27 de noviembre de 2016
Sin permiso

Larga vida

27.11.2016 | 03:41
Larga vida

Somos un país de longevos. Vivimos más años que el resto de los europeos. Así lo evidencia la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en su informe «Panorama de la salud: Europa 2016», confirmando la tendencia que viene apuntándose en los últimos años. Por cada cuatrienio que pasa, nuestra esperanza de vida se incrementa en un año. Prolongar la existencia aporta beneficios pero, también, algún que otro quebradero de cabeza. Y es que, una vez más, las necesidades que se nos presentan no siempre acaban disponiendo de las respuestas que precisan. No da la impresión de que, en este país, estemos preparados para afrontar tanta vida.

Los españoles vivimos una media de 83.3 años, que no es poco. Las mujeres superan en seis años a los hombres y, en ambos sexos, lideramos el ranking de los más resistentes. Europa está constituida por países con enormes diferencias y, por ello, no es de extrañar que la esperanza de vida sea poco homogénea en este lado del Atlántico. Casi diez años nos separan de letones, lituanos, búlgaros o rumanos. Con lo bueno y con lo malo, vivir en España parece ser más saludable que hacerlo en cualquier otro país del continente.

En España disponemos de uno de los sistemas sanitarios con mayor cobertura –prácticamente universal–, sin que factores como la lista de espera o de naturaleza económica afecten en gran medida a la accesibilidad a los tratamientos. Razones tenemos para quejarnos y exigir mejoras, pero la realidad es que aquí estamos a la cabeza de Europa. Eso sí, en derechos, que otra cosa bien distinta es la calidad de la atención recibida. En cualquier caso, la sanidad española dispone de los instrumentos necesarios para afrontar esa longevidad que nos caracteriza. Ahora bien, la disponibilidad de medios debe acompañarse de una oferta de servicios que permita cubrir las necesidades de una población envejecida. Y, en este punto, no salimos tan bien parados.

La posibilidad de definir escenarios a medio plazo, permite disponer de una planificación ajustada a las previsiones. Podemos estimar, con un mínimo error, cuántas personas precisarán atención social y sanitaria, por razón de edad y enfermedad, en las próximas décadas. En consecuencia, ambos sistemas asistenciales deben estar orientados en esta dirección. No cabe caer en el cortoplacismo, por más que esta sea una característica innata de los ciclos políticos. Los resultados pueden tardar años para ser tangibles. Habrá que ir asumiendo que no es mejor quien gana más votos por el impacto inmediato de lo que hace, sino quien consigue un cambio estructural que conlleve un futuro mejor.

Es inevitable asociar una mayor esperanza de vida a un incremento de las enfermedades crónicas. De ahí que el sistema sanitario deba girar en esa dirección pero, lamentablemente, no parece ser así. Por mucho que se reiteren los discursos, planes y demás parafernalia propagandística, la realidad no varía. En España destinamos menos del 1% de nuestro PIB a la atención a la cronicidad frente al 1.6% de media europea. Nos quedamos muy lejos del 4.1% de Holanda o del 3.6% sueco. Y nada apunta a que cambiemos en un futuro próximo. Las previsiones de la OCDE indican que, en los próximos 20 años, apenas alcanzaremos el 1.4% y seguiremos en la cola de la Europa occidental, junto a portugueses e irlandeses. Nada que ver con los países con características más similares a nosotros, como Francia o Italia, que nos duplican en el gasto público destinado al cuidado de los enfermos crónicos. Insisto, somos los más longevos.

Junto a la atención sanitaria, las pensiones son el otro caballo de batalla de esta elevada longevidad. Uno de cada cinco españoles tiene 65 o más años de edad. La inseguridad que se transmite –legislatura tras legislatura– respecto al sistema de pensiones, es inaceptable. Se produce una situación de indefensión en quienes ahorran toda su vida laboral para, con este esfuerzo, afrontar económicamente las dos décadas que les esperan después de la jubilación. De un plumazo pueden cambiar las condiciones del «contrato» que inicialmente se establece con el Estado, cuando un trabajador empieza a cotizar. Inaudito. Ojo, que hablamos de la subsistencia de una quinta parte de la población.

No cabe seguir transmitiendo ese pesimismo que ya parece endémico, burdamente justificado en la falta de ingresos de la Seguridad Social. Más aún cuando la hucha es constantemente saqueada, para cubrir otros gastos que no debieran ser considerados tan prioritarios como éstos. La propuesta de recurrir a la financiación mediante los presupuestos generales –como instrumento básico de la redistribución de riqueza– parece una medida conceptualmente coherente. Eso sí, siempre que aceptemos que, en el reparto del pastel, las pensiones deben adquirir un lugar prioritario. Al fin y al cabo, las cuentas públicas no dejan de ser vasos comunicantes: unos gastos tendrán que disminuir para que otros puedan ser incrementados.

La realidad es la que es y exige medidas de calado, sin necesidad de recurrir obligadamente a la iniciativa privada ¿Qué no se pueden subir las pensiones? Pues disminúyanse los impuestos a los jubilados y bonifíquense sus gastos. Puede ser una barbaridad en términos fiscales –no tanto humanamente– pero ¿por qué las pensiones de jubilación no están exentas de tributar el IRPF? Al fin y al cabo ¿de qué sirve una pensión si no llega a cubrir las necesidades de cuidados que presenta quien la percibe?

Y ya que hablamos de escenarios de cambio estructural, en el cuidado de los mayores encontramos un enorme nicho de empleabilidad aún pendiente de explotar. Alguna ventaja económica tenía que aportar la longevidad. Baste recordar que, en la actualidad, somos el quinto país europeo con mayor tasa de personas con demencia. En 2035 se estima que ya seamos el tercero, solo superados por Italia y Alemania. La carga asistencial, familiar y social que producirá la enfermedad crónica, en una población tan envejecida, requiere de soluciones que pueden generar un nada despreciable mercado laboral. Bastaría con concederle, a estos cuidados, la importancia que merecen.

Va siendo hora de materializar aquello de «dar vida a los años» y demostrar que era algo más que un simple eslogan.

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