09 de noviembre de 2016

Guantánamo: la asignatura pendiente

09.11.2016 | 00:42

Desde que Barack Obama llegó a la presidencia, en enero de 2009, ha emprendido reformas varias y en distintos ámbitos con suerte dispar, aunque es de justicia reconocer su empeño por transformar los modos de un país que hasta época reciente mostraba una desmedida y preocupante tendencia a erigirse en policía del mundo mundial, estableciendo la ética de los comportamientos con relación a sus exclusivos intereses.
Cabe destacar la reforma sanitaria iniciada en 2010 (Obamacare), permanentemente cuestionada por la oposición y que pretende la cobertura asistencial a unos 48 millones de residentes (más del 15 % de sus habitantes, preferentemente afroamericanos e hispanos) antes desatendidos y terminar con esa sanidad que ha sido una actividad basada en el libre mercado y extraordinariamente lucrativa para centros sanitarios y compañías aseguradoras. Asimismo, Obama ha puesto fin al bloqueo cubano, abierto negociaciones con Irán, asumido en París el acuerdo (ignorado en el pasado) para frenar el calentamiento global o, cuestión aún sobre el tapete, proceder al definitivo cierre del presidio de Guantánamo, anunciado desde su investidura.
De lograrlo, supondría un punto de inflexión respecto a las políticas pasadas, que atentaron contra los derechos humanos con manifiesto desprecio hacia los tratados internacionales. Así, en 2002, George Bush renunciaba explícitamente a reconocer la convención de Ginebra que prohíbe cualquier forma de tortura a los detenidos, lo que siguió practicándose en esa cárcel. Bastó con cambiar su designación de presos por la de «combatientes ilegales» para, con la añagaza, justificar un trato inhumano y propio del terrorismo de Estado. 
La prisión de Guantánamo fue inaugurada en 2002 y allí han permanecido hasta hoy mismo; muchos, detenidos sin juicio algunos durante catorce años y, en consecuencia, sin delitos probados, lo que es exponente de un talante prepotente y encanallado que la facción política más conservadora del país quisiera perpetuar. A ese respecto, baste con repasar las declaraciones del candidato republicano, Donald Trump, con relación a cualquiera de las cuestiones antedichas: desde un muro disuasorio en la frontera con México a la abolición de Obamacare o la defensa a ultranza de Guantánamo e incluso la ampliación de su uso para el internamiento de estadounidenses sospechosos. 
Sin embargo, durante la época Obama y pese a estar sometidas sus propuestas a un constante proceso de acoso y derribo, el número de presos allí ha disminuido: desde más de ochocientos en sus inicios (supuestamente vinculados, la mayoría, a los talibanes de Afganistán) a 242 en 2009 y actualmente menos de un centenar, los cuales, de cristalizar la propuesta del aún mandatario en fecha 23 del pasado febrero, podrían ser reubicados para clausurar definitivamente un recinto cuestionado y que Amnistía Internacional tildó de «gulag americano».
Obama intentará, según dijo, cerrar la cárcel antes de abandonar la Casa Blanca el próximo enero y trasladar a territorio americano o terceros países (los de origen) a los presidiarios, lo cual, como han publicado distintos medios, supondría por añadidura un ahorro que podría rondar los 900 millones de dólares durante los próximos diez años. No se antoja empresa fácil vista la frontal oposición del Partido Republicano que se opondrá al desmantelamiento de la prisión y traslado de los encarcelados a EE UU. No obstante, cabe tener en cuenta el tesón con que suele emplearse el todavía presidente para culminar con éxito sus iniciativas y, en esa línea, sería deseable que la desaparición del penal cierre con broche de oro el conjunto de reformas que ha auspiciado.
Si un día vuelvo al pueblo de Baracoa, escenario de la novela que escribí tiempo atrás, me gustaría que, a diferencia de entonces y ya en las inmediaciones de Malone, hubieran desaparecido los controles que en aquella ocasión impedían acercarse a la base en la bahía de Guantánamo. Sería todo un logro poder visitar el lugar como se hace, salvando las diferencias, con Auschwitz. Y constatar que la salvaguarda de los derechos humanos es por fin, también allí, algo más que mero discurso. Para celebrarlo, arroz congrí, camarón de río y, a los postres, un brindis por Obama, el artífice que podría hacer posible, también en la Cuba del este, un mundo mejor. Siquiera por más justo.

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