26 de octubre de 2016

El ser o no ser del PSOE

26.10.2016 | 04:12
El ser o no ser del PSOE

Todo lo ocurrido en el PSOE desde que Pedro Sánchez, un perfecto desconocido, accediera a la Secretaría General por obra y gracia de Susana Díaz, quien, si quería controlar el partido, debiera haber asumido la responsabilidad de presentarse ella directamente a liderarlo en vez de apoyar a un hombre de paja, que finalmente le salió rana, pone de manifiesto la deriva ideológica y organizativa que sufre el PSOE desde que Zapatero, accediera inesperadamente a la Presidencia del Gobierno tras los trágicos atentados del 11-M en 2004, que, en plena campaña electoral, provocaron un vuelco inesperado en el resultado de unos comicios, celebrados tres días después en plena conmoción nacional y previo asedio ciudadano a las sedes del PP, presumible vencedor de las mismas, incluso el día de reflexión, actos de corte claramente antidemocrático. Desde entonces el viraje ideológico del PSOE, no sólo en política interior y territorial sino también en política exterior, ha propiciado una pérdida de identidad que, agravada por la pésima gestión gubernamental de la crisis económica con los gobiernos de ZP y por las pintorescas ocurrencias de ciertos ministros y ministras incompetentes, no sólo propiciaron el rotundo éxito electoral del PP y el primer gran batacazo del PSOE, sino también su posterior descrédito político como primer partido de la oposición, al extremo de que, desde entonces, su caída electoral progresiva en los sucesivos comicios celebrados, tanto locales como autonómicos y generales, es alarmante. Si el mismísimo Rubalcaba, clave en la política española desde tiempos de Felipe González, no pudo atajar la crisis galopante del PSOE, tanto a nivel interno como de prestigio ante los ciudadanos, la llegada de Pedro Sánchez puso la guinda al desbarajuste total del partido, provocando uno de los periodos más oscuros y preocupantes de toda la larga historia del socialismo democrático español, que, totalmente desnortado y sin rumbo, casi no sabe ya adónde va. Hoy, al margen, de la más que acertada decisión del Comité Federal (a instancias de la Gestora que preside Fernández) de abstenerse para facilitar la gobernabilidad de España, primer objetivo de cualquier partido democrático que se precie como tal, el PSOE, tras los reiterados errores cometidos en estos últimos tiempos, está obligado a reflexionar para decidir sobre su «ser o no ser», pues está en juego no sólo su propio futuro sino también el futuro de España en buena medida.
Y el ser o no ser del PSOE pasa inevitablemente por recuperar sus señas de identidad, tanto ideológicas como organizativas, tan fructíferas en el pasado, lo que supone beber en las tradiciones de este partido centenario, para aprender de los aciertos y errores del pasado, afianzando aquéllos para no repetir éstos. De entrada, debe tener muy claro que la socialdemocracia, familia ideológica a la que pertenece, aboga por una democracia representativa y no asamblearia, que, siendo típica de ideologías comunistas y populistas, ha conducido donde se ha impuesto a la ruina económica y al partido único; pero además debe rechazar falsos planteamientos como la «unidad de la izquierda» para defender su propio proyecto moderado y progresista, huyendo de frentismos absurdos y demagogias innecesarias, que conducen al caos y a enfrentamientos radicales abyectos dónde y cuándo se han practicado; asimismo debe desligarse de cualquier veleidad nacionalista (el nacional-socialismo ha provocado terroríficas tragedias) y actuar siempre firmemente en favor del Estado de Derecho, sin lugar a dudas, apostando siempre, cueste lo que cueste, por los llamados asuntos de Estado y por los intereses generales, incluso a costa de sacrificar los legítimos intereses particulares. Sin duda, de haber obrado firmemente con arreglo, entre otros, a estos básicos principios socialdemócratas, el PSOE no hubiera sufrido la grave amnesia ideológica que hoy le caracteriza.
Es intolerable pues que tras la decisión del Comité Federal, algunos de los perdedores amenacen con votar lo contrario o planteen que sólo se abstengan once diputados, sin haberlo debatido en el mismo, para seguir intentando engañar demagógicamente a los ciudadanos de que personalmente mantienen el «no» a la investidura y, por ende, a la gobernabilidad. Y es que, desde aquel famoso y demagógico triple «no» (a la investidura de Rajoy, a terceras elecciones y a pactar o negociar con independentistas), que era una entelequia inaceptable, los argumentos de unos y otros para defender lo imposible se basaron obligadamente en mentiras o verdades a medias, hasta que finalmente Pedro Sánchez, con tal de ser investido presidente, optara por romper el triple no pactando, como ya se había hecho en ayuntamientos y CC AA, con quienes tenía prohibido incluso dialogar, y además apelando a que su elección como secretario general por primarias prevalecía sobre cualquier decisión de los órganos del partido elegidos democráticamente, salvo en lo que a él personalmente le conviniera (no rotundo a Rajoy y sí a pactar con independentistas). Una apuesta por la democracia asamblearia frente a la representativa, que algunos sanchistas pretenden mantener con falsas legitimidades. El ser o no ser del PSOE, obviamente, está en juego.

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