23 de octubre de 2016

Maketos, pikoletos y encapuchaos

23.10.2016 | 05:30
Maketos, pikoletos y encapuchaos

En la película de Kubrick, Eyes Wide Shut, todo discurre en torno a una fiesta orgiástica donde los participantes se cubren el rostro con máscaras. Es una manera de tapar las miserias, o de potenciar la libido. Vistas las imágenes de la banda de forajidos que acampó en la Universidad para que el Presidente González no hablase en el templo de la tolerancia, uno se pregunta si después del acto-noacto se fueron a organizar una orgía, con las máscaras puestas. O si como fornican poco, pero joden mucho, habrán decidido dejárselas puestas e ir a la kale borroka, que es otro ejercicio de «libertad» al que nos tienen acostumbrados los «valientes» con pasamontañas.

Esta sociedad no aguanta ni un minuto más la violencia de unos pocos. Lo verdaderamente grandioso de nuestra democracia es la ausencia de violencia, propia de las dictaduras fascistas, o comunistas, a la que estos muchachotes bien se podrían sumar. Nada hay más libre que una sociedad sin violencia.

Estos, los valientes gudaris de la nueva política, quieren que las cosas sean como ellos quieren. Y para conseguir los fines políticos emplean la violencia, porque creen en ella. Protestar lo que haga falta, faltaría más. Pero en el mismísimo momento que se utiliza la violencia para protestar, la protesta deja de ser legítima para ser un delito. El Código Penal, el Estado de Derecho, es nuestra garantía para aquellos que quieren imponer su verdad con violencia. Claro que yo quiere un Estado que me proteja de violentos. Claro que no podemos tolerar la intolerancia.

Estos, los valientes con careta, siempre justifican la violencia para decir que no se puede cambiar nada sin golpear lo más esencial de la democracia que es la libertad del otro. Como no han podido ganar en las urnas, se enchufan sus caretas y nos dicen que es una protesta, cuando lo que perpetran es un delito. Porque los delitos los decidimos nosotros con el Código Penal. Y si no les gusta, se cambia, pero por las urnas. La rabieta que les entra cuando los que les votan son cada vez menos, los arroja a la calle, a la marginalidad. No es el ejercicio del panfleto. Es el ejercicio de la violencia lo que, ellos creen, les da rédito electoral.

En todos los lugares son iguales. La violencia fascista siempre tiene el componente cobarde de la jauría. Actúan cobardemente como lo han hecho con la agresión a los dos guardias civiles y a sus parejas. Maketos, esos que vienen de fuera. Pikoletos, esos que están invadiendo nuestro país. Nada hay más deleznable que una banda de asalta corrales golpeando a dos parejas, por ser servidores públicos. En cualquier país demócrata es un orgullo tener a un policía de vecino. Ahí, en el País Vasco, es necesario que omitan su profesión.

Lo hicieron como vienen haciéndolo desde que pegaban tiros en la nuca o ponían bombas en los coches. Son los mismos, con diferentes estrategias. Hoy no matan, pero no dejan vivir. Hoy no enterramos a inocentes, pero los culpables siguen siendo los mismos. La sociedad que no recuerda a sus víctimas, o que es capaz de dejar que se agreda a un servidor público, está enferma. Y además está condenada a volver a vivir el drama de la violencia terrorista.

Por las armas, por la violencia, quieren imponer los hitos de su propio fanatismo. Les da igual si somos más los que pensamos lo contrario. Y aunque fuésemos minoría, porque en Alemania los nazis ganaron en las urnas, la barbarie no tiene justificación. Y el respeto a la vida no es negociable.

Algunos lo han justificado, o lo han minimizado. Los mismos que cuando le hacen un escrache a ellos dicen que es fascismo. Porca miseria. Es igual de malo lo haga quien lo haga. Hasta el titiritero de Willy Toledo hizo su aparición estelar comparando a los guardias civiles con perros borrachos. Tengo una idea para él. Es cinematográfica. Una buena orgía de estos muchachotes con sus caretas sodomizando al Willy y pasado por «pay per view». Creo que tendría su público y entre tanto «encapuchao» alguno se enamoraría de él. Y todos contentos a la casa okupa. ¡Qué guión!

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