23 de noviembre de 2016
Impresiones

La anglosajonización de todo

23.11.2016 | 05:08
La anglosajonización de todo

Hubo un tiempo en el que, para que a cualquier hijo de vecino con ínfulas de grandeza se le quisiera tomar en serio, debía salpicar sus escritos con alguna palabra en francés. Y más si eran textos académicos o pretendidamente académicos. El súmmum venía, sin que valga la redundancia, cuando aparecía alguna palabra en latín. Un per se a tiempo, un motu propio bien colocado y un sine qua non preciso sumaba puntos en la escala de la huera verborrea. En ocasiones, para demostrar nuestra sapiencia, uno podía recurrir a la pedantería lingüística (a cuyos acérrimos seguidores el diccionario define como filáticos), escribiendo palabras eternas (si tiene más de cuatro sílabas, muchísimo mejor), empalmando morfemas derivativos tal como se encadenan los festivos en un largo puente.


Pero desde que hemos descubierto que el inglés es la nueva lengua que rige el mundo, nuestras calles, nuestros libros y nuestra vida se han poblado con expresiones tomadas del idioma de Shakespeare. Ya no hay asesores, hay coachs. Ya no almorzamos, nos vamos de brunch. Enterramos la Pasarela Cibeles para crear la Madrid Fashion Week. Ni siquiera comemos magdalenas, sino muffins. Esta anglosajonización de nuestras vidas, que se ha venido a bautizar con el nombre de cosmopaletismo, está transformando nuestro idioma y afecta, oigan lo que les digo, muchísimo más que el uso masivo e intenso de los móviles. Del extranjero, sin ir más lejos, llegó una de esas palabras de moda (tan cool...) en los últimos años: «serendipia», desterrando a las castizas «potra», «chiripa» o «casualidad».


La última expresión en aterrizar ha sido, convertida en celebración que hay que cumplir a rajatabla (lo que se llama un must be), el Black Friday. Como Viernes Negro nos recuerda al Jueves Negro y eso nos retrotrae a la caída brutal de la Bolsa de Nueva York en 1929, empleamos el término en inglés y arreglado. Para los que viven sin televisión y sin redes sociales, el Black Friday es un día de descuentos y rebajas anticipadas para cargar el maletero y vaciar la cuenta antes de las fiestas navideñas, aprovechando la resaca del Día de Acción de Gracias, que se celebra el cuarto jueves de noviembre. Como aquí nos hemos dado a adoptar todas las tradiciones extranjeras que nos vengan bien (o que le vengan bien a los comercios), ya hay tiendas o grandes superficies en España que celebran el Black Friday incluso en tres días, quizá confundiendo «Friday» con «Threeday», quién sabe. El caso es que, puestos a meter con calzador celebraciones que nada tienen que ver con nuestra idiosincrasia (ahí tenemos Halloween, por ejemplo, por mucho que recordemos que tiene un origen celta que queda más lejano todavía que la presencia de los romanos en la península); puestos a introducir celebraciones, decía, hagámoslo al completo. No nos quedemos solo con la parte comercial de salir el próximo viernes a la calle como si no hubiera mañana, comprando productos supuestamente rebajados cuyos precios han subido semanas antes.


Celebremos también el Día de Acción de Gracias. Sé que es más tedioso sentarse a cenar con amigos y familiares para dar gracias por la vida, el tiempo juntos y los buenos momentos que quisiéramos eternizar, sé que es mucho más divertido patearse cientos de metros cuadrados para adquirir, con un 15% de descuento, el último cachivache tecnológico de pulsera. Pero hagamos un esfuerzo. El Black Friday no se entiende sin el Día de Acción de Gracias. Celebrar uno sin el otro es quitarle sentido a los dos y demostrar que, en el fondo, seguimos siendo meras marionetas al servicio del consumismo. Yo, este año, pienso celebrar el Día de Acción de Gracias.

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