04 de noviembre de 2016
Visiones

El niño en la playa turca

04.11.2016 | 04:13

Hoy, en la playa, me viene a la memoria el niño Aylan Kurdi «dormido» en la orilla de la mar turca. Espero que a este gran problema actual al que es preciso dar solución, se la demos cuanto antes.

Para comprender mejor la situación de la emigración en la derrota, me he trasladado a estudiar el final de la Guerra Civil española, en el año 1939, y he revivido los antecedentes de aquella fecha. Me he remitido a la creación en 1907 de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), heredera en gran medida de la Institución Libre de Enseñanza (ILE-1876); la JAE inauguró una etapa de desarrollo hasta entonces no alcanzado para la ciencia y la cultura españolas.

El Real Decreto por el que se crea la Junta fue firmado por Alfonso XIII el 11 de enero de 1907, y la exposición del preámbulo fue escrito por el ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de entonces, Amalio Gimeno, científico, docente y político del partido Liberal, que apoyó con decisión política la creación de la JAE.

El 15 de enero fueron nombrados, por Real Decreto, como vocales Santiago Ramón y Cajal, José Echegaray, Marcelino Menéndez Pelayo, Joaquín Sorolla, Joaquín Costa, Gumersindo de Azcárate, Ramón Menéndez Pidal, José Casares Gil, Adolfo Álvarez Buylla, Leonardo de Torres Quevedo, José Marvá y otros. Un buen equipo.

Con el objetivo: «Abrirse al extranjero estableciendo un diálogo abierto con los países más modernos de Europa», concebido como el único medio de avance y progreso. Obra de pocas personas, liderada por su presidente, Santiago Ramón y Cajal y sobre todo por su secretario, y eminencia gris, José Castillejo.

En su seno se formaron y trabajaron los mejores intelectuales y científicos de España entre 1907 y 1939 y de la Generación del 27 en literatura y fue un momento de desarrollo científico y cultural. Cito algunos de los más destacados: Julio Rey Pastor, Blas Cabrera, Miguel Catalán, Odón de Buen, Pitaluga, Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, María de Maeztu, Juan Ramón Giménez, Zenobia Camprubí, entre otros muchos. Personas venturosamente incorporadas a nuestro acervo y Panteón común. La emigración de las élites culturales fue algo impresionante en todas sus facetas, tomando a México, por su generosidad, como el principal destino.

Para acortar, y comprender la emigración en guerra, he podido encontrar la manifestación de una madre en el año 1937, con cinco hijos, a los que no podía alimentar, que le indican sus familiares que se acogiera a la posibilidad de «los Niños de la Guerra»: de los cinco hijos, uno de siete y otra de diez años. Al final es convencida y dice: «Bueno, pero a Rusia no, que hace mucho frío y no hablan español y, en México, hace más calor, las costumbres son parecidas y se habla el mismo idioma». Y embarcó a sus dos hijos en el «Mexique». A «Los niños de Morelia» les establecen en Michoacán. Eran 500 niños y niñas de diferentes puntos de España: Andalucía, Valencia, Cataluña, País Vasco, Madrid y demás. La travesía para los pequeños fue larga, triste. Y eso que era «para solo tres meses», le dijeron a su madre. Algunos no volvieron a ver a sus padres. Tuvieron la protección del general Lázaro Cárdenas, presidente de México. La madre, en su desesperación, dijo «mejor México».

No fueron los 500 «Niños de Morelia» los únicos. El 13 de junio de 1939 llegó a Veracruz el «Sinaia» con 1.600 pasajeros refugiados, entre los cuales estuvo parte de la élite intelectual, formada por los profesionales, escritores y artistas que dejaban España a la terminación de la Guerra Civil. Se han cumplido 77 años de aquella dolorosa travesía. La Sociedad de Naciones estaba en 1939 con grandes problemas en Europa, faltaban dos meses para que Alemania invadiera Polonia. Hoy nuestra Unión también tiene grandes problemas en Europa, ¿más importantes?

Gracias a México, en el año 1939, el durísimo Plan de emigración al Refugiado fue más liviano por la generosidad del pueblo mejicano. Hay que tener en cuenta que los emigrantes se encontraron al principio con la contra, por la competencia, de los trabajadores mejicanos. Además, la reforma agraria de Cárdenas necesitaba personas conocedoras del medio rural y la mayoría de los inmigrantes provenían de las ciudades españolas más grandes y por tanto de la industria y los servicios. La élite, del «Saber hacer» y del Conocimiento, con el tiempo se acomodó, tuvo una gran ayuda en la UNAM y en la creación del Instituto Técnico de México. Crearon dos colegios el «Madrid» y el «Luis Vives» para los hijos de la inmigración.

Aquí y en palabras de Rodríguez Ocaña y Martínez Navarro (2008): «Los estragos de tres años de guerra civil y la secuela de la pobreza durante la postguerra pusieron a la sociedad? ante una situación social y sanitaria muy deteriorada, se produjo la re-emergencia del paludismo, la viruela, la difteria, el tifus exantemático, el incremento de la mortalidad infantil, la tuberculosis o la fiebre tifoidea, que afectó especialmente a las clases trabajadoras y que se manifestó por carencias alimenticias?». Hambre y miseria.

Impresionante la guerra, la postguerra y la emigración en guerra, es por ello mi recuerdo al niño, Aylan Kurdi en la playa turca y a Cárdenas en Méjico. No podemos ser cicateros en la acogida de personas sin esperanza que nos tocan en la puerta, aunque sea pidiéndonos el «O truco o trato», de su vida. Personalmente, me gusta más el trato.

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