente y la causa preceda al efecto, que la fuerza de la asociación sea suficiente, que haya una explicación biológica sensata para esta asociación y se hayan descartado todas las otras posibles explicaciones.

El poder de las palabras es enorme. Nombra y, al hacerlo, define, y desde ese momento lo nombrado se apodera de la palabra, sin ello no es nada. Pero siendo la palabra pura nadería, a veces, o casi siempre creo yo, tiene más fuerza de convicción que los hechos, que las evidencias. Es el poder de los discursos. Si con poder de convicción alguien nos cuenta cómo es el mundo, creemos más en esas palabras que en nuestros sentidos y razones. Las recientes experiencias electorales en el Reino Unido y EE UU son ejemplos. En ambos lugares la mentira sobre la situación social y laboral desvirtuó una realidad que la mayoría de los ciudadanos, cada uno de ellos individualmente, experimentaba: creía más lo que decían algunos que en lo que veía. En España experimentamos una crisis brutal que está produciendo mucho mal. De manera que cuando se pregunta a los ciudadanos cómo está la situación económica del país más del 75% dice que mal o muy mal. Es una percepción que está de acuerdo con los datos que se publican. Pero en la misma encuesta, preguntado por la situación económica personal, casi la misma cantidad dice que bien o muy bien y la perspectiva es positiva. Una contradicción que puede tener que ver con la solidaridad, con el deseo de no mostrarse egoísta, o con la confusión en la que vivimos. Quizá los ciudadanos cuando tienen que tomar una decisión que no sólo les afecta a ellos, también a los demás, no se fían de ellos mismos y se refugian en el discurso que más les convence. Las palabras las envuelve la realidad y son ellas las que mandan.

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