19 de octubre de 2016

Al buen callar...

19.10.2016 | 03:09
Al buen callar...

Estaba lindamente callado, gozando de su status conseguido con trabajo, sudor y grandeza cuando, inesperada, innecesaria e inoportunamente al señor de la ingeniosa y afortunada metáfora ?propia o prestada? del jarrón chino, se le ocurrió dar una vuelta, meter baza, seguro de su carisma, entrar en el patio o quizás gallinero, alborotar un poco más al siempre alborotado espacio de diálogo eterno y no pocas confrontaciones familiares y dejar con la palabra en la boca y los ojos desmesuradamente abiertos, al personal. Desde la lejanía de mi atalaya me permito rogar, ¿por qué no te callaste estimado Felipe o Isidoro, que tanto y dejar que los nuevos, novísimos, gallitos regionales diriman sus picotazos, encuentros, discordancias, tantas veces innecesarios, siempre lamentables y sean capaces de encontrar ese camino del poeta que se hace al andar en paz y armonía? Dices que te han engañado sin motivo, sin esperarlo, sin causa, sin necesidad. O acaso existía alguna razón para llegar a donde se está llegando con tanto riesgo y peligro? Trajes de esa hechura todos tenemos alguno en casa. Al viejo tipógrafo, creador ejemplar, a buen seguro que no le gustaría el espectáculo como a mí, viejo militante, no me gusta el nuevo Pablito con sus amenazas y sus rencores. Y por supuesto con su cola de caballo como un cimarrón en el incontrolable viento de los montes.
Consciente o inconscientemente el daño está hecho y le ha venido muy bien a los que transitan otros caminos, algunos sin desbrozar, para llegar a la anhelada meta. Hasta hace unos días cuatro eran los aspirantes, ahora son tres y de seguir trochas tan inverosímiles algún que otro se retirará de una competición que todos ignoramos cuándo tocará a su fin. Imaginemos por un momento que no serán tres las finales, que se llegará a cuatro, cinco o muchas más. La gente se pregunta hasta cuándo se abusará de su paciencia, pregunta que ya entró en la historia de la mano del tribuno Catilina sin respuesta conocida. Quedan tres líderes en liza, los mismos que iniciaron la maratoniana competición, no se renuevan seguirán firmes en sus aspiraciones. «Que se vayan los otros que yo me quedo». Tirar la toalla no entra en las costumbres de los políticos españoles alguno lo ha hecho, es la excepción. Al parecer no importan las repeticiones electorales, ni los reiterados suspensos, hay que mantener el tipo y seguir, seguir, seguir como aquel personaje televisivo que repetía infatigablemente el yo sigo, yo sigo y seguía, el simpático «tacatum». Las elecciones no son lo mismo, son algo serio que no admite bromas, ni abusos, por parte de los aspirantes. Volved a casa, muchachos, vuestro tren no ha parado en la estación, ha seguido su marcha y vosotros estáis ya demasiado tiempo en el andén esperando un milagro. No se comprende, en absoluto, que los aspirantes a gobernar repitan el curso, los cursos o lo que fueren. Yo tampoco lo entiendo. ¿Tanto compensa mandar, dirigir, administrar, a un pueblo que al ritmo al que se le obliga mantener acabará harto si no lo está ya? Chi lo sa.
Los empecinados que han regresado a la sala de espera de la estación ya van a cumplir su primer año sin encontrar un medio de transporte adecuado a sus necesidades, pero siguen firmes en el empeño. Consiguen la trabajosa unanimidad en lo tocante a rechazar una nueva repetición de las elecciones ?la tercera? y ello nos obliga a dudar de la autenticidad de sus palabras. ¿Se trata de una realidad o es una treta virtual? ¿Por qué los tres «mosqueteros» complican tanto una sencilla sustitución? ¿Acaso no hay en la amplia piel de toro española tres meritorios capaces de renovar la cantera y alinear nuevos aspirantes? Por lo visto estamos en manos de tres señores que ya han demostrado su incapacidad y por si faltaba algún clavo en la madera llega un señor serio con muy buenas intenciones, pero absolutamente desacertado y el clavo se dobla con un estúpido engaño que provoca nuevo alboroto en el patio. Y todo por olvidar un simple refrán, al buen callar le llama sabio, sancho o santo, que ya sería pasarse con el calor que soporta la olla, tantas veces llevada al fuego.

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