13 de noviembre de 2016
El ocaso de los dioses

Susan Sarandon no vota con la vagina ni Clint Eastwood con la pistola

13.11.2016 | 03:44
Susan Sarandon no vota con la vagina ni Clint Eastwood con la pistola

Ya lo sabe todo el mundo, pero si alguno o alguna de ustedes dos estaba de vacaciones en Washington y todavía no se ha enterado (como le ocurrió a Pedro, que fue a la capital del imperio para darle suerte a Hilaria), debe saber que Donald Trump ha ganado y Hillary Clinton tampoco. Sí, Trump será nuestro próximo presidente –también de EE UU– pese a cardar uno de los peinados más psicodélicos del planeta, a la altura de la peluquería de Anasagasti o Puigdemont. Y tras la grave sorpresa y el gran sorpasso habido por la victoria de Donald, el universo pensante a lo Rodin (por la pose), los intelectuales y las intelectualas, los periodistas, politólogos, magos y adivinos, el Hollywood cool, los premiados con los Goya, los antiwagnerianos avant la lettre, la mitad de los hispanos, la mitad de las mujeres, la mitad de los gringos y las gringas, se preguntan cuándo estallará la Tercera Guerra Mundial, cuándo se producirá el holocausto nuclear, qué nos queda de vida, si la Antártida desaparecerá el tercer o cuarto año de mandato de Trump, cuánto maíz transgénico tendremos que comer a partir de ahora, cuántos minutos quedan para que revienten las Bolsas del mundo y, sobre todo, cuánto tiempo tardará Trump en acabar el Muro Fronterizo con México, aquel que empezó a construirse en 1994 bajo el gobierno de Bill Clinton. ¿Les suena Clinton? Sí, es el marido de Hillary.

Que Trump es zafio, maleducado, impertinente, mesiánico, irrespetuoso, políticamente incorrecto –sobre todo atendiendo al dibujo que de él ha hecho la desdeñosa prensa europea–, un indeseable outsider que se ha infiltrado en las filas del establishment americano para escarnio de quienes lo tenían todo atado y bien atado, ya se sabía. ¿Por eso ha ganado? Que Hillary Clinton es soberbia, fría, distante, voluble, patológicamente ambiciosa, carente de principios, indiferente para con los problemas ajenos, señalada en casos de corrupción y tráfico de influencias, y paradigma de la más rancia casta del dinero y el poder secular, tampoco merece mayor reflexión. ¿Por eso ha perdido? Ambas preguntas tienen la misma respuesta: no del todo. Uno de los graves errores –ha habido otros– que ha cometido la casta política, cultural y progre europea (el establishment de este lado del Atlántico) a la hora de posicionarse respecto de las elecciones americanas, ha sido el desenfoque con el que ha analizado la realidad de gran parte del pueblo estadounidense referida a sus necesidades, sentimientos, frustraciones y quejas, a su profundo descontento. La doctoral y arrogante Europa, tan decadente como antigua, aparece dando patéticas lecciones a los jovencitos e incultos yanquis para que no se desvíen del recto camino. Una suerte de guía espiritual para que el pueblo norteamericano no pierda el norte de los valores y principios que la Europa buenista y multicultural quiere imponerles. Qué pronto ha olvidado esa misma Europa que han sido esos mismos yanquis quienes la salvaron de las dos dictaduras más perniciosas que ha conocido nunca: el nazismo y el comunismo.

El partido Demócrata, de la mano de Hillary Clinton, ha cosechado sus peores resultados electorales en 30 años, perdiendo no solo la presidencia, sino también el Senado, la Cámara de Representantes y, muy pronto, la correlación de fuerzas en el Tribunal Supremo. ¿Viene este desastre, en parte, como consecuencia de los últimos cuatro años de mandato de Barack Obama? Sin duda. Quien nada más llegar a la presidencia de EEUU fuera nombrado premio Nobel de la Paz, la gran esperanza Obama, se fue diluyendo como un mal azucarillo en las calientes aguas de la inefectividad, las buenas palabras, el esteticismo intelectual, la coartada racial y el nulo liderazgo. Hasta el presidente de Filipinas se atrevió a insultarlo públicamente. Sin embargo el pueblo americano, pese a la indolente Europa del progresismo, desea líderes, no funcionarios ajenos, multiculturales y buenistas. Esa ha sido otra de las claves de la victoria de Trump, su condición de líder firme y seguro, pese a los aspectos demagógicos y populistas de su discurso. Aunque hablando de populismo: ¿no prometió Obama acabar con Guantánamo? ¿Lo hizo? No. Por tanto, las promesas no cumplidas también encierran populismo.

Pero tampoco ha funcionado en USA la consigna de que las mujeres votarían a Hillary solo por el hecho de ser mujer, una perspectiva de género impropia de sociedades intelectualmente avanzadas y democráticas. Por eso la actriz Susan Sarandon, icono del feminismo y la izquierda en USA, haya dicho que no vota con la vagina: «Lo importante no es tener una mujer como mandataria, sino tener a la mujer correcta». Que gran lección de madurez y honestidad para ese feminismo de salón tan caro a la Europa de las imposiciones dogmáticas. A su vez Clint Eastwood, tan alabado por el mundo cultural y cinematográfico europeo y español, no votaba con la pistola, votaba a Trump. El gran director de Million Dollar Baby, Sin Perdón, Mystic River o Los Puentes de Madison –que causaron auténtico enajenamiento y sumisión conceptual en el universo progre–, dijo «La prensa a menudo presenta a Trump como un monstruo sin razón». ¿Ya no queremos a Clint ni a Susan? ¿Ya no son de los nuestros? ¿También son paletos y antidemócratas? ¿Ya no iremos al cine fórum de sus películas con el foulard palestino al cuello? Sugiero, si me lo permiten, algo menos de arrogancia y algo más de reflexión.

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