Sapere aude

Ex Cátedra

16.10.2016 | 05:04
Ex Cátedra

Etimológicamente, «cátedra» significa silla, asiento elevado desde donde se imparten las lecciones, hermoso vocablo de tradición histórica y académica. De «cátedra» provienen las palabras «catedrático» y «catedrática», cuya primera acepción en el Diccionario de la lengua española (DLE) reza así: «profesor que tiene la categoría más alta en enseñanza media o universitaria». Nótese la escasa fortuna de utilizar la palabra «profesor» para definir «catedrática», pero esta es otra cuestión.

Hasta hace unos días, tenía claro lo que yo era, profesionalmente hablando. No había necesitado consultar el Diccionario para cerciorarme de que la voz «catedrática» definía mi profesión, tal era mi certeza al respecto. Pero la noticia sobre petición formulada a la Real Academia Española (RAE) por la Asociación de Mujeres Juezas de España me sobresaltó. Si jueza también es «la mujer del juez», ¿catedrática sería la mujer del catedrático?

Me abalancé sobre el volumen del DLE, y allí estaba la postrera acepción de la voz catedrática: «mujer del catedrático». No podía creerlo, me culpé por tener una edición anticuada del texto, e inicié apresuradamente la búsqueda en la página web de la Academia, con la esperanza de no hallarla; sin embargo, allí estaba, en desuso, se advierte, pero lacerante.

Su lectura me dejó sumida en un profundo desconcierto. Me asaltó una duda metódica ¿cuál de las dos acepciones de la voz catedrática me sería de aplicación? ¿cuál sería verdadera? ¿cuál falaz? ¿era catedrática por derecho propio, «ex proprio iure», o era catedrática consorte, por asimilación conyugal?

Ante tamaña incertidumbre, sufrí mi modesta contribución al aniversario cervantino al modo quijotesco, en forma de confusión entre lo aparente y lo real. De tanto leer y releer esa tercera acepción, fui presa de un encantamiento, y la tuve por cierta. Miré en derredor buscando al caballero catedrático de quien traía causa mi título. Fue en vano. Pero no cejé en el empeño, y me afané denodadamente en su búsqueda, incluso interdisciplinar e interuniversitaria, ante el pasmo de los colegas. Inútilmente. El catedrático que por justas nupcias me prestaba su título, había desaparecido como por ensalmo. Faltaba la premisa mayor. Desalentada, cesé en mis pesquisas, casi al mismo tiempo en que tornaba la cordura. Tenía entre mis manos El caballero inexistente, de Italo Calvino, lo que debería haberme hecho sospechar...

Una vez roto el hechizo, suspiré aliviada. Mi vida académica no había sido una ensoñación. No había errado en el camino elegido para el acceso al cuerpo. La primera acepción de la voz «catedrática» era la que servía para definirme, aun con el aludido reparo.

Sin embargo, de haber ostentado doblemente el título, por derecho propio y por matrimonio, quizá hubiese podido reclamar el reconocimiento de algún complemento retributivo, de los que tan necesitado está nuestro colectivo en estos tiempos.

El Diccionario de la lengua española es la obra lexicográfica académica por excelencia, pero mantiene esa acepción anacrónica, «mujer de...» en numerosas voces. Son acepciones en desuso que ya no definen la realidad ¿por qué no se han suprimido? ¿por qué se mantienen como vestigio de algo superado? Se entendería que figurasen en el Diccionario histórico pero no en el repertorio normativo que es de consulta obligada –e imprescindible– para millones de hablantes.

Quizá tales acepciones infames, que ya no reflejan «usos lingüísticos efectivos», languidezcan en el DLE para recordarnos que una vez fuimos médicas, alcaldesas, fiscalas, presidentas, juezas o catedráticas consortes, no por derecho propio, sino meros nombres vacíos de contenido.

Coincido plenamente con los argumentos que esgrimen las juezas sobre la idea de que la mencionada acepción entra en colisión con la Ley de Igualdad, contribuye a perpetuar estereotipos sexistas, es incompatible con una sociedad igualitaria e implica un menosprecio a las mujeres que desempeñan tales profesiones.

¿Qué necesidad tiene Hillary Clinton de aspirar a la presidencia de EE UU (y además hacerlo contra el inefable Trump) para ser llamada del mismo modo que cuando su marido era presidente? Si finalmente resulta elegida, será nuevamente presidenta, pero esta vez, en el sentido propio del término.

La RAE ha respondido a la Asociación de Juezas que su petición será estudiada y valorada, pero no parece oportuno tener que esperar un decenio hasta que la vigésimo cuarta edición del Diccionario vea la luz.

En el Preámbulo de la vigésimo tercera edición, la del Tricentenario, publicada en octubre de 2014, se afirma que «la corporación examina con cuidado todos los casos que se le plantean, procura aquilatar al máximo las definiciones para que no resulten gratuitamente sesgadas u ofensivas, pero no siempre puede atender a algunas propuestas de supresión, pues los sentidos implicados han estado hasta hace poco o siguen estando perfectamente vigentes en la comunidad social».

La presencia pertinaz de algunas acepciones arcaizantes contrasta con la celeridad en la introducción de nuevas voces. La Academia, tantas veces abanderada de la modernidad, incorpora términos de uso frecuente en el lenguaje científico o coloquial: disruptivo, papichulo, amigovio, mileurista, tuit, tunear, dron, homoparental o birra, entre otros. Hay muchas entradas y pocas salidas.

Ciertamente, la realidad es cambiante y la lengua se va adecuando a tales cambios. El Diccionario es, como dice el citado Preámbulo «la culminación del proceso».

En el tema que nos ocupa, entendemos que la realidad ha cambiado, y el lenguaje así lo refleja, por tanto, solo resta que el proceso culmine sin más dilación.

Como es sabido, la página web de la Academia dispone de una versión en línea del DLE que permite la consulta electrónica gratuita. Con esa herramienta a su disposición, la posibilidad de suprimir una acepción es instantánea, a menos que persista la voluntad contraria al cambio.

Darío Villanueva, a la sazón director de la Academia, es catedrático de universidad, y a buen seguro propondrá diligentemente la modificación solicitada en pro de la justa denominación de sus iguales.

Otrosí digo, que de no ser aceptada la solicitud antedicha, se estime la inclusión, en aras de la reciprocidad lingüística, de una nueva acepción de la voz «catedrático»: «marido de la catedrática».

Imagino que no llegaremos tan lejos y confío en que la Real Academia Española siente cátedra sin demora en este categórico asunto.

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